Bandas sonoras: Massive Attack – Angel / Depeche Mode – Wrong
La noche siempre había sido su aliada. Lo cubría de sombras, borraba los contornos, ahogaba los sonidos y obligaba a la imaginación humana a jugar con sus propios miedos. Pero incluso en la oscuridad absoluta hay quienes lo ven todo. Maks Gromov era uno de ellos. Sus ojos estaban acostumbrados a penetrar en la esencia de las cosas, y su mente, a calcular la situación hasta el más mínimo detalle.
Él no simplemente mataba. Él creaba arte. En su oficio no había lugar para las casualidades, las decisiones precipitadas o las emociones. Cada disparo, cada movimiento, cada segundo debía estar calculado. La muerte era pura matemáticas, y Maks había deducido su propia fórmula para el asesinato perfecto.
Nadie se convierte en asesino a sueldo porque sí. Cada uno tiene su propio camino hacia la oscuridad. El suyo comenzó hace mucho tiempo, en el patio de un viejo edificio de apartamentos donde creció bajo las crueles reglas de la calle. Aprendió su primera lección de supervivencia cuando, a los doce años, le rompió el brazo a un chico que le había quitado un juguete. Aprendió a controlar su miedo la primera vez que sostuvo un cuchillo y sintió cómo el frío metal se convertía en una extensión de su propia voluntad.
El ejército solo afiló lo que ya estaba arraigado en lo más profundo de su ser. Allí le enseñaron no solo a disparar, sino a hacerlo sin un solo movimiento en vano. Allí comprendió que el cuerpo es un mecanismo que se puede calibrar, y el cerebro, un arma que debe afilarse. Maks se adentró en las sombras cuando se dio cuenta de que este mundo no tiene reglas, y que la única ley es la ley del más fuerte.
Gromov nunca mataba sin razón. Y la razón siempre aparecía, ya fuera por moral, principios o dinero; eso era suficiente.
Esta vez su objetivo era Borys Vashchenko. Político, empresario, sobornador, corrupto: todas estas palabras significaban lo mismo, demasiada poder, demasiada suciedad. Para algunos era un jugador valioso en el juego político; para otros, un obstáculo. A Maks no le interesaban los motivos de sus clientes. No hacía preguntas. Recibía un encargo, recibía el pago; el resto carecía de importancia.
La preparación había comenzado dos semanas antes del momento cero.
Maks lo averiguó todo: su rutina diaria, hábitos, rutas, el entorno. Sabía en qué coche prefería viajar solo y en cuál con guardaespaldas. Sabía que era un paranoico, que temía ser envenenado y por eso solo comía platos preparados por sus propios cocineros. Sabía que no llevaba armas, pues estaba acostumbrado a pagar a otros para que se ensuciaran las manos por él. Gromov sabía dónde vivía su amante, qué días la visitaba, cuántos minutos tardaba en follársela y marcharse a casa tras complacer a la chica con un regalo caro. Maks lo sabía todo...
Vashchenko amaba el espectáculo. Le encantaba interpretar el papel de benefactor ante las cámaras, mantener la imagen de "un hombre con un gran corazón". Y la velada de hoy era una función más. Había acudido al hospital regional para donar sangre para los militares, a sabiendas de que los periodistas no dejarían de cubrirlo. Un gesto noble. Falso hasta la última gota.
Gromov lo esperaba donde las cámaras no lo captarían, habiendo marcado todos los puntos ciegos y calculado todas las trayectorias viables.
El aparcamiento subterráneo era el lugar perfecto. Un espacio estrecho, paredes de hormigón, una salida controlada. Había calculado todas las vías de escape, bloqueado cualquier imprevisto. Inmovilizó el montacargas para reservarlo para sí. Bloqueó las escaleras encajando un tubo de metal entre las puertas: una improvisación sencilla pero eficaz. Solo quedaba el ascensor de pasajeros, el que Vashchenko tendría que usar.
Todo iba según lo previsto. Todo estaba bajo control.
Pero Maks conocía la regla de oro de su oficio: en todo plan perfecto siempre hay lugar para el caos.
El aparcamiento subterráneo estaba casi vacío. Solo unos pocos coches descansaban bajo las lámparas amarillas, proyectando sombras alargadas sobre el suelo de cemento, y entre ellos, los dos vehículos negros de Vashchenko: el todoterreno de sus gorilas y el Mercedes que conducía él mismo.
El zumbido de la ventilación disolvía cualquier sonido, convirtiendo el lugar en una cámara gigantesca donde cada paso resonaba con eco. Maks permanecía en la penumbra junto a una columna, observando concentrado el panel de llamada del ascensor. Su mente estaba despejada, sin pensamientos superfluos. Solo cálculo. Hacía tiempo que lo había medido todo al milímetro.
Vashchenko podía aparecer en cualquier momento. El ascensor bajaría directo al aparcamiento, donde aguardaba el coche. Los escoltas siempre iban a su lado, pero tendían a relajarse al ver un lugar conocido. Allí se sentían a salvo. Craso error.
Bajó la mirada hacia la pistola con silenciador, apretándola entre sus dedos. Cero vacilaciones. Una decisión firme, un disparo, y el encargo estaría cumplido. No planeaba tocar a los guardias, no tenía sentido acumular cadáveres extra. Vashchenko era su objetivo. Todo debía ocurrir de forma rápida, limpia y silenciosa.
Las puertas del ascensor hicieron clic, el indicador se iluminó. Maks alzó la vista.
Cuando los paneles se abrieron, lo vio de inmediato. Vashchenko estaba en el centro, con un traje azul oscuro, ligeramente relajado tras otra exhibición pública. Detrás de él, dos escoltas. Uno miró a su alrededor con atención; el otro mantenía la mano en el cinturón, cerca de su arma.
Maks no esperó. No hizo movimientos bruscos, no dudó. Un rápido alzamiento del brazo, la presión del dedo... y el sonido del disparo, que sonó bajo y amortiguado, parecido a un suave «puf» o un ligero chasquido gracias al silenciador. Vashchenko se sacudió, dio un paso atrás y se golpeó el hombro contra la pared del ascensor. Sus ojos se desorbitaron en un último instante de asombro.