Tuvo un pequeño sobresalto cuando la puerta del primer vagón se abrió de golpe. El sentimiento de curiosidad aumentó la idea de subir a un tren de dudosa procedencia, sin maquinista a la vista; sumando el hecho de que no había pasajeros a la vista, era realmente tentador. Desde siempre había odiado tener que usar el metro de la ciudad sobre todo odiaba que debía viajar de pie y comprimida como una sardina.
Al cruzar el umbral del vagón, el chirrido del metal y el olor a humedad de la estación quedaron atrás, reemplazados por un silencio absoluto y un aroma cálido a biblioteca antigua. Mara se quedó petrificada; el interior no se parecía en nada a un tren convencional.
Las paredes eran de una madera rojiza tan pulida que reflejaba la luz de las lámparas de cristal que colgaban del techo. A su izquierda, una estantería empotrada exhibía diez tomos imponentes, cada uno con un grabado diferente en su lomo.
Frente a ella, un mapa inmenso de lo que parecía ser, con un letrero encima que decía “Continente Oryndell”, ocupaba toda la pared. El mapa parecía estar vivo; las líneas de las fronteras se movían ligeramente, al igual que otros detalles, además de que una larga vía atravesaba todo lo que parecían ser naciones. No lograba entender los nombres de las naciones, ya que estos estaban escritos con símbolos extraños, pero de un momento logró leerlos.
La puerta del vagón se cerró de un golpe, causando que Mara diera un sobresalto. Caminó hasta la ventana más cercana y vio cómo la estación se quedaba atrás; en lugar de sentirse asustada o preocupada, sentía una inmensa curiosidad y emoción, como si algo “increíble” estuviese a punto de pasar.
Pasó al siguiente vagón; la decoración era la misma: madera rojiza, lámparas de cristal con luz cálida, solo que este era diferente al primero: había asientos de cuero rojizo con algunos cojines; se veían bastante cómodos. Mara no se resistió; sus piernas, agotadas por la tensión de la mudanza y el insomnio, cedieron ante el cuero rojizo. Era la primera vez en días que sentía que un lugar no la rechazaba se sentó cerca de la ventana para mirar através de ella y se llevó la sorpresa de que en cuestión de minutos ya no se encontraban en la ciudad.
—Prefiero estar en un tren desconocido que hacer tarea.
Se relajó y se recostó sobre el asiento; el movimiento del tren, junto al constante repiqueteo de las vías, comenzó a adormecerla. Se despertó de golpe al darse cuenta de que se había quedado quién sabe por cuánto tiempo; en una pared cercana yacía un reloj analógico, el cual marcaba las 7 am.
—No puede ser, me quedé dormidísima. ¿Y si este tren me lleva a mitad de la nada? Qué genia soy, de verdad.
Por alguna extraña razón, las ventanas del vagón estaban cubiertas por cortinas, algo que no recuerda haber hecho antes de dormir. Recorrió la cortina de una de las ventanas; sus ojos casi se salen de sus cuencas al mirar lo que había fuera.
El tren seguía en movimiento: frente a ella se extendían inmensos campos de pasto verde, flores y lagos todo parecía ser sacado de un sueño Mara quedo hipnotizada por el paisaje del exterior.Mara talló sus ojos, convencida de que el cansancio le estaba jugando una broma pesada.
A lo lejos, lo que parecían caballos de un blanco cegador pastaban tranquilamente, pero algo en su silueta se veía... pesado, extrañamente ancho. Cuando el perro pastor ladró, la manada no solo corrió; estallaron hacia el cielo. Gigantescas alas de plumas nacaradas se desplegaron, cortando el aire con un silbido potente. Mara se quedó sin aliento al ver cómo la gravedad dejaba de existir para ellos, elevándose sobre las cascadas como si el cielo fuera su verdadero prado.
—Si cierro los ojos y cuento hasta tres, esto va a desaparecer y voy a estar de regreso en la escuela, ¿verdad?.
Murmuro con notable emoción y con notables lágrimas apenas formándose aun mirando a través de la ventana hacía el horizonte mientras el grupo de pegasos cada vez se alejaban más y más. Cuando ya no pudieron ser visibles se despegó de la ventana aun algo incrédula por lo que acababa de ver. Acababa de entender que ya no estaba en su mundo pero eso no le importaba al contrario el saber que estaba en un lugar desconocido se llenó por completo de felicidad y emoción.
—Por fin, un lugar donde nadie me pide la tarea.
Su atención se centró en un rincón donde yacía un elegante carro de servicio de madera oscura y bordes dorados esperaba en silencio, cargado con teteras de porcelana con forma de un perro y bandejas de plata que relucían bajo la luz cálida con extraña pero apetecible comida y snacks.
—Que buen servicio —Dijo Mara con emoción al ver el carrito llenó de comida ya que desde hacía un rato comenzó a sentir algo de hambre.
El carrito se movió hacia el asiento donde se encontraba Mara. Ella se desconcertó al ver el carrito moverse solo; en un principio, creyó que se había recorrido debido al movimiento del tren, pero después entendió que tenía una especie de “consciencia”, al igual que el tren.
Observó con curiosidad la tetera con forma de un perro que más bien parecía un cachorro. Una mesa se acomodó frente a su asiento, seguida por una taza, bandejas y platos. Notó que la tetera no se movió de su lugar.
—¿Así que debo servirme el té yo mismo? ¡Qué decepción! Pensé que se serviría mágicamente como los dem...
Antes de que terminara de hablar, la tetera cobró vida, saltó del carrito hacia la mesa y comenzó a emitir intentos de ladridos como lo haría un cachorro de verdad; su cola se movía juguetonamente. Mara intentó tomar la tetera, pero recibió una lamida a cambio. Jugó unos minutos con el “cachorro tetera”; estaba encantada porque le parecía bastante tierno por la forma en la que se movía y emitía ladridos.
—Estás bien bonito, quisiera llevarte a casa pero si mi mamá te ve, se infarta. Seguro piensa que eres algo del diablo y te termina rompiendo.