—Alguien tiene que subir a la carretera —dijo Mateo rompiendo el silencio, con la voz aún alterada—. Arriba seguro hay señal.
Juan miró hacia la pendiente que acababan de bajar. La maleza espesa y los árboles altos proyectaban sombras cada vez más largas sobre la orilla.
—No me voy a quedar aquí solo —protestó Juan, dando un paso atrás y chocando contra la pared de piedra del puente—. Si nos movemos, nos vamos los tres.
—Pero no podemos dejar el lugar así —insistió Mateo, con la mirada fija en el camino por el que habían bajado—. ¿Y si quien le hizo esto sigue cerca?
Lucas guardó el teléfono en el bolsillo delantero de su pantalón. Miró de reojo las marcas en el pecho de la joven y los nudos en la ropa; aquellos detalles no parecían un accidente.
—Mateo tiene razón —dijo Lucas, apretando los puños para controlar la agitación—. Hay que salir de la hondonada. Arriba no solo habrá cobertura, también podremos ver si pasa algún auto por el camino viejo.
Sin agregar nada más, los tres comenzaron a trepar por el sendero. Pisaban con fuerza sobre las raíces sobresalientes para no resbalar en la tierra húmeda, usando las ramas bajas como apoyo para avanzar más rápido. Ninguno volteó hacia el río hasta alcanzar la cima.
Al salir a la carretera, el viento abierto les dio de lleno en el rostro. Ante ellos se extendía la franja de tierra desierta, flanqueada por postes de luz desgastados y matorrales secos.
Lucas sacó nuevamente el dispositivo y presionó el botón de encendido. La pantalla mostró primero una barra de señal y, un segundo después, dos.
—¡Tengo señal! —anunció, soltando el aire de golpe.
—¡Marca ya! —dijo Juan, apostándose a la orilla del camino para vigilar ambos sentidos de la vía.
Lucas marcó el 911 y se pegó el aparato a la oreja. Tras tres tonos de espera, la voz metálica de la operadora resonó del otro lado.
—Emergencias, ¿cuál es su ubicación?
—¡Hola! Necesitamos ayuda urgente —habló Lucas rápidamente—. Estamos en el viejo puente de piedra, el que cruza el río por el camino rural que sale del pueblo, a un par de kilómetros de la entrada principal.
—Entendido. ¿Qué ocurre en el lugar?
—Encontramos un cuerpo... en la orilla del río, debajo del puente —respondió Lucas, apretando el teléfono contra la cara—. Es una mujer. No respira.
—Mantengan la calma. Estoy enviando una patrulla y una ambulancia a la zona del puente viejo. No se acerquen al agua ni toquen nada en la escena. Quédense en la carretera donde los puedan ver.
—Está bien, aquí nos quedamos —confirmó Lucas antes de que la llamada finalizara.
Mateo y Juan lo miraron fijamente, esperando confirmación.
—Ya vienen en camino —dijo Lucas, guardando el teléfono.
En ese instante, el crujido de una rama quebrándose en la espesura del bosque cercano hizo que los tres giraran la cabeza al mismo tiempo hacia los árboles.