Después de caminar cinco minutos más, Mara llegó al pintoresco pueblo, el cual era mucho más grande de lo que aparentaba; la gran roca sostenía al enorme pueblo.
—Es lindo pero no se ve muy seguro —dijo Mara con cierta desconfianza, pero no pudo evitar admirar la curiosa arquitectura del pueblo.
Las casas, o mejor dicho, cabañas, parecían haber crecido de la tierra; tenían enredaderas por todos lados; la naturaleza estaba presente en todos lados.
Mientras caminaba, notó que su ropa no encajaba con el resto de personas que había en lugar; mientras los lugareños usaban ropa pesada que parecía estar hecha para durar mil años, Mara llevaba unos pantalones acampanados y un top de mangas largas.
Quería saber más sobre los “desincronizados”; ese término despertó su curiosidad desde que el joven pastor lo mencionó, pero no tenía idea de dónde pedir información.
Caminó por las calles hechas de piedra mientras sentía las miradas de los lugareños, pero hizo lo mejor posible para no dejar que le afectaran. Hasta cierto punto, Mara podría ser vista como una tonta embobada; sus ojos no dejaban de moverse a través del pueblo, las cabañas y los grandes molinos.
Llegó a la plaza del pueblo, la cual era bastante grande y espaciosa; al centro de esta destacaba un enorme árbol de ramas frondosas. El tronco era sorprendentemente grande; en él había una puerta y algunas ventanas.
Alrededor de este había algunas mesas con sillas. Concluyó que no se trataba simplemente de un árbol y, sin pensarlo dos veces, decidió entrar por la puerta que había. Al entrar, se dio cuenta de que se trataba de una biblioteca; si el árbol desde el exterior lo había considerado enorme, por dentro era el doble de su tamaño, capaz de almacenar cientos de estantes llenos de libros, lo cual desafiaba toda lógica.
Mara estaba bastante impresionada, pero también bastante intrigada. Dentro del lugar había un agradable olor a canela y manzanas, además del silencio ensordecedor que caracterizaba a las bibliotecas.
—Aquí encontraré información sobre este lugar y sobre los desincronizados —dijo Mara, segura de sí misma y rompiendo el silencio ensordecedor del sitio.
—Ese no es el nombre correcto… pero nadie se pone de acuerdo —exclamó una voz grave detrás de ella.
Mara dio un pequeño salto del ligero susto que se llevó, ya que no creyó que obtendría una contestación y estaba segura de que no había nadie más en el lugar, ya que desde que entró en la biblioteca estaba más vacía que el desierto del Sahara.
Se giró lentamente; detrás de ella había un escritorio y sobre él había un gato tuxedo usando lentes junto a una bufanda café, el cual la observaba fijamente. A Mara le pareció adorable; era una fanática de los gatos y le parecía tierno ver a un gato usando lentes. Mara se acercó con la intención de acariciar al felino.
Cuando estuvo frente a él, colocó suavemente su mano sobre la cabeza del gato para comenzar a acariciarlo y rascar detrás de sus orejas. El gato ronroneó en respuesta, lo que provocó que una sonrisa se dibujara en el rostro de Mara.
—Supongo que el bibliotecario no está… —Murmuró Mara luciendo algo decepcionada.
—Soy Silvestre, yo soy el bibliotecario —respondió el felino con voz grave y tranquila. Mara abrió los ojos como platos y apartó con rapidez su mano con la que acariciaba al gato, retrocedió unos pasos y chocó contra un estante, causando que algunos libros cayeran al suelo. Ella, ingenuamente, creyó que su mente le estaba jugando una mala pasada.
—Dime, ¿qué buscabas? —preguntó el gato mientras saltaba hacia una estantería de libros que estaban desordenados.
—¿Tú puedes hablar? —murmuró Mara, claramente sorprendida; estuvo a punto de gritar del susto, pero se contuvo.
Siguió con la mirada al minino, observando sorprendida cómo el gato empujaba tranquilamente algunos libros para acomodarlos y tomaba con su hocico los libros que ella misma había tirado momentos atrás.
El gato los acomodó nuevamente en el estante detrás de ella. Aún estaba en shock, pero trató de recomponerse. Recordó que una hora atrás vio pegasos galopar, así que fingió que ver un gato hablar no la sorprendía, ya que no quería verse como una tonta que se sorprendía por las cosas más “mínimas”.
—Por supuesto que sé hablar. ¿Acaso creías que solo era un simple gato? —Musitó el gato en tono de indignación, como si no pudiera soportar tal “ofensa” dicha por Mara.
—En mi mundo los gatos no hablan, solo maúllan, ni mucho menos son bibliotecarios —respondió Mara mientras tomaba algunos libros que estaban desparramados sobre una mesa.
Tenía la intención de ayudar al gato con la organización de los libros, pero se dio cuenta de que las palabras escritas en las portadas solo eran extraños símbolos que no lograba entender.
—Sobre tu pregunta, quería saber sobre los “desincronizados” o “desfasados”; cuando llegué aquí, alguien me llamo así y quisiera saber qué significa —dijo Mara, dejando de nuevo los libros que había tomado sobre la mesa.
Noto cómo fue ignorada por el gato; estaba demasiado ocupado moviéndose de aquí y allá y saltando entre estantes para reacomodar los libros que estaban fuera de lugar. Mara se distrajo apenas unos segundos y sintió que algo pesado impactaba contra su cabeza; el gato había tirado un libro bastante pesado sobre Mara.
—Vaya, parece que el libro te eligió a ti —exclamó el felino sin mostrar culpa alguna.
No sabía si había sido a propósito o accidental, pero decidió tomar el libro que le había impactado contra la cabeza. Observó que un gran árbol abarcaba la portada del libro; el título estaba escrito por extraños símbolos. Mara pasó suavemente sus dedos por el título y estos, de forma automática, se descifraron.
“Continente Oryndell”
Abrió el libro; el contenido antes escrito en un idioma desconocido rápidamente se interpretó al español para que Mara pudiese leerlo. Era como si el propio libro tuviera una especie de conciencia.