12 Meses Para Un Sí: Apariencias Convenientes

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¿CUÁNDO TE VERÉ OTRO VEZ? MI VIDA ¿CUÁNDO?

—No entiendo porque tengo que irme tan lejos.

—Piensa que esto será lo mejor para ti, para todos.

El repentino viento invernal se cuela por mis prendas, mi madre me acompaña al la estación de buses que me llevara a la ciudad de México para tomar un vuelo directo a Canadá.

—Habiendo tantas ciudades en el país ¿Tenía que ser forzosamente Canadá?

—Las compañías en el país dan muy buenas comisiones si eres extranjero.

—¿Y por que tengo que ir?

—Mishell, no te quejes ahora.

—Solo digo, se supone que no tenemos dinero, un boleto a la capital no es tan costoso, pero un vuelo a Canadá si. Además, ¿Dónde voy a vivir?

—Tu padre se está en cargando de todo eso, no tienes que preocuparte de nada.

—¿Y que se supone voy a hacer?

Me detengo de repente.

Papa dijo que había un empleo en una empresa importante para mi, no dio más detalles. Se supone debería estar aquí, despidiendo a su hija mayor antes de irse a dos países de distantancia.

—Ya te lo dije, vas a trabajar en una importante compañía.

—¿Y no puede ser papá quien vaya a trabajar a esa compañía?

—Sabes que eres la única que tiene pasaporte y visa de la familia, solecito.

Odiaba a Bart por eso.

No discutí más.

Mamá y yo continuamos nuestro camino por la plaza, ella sostenía mi maleta en su mano.

El lado bueno de todo esto es que al irme a otro país, es que no tendré que ver más al hijo del jefe de papá, Bartolomé. Todo el mundo le dice Bart, no por cariño, sino porque su nombre es más antiguo que la casa de mis padres, y vaya que la casa de mis padres es muy vieja.

Mi madre y yo llegamos a la estación de autobús, y mi padre ni sus luces.

—Al menos podrías haber traído a Zaira y Oscar para despedirme de ellos—murmure.

—Zaira esta en la secundaria, y a Oscar no le gustan las despedidas.

—Eso explica porque antes de salir me dio un fuerte abrazo sin decir nada.

Mamá me dio una pequeña bolsa de plástico. Sonreí al recordar que siempre me daba mi Lunch de forma parecida desde que estaba en la primaria.

—No la sueltes ni para ir al baño—murmuró.

—Mucho dramatismo para una torta ¿no crees?

—Hablo en serio, Mishell. No la sueltes para nada.

—Bien, lo que tu digas.

La hora de partir de mi auto bus llego, subí mi maleta al compartimento del mueble y guarde la torta en mi bolsa de que llevo cruzada en mi torso.

—Recuerda, cuando llegues a la estación de autobuses en México, debes tomar un taxi al aeropuerto, cuida bien tus cosas, tu pasaporte, tu visa, tu boleto, no los saques de la bolsa hasta que te los pidan, Mishell.

—Ya lo sé, ma.

—No, no me digas ya lo sé, eres demasiado distraída Mishell.

—Lo sé.

—Guarda bien esa torta.

—Gracias por ella—dije al final.

Sería un largo viaje, y dinero para comprar algo en una de las paradas no tengo.

El conductor anuncio la salida en cinco minutos, al menos llevaba un mp3 con música descargada ilegalmente para no aburrirme.

Abrace a mi madre sintiendo las ganas de llorar por primera desde que salimos de casa.

—Cuídate, mi niña.

—Lo haré.

—Llevas el número de doña María ¿verdad?

—Si, lo tengo anotado en mi libreta.

—En cuanto llegues, pide un teléfono y avísame que estas bien, solecito. Lo mismo cuando llegues a Canadá.

—Lo haré, mami.

Con sus manos limpio las lágrimas en mis mejillas. No pude más y le di otro abrazo.

—Créeme que si yo pudiera evitar esto lo haría—me susurró al oído—, no quiero dejarte ir.

—Te voy a extrañar, mamá.

—Y yo a ti, mi solecito.

La hora de subir llegó, espere a que todos los pasajeros subieran, dejándome de último, como si eso pudiera evitar que me fuera.

Lo que si logre fue darle tiempo a papá de llegar, lo vi entrar casi corriendo hacia nosotros antes de subir el primer escalón del autobús.

—Mishell, ten esto—me dio un pedazo de hoja arrancado—es la dirección del lugar donde te vas a quedar cuando llegues a Canadá.

Lo recibí sintiendo la punzada en pecho, de alguna manera seguía sintiendo que esto no era real, que solo es un mal sueño.

—Escúchame bien, Mishell—puso sus manos en mis hombros—no hables con nadie, no aceptes comida y bebida de nadie, en el autobús, en la estación, ni siquiera en el aeropuerto, a lo que vas. Al llegar a Canadá has lo mismo, no hables con ningún extraño. Si alguien se acerca a ti y te ofrece compartir el auto, dile que no, amablemente y busca un taxi por tu cuenta. Cuando llegues al edificio solo pide la llave del apartamento y no cruces amistades con nadie, menos con un hombre.

Medio reí al escuchar todas las indicaciones, después de todo sigue siendo mi padre y se preocupa por mi.

—Lo entendí muy bien, papi.

—Es en serio, Mishell. Directo a lo que vas.

—Esta bien.

Papá y yo nos dimos un fuerte abrazo de despedida. No quise soltarlo, eso solo significa que no volvería a verlo en quien sabe cuanto tiempo. Tuve que hacerlo cuando el chófer me apresuró para subir.

Papá me tomo la mano cuando puse un pie en el escalón, me dio un fuerte apretón, una mirada llena de lágrimas, y me dejó ir. Fui hasta mi asiento, y mire lo que papá había dejado en mi mano, un par de billetes doblados, los doble, guardándolos junto a la torta qué mamá me preparo. No era mucho, pero me serviría para mi taxi de la central al aeropuerto.

El bus comenzó a moverse, y por la ventana vi a mis padres alejarse, papá abrazaba a mamá, que estaba llorando ya. Un nudo se formó en mi garganta, y me despedí de ellos con un gesto una última vez.

Mi asiento está lado de una señora que mis padres conocían de hace mucho tiempo, al menos me sentía mejor de ver una cara conocida.

En el trayecto, me platico como su hijo recién recibido de la universidad y con un empleo estable, le había enviado dinero para que se fuera a vivir con el a la capital, me contó que era su orgullo. En una de las parada, fue ella quien me compró una bebida ya que solo llevaba una torta, y son muchas horas de camino. Era na señora amable, agradecía qué fuera en el mismo autobús qué yo.




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