Banda sonora: Hidden Citizens – Silent Running
Maks Gromov no actuaba por impulso. Esa era una de las reglas principales que le permitían seguir con vida. Matar es un arte, y cualquier arte requiere paciencia.
Podría haberlo hecho ayer. Encontrar el momento en que se quedara sola. Interceptarla cuando salía del hospital, o esta mañana en la cafetería mientras abrazaba su taza de café intentando recomponerse. Podría haberla hecho desaparecer con la misma discreción con la que él se esfumaba tras cada encargo.
Pero algo lo detuvo.
Maks no era de los que dudan. No cuestionaba sus decisiones ni las analizaba en exceso. Pero al observar a Kira Rudenko a través del cristal tintado de su coche, mientras ella estaba sentada en la cafetería abrazándose a sí misma; al ver su aspecto después del turno —no aterrada, no histérica, sino sumida en un silencio quebrado— decidió esperar.
Quería saber más. Más que un simple nombre, profesión y dirección.
El asesino dedicó un día más a observarla, y con cada hora que pasaba se convencía más de que aquella mujer no era como él imaginaba. Esperaba miedo, paranoia, agitación. Esperaba que corriera de inmediato a la policía, que intentara buscar protección. Pero no lo hizo. Simplemente siguió viviendo.
No como antes. Sus movimientos eran tensos, se sobresaltaba con los ruidos fuertes, se paralizaba un instante al oír pasos a su espalda. Pero no huía. La doctora luchaba contra su propio miedo, lo empujaba hacia su interior, obligándose a seguir adelante.
Aquello hizo reflexionar a Maks.
Sabía que una mujer así no se quedaría callada. No se escondería en silencio fingiendo que no había pasado nada. Sabía que ya le habían hecho preguntas, que había dado una descripción. Y que, tarde o temprano, hablaría... con más seguridad, con más claridad, con determinación.
Y sin embargo, ella seguía respirando. La policía no lo había encontrado. Y él no sabía qué había dicho exactamente. Por eso Maks no actuó de inmediato. Decidió esperar. Darle una noche más.
El día siguiente comenzó de forma muy distinta para ambos.
Kira se despertó tarde. No porque pudiera permitirse holgazanear en la cama durante horas, sino porque esa noche había sido casi imposible conciliar el sueño. Este llegaba a ratos, superficial, inquieto, devolviéndola cada vez al lugar donde no quería volver a estar. El aparcamiento. Los disparos. Los ojos del asesino. Se despertaba de su propio terror, oprimida como en un torno. Y aunque se obligaba a no pensar en ello, su subconsciente la arrastraba de vuelta a la oscuridad de aquella noche.
Hacia las once consiguió arrastrarse fuera de la cama, entró en la ducha y se quedó un buen rato bajo los chorros de agua caliente, intentando quitarse de encima la sensación de aquel miedo pegajoso. Kira sabía que era absurdo. No podía simplemente borrar lo que había visto.
Para no quedarse en casa, llamó a una compañera. —Oksana, ¿hoy es la obra de teatro que teníamos planeada? ¿Vas a ir? —¡Claro que voy! Melodías fantasmales es el nuevo estreno, ¡conseguí las entradas hace un mes! —la voz de su amiga sonaba tan alegre que Kira se permitió una débil sonrisa por primera vez en dos días. —Voy contigo —suspiró.
El teatro siempre la tranquilizaba. La distraía, le daba la sensación de que la vida no era solo caos, no era solo el hospital o... o asesinatos. La función empezaba a las siete de la tarde y duraba dos horas y media.
Kira eligió un vestido negro —sencillo, pero elegante—, se soltó el pelo y se pintó los labios por primera vez en mucho tiempo. Al mirarse en el espejo, comprendió que se veía casi igual que antes de aquella noche. Casi. Solo que en sus ojos había aparecido una sombra que antes no estaba.
Maks, en cambio, pasó el día de forma muy distinta.
No le gustaba alargar los encargos. No le gustaba observar más de lo necesario. Pero en ese momento se permitió el lujo de aguardar hasta que todo estuviera perfectamente planeado.
Rastreó su ruta. Esperó a que saliera de casa, a que subiera a un taxi y se marchara al teatro. El sicario se quedó un poco más lejos, imperceptible entre la multitud, observando cómo entraba. Y solo entonces se dio la vuelta y se dirigió tranquilamente de regreso a su apartamento.
Un momento clave en el trabajo de un sicario es saber cuándo aprovechar la oportunidad.
El hombre se detuvo ante la puerta, sacó una fina ganzúa y se puso manos a la obra. No fue difícil. La cerradura no era cara, el apartamento resultó ser de lo más común, sin vigilancia en el portal, sin alarma. Nadie contaba con que alguien como él se colara allí.
Un minuto después, la puerta hizo un suave clic. Gromov entró, cerrándola tras de sí.
Su apartamento no era como él esperaba. Era cálido. Vivo. Las macetas con plantas en el alféizar, el olor a vainilla y café, los libros pulcramente apilados en las estanterías. Aquel lugar rebosaba vida, calor. Percibió que allí vivía alguien que creaba hogar, que no se limitaba a existir, sino que de verdad valoraba las cosas sencillas.
Maks recorrió la habitación, deteniendo la mirada en las cortinas claras, las fotos de la pared. Ninguna con un hombre. Ninguna señal de que alguien más frecuentara el lugar. Solo ella.
Pasó los dedos por la mesa de madera, deslizó la mirada por el frutero. Sintió algo nuevo. Algo desconocido. Era un mundo al que no pertenecía. Un mundo en el que los de su clase no se quedan mucho tiempo.
El asesino descartó ese pensamiento, cruzó hacia el salón y se dejó caer en un sillón. Sacó su pistola y la hizo girar entre los dedos. No faltaba mucho para esperar. Y Kira ni siquiera sospechaba que, al volver a casa esa noche, caminaba directo a su trampa.
Maks estaba sentado en el sillón, sumido en la oscuridad, sereno, relajado. Solo las yemas de sus dedos repiqueteaban sobre el metal frío del arma, como marcando un ritmo insonoro. El tiempo pasaba lento, los segundos se estiraban como si se burlaran.