13 Noches

LA PRIMERA NOCHE

Banda sonora: Red - Breathe Into Me

MAKS

La cabeza me duele como después de una buena pelea. No, joder, como después de una pelea de mierda. Porque una buena es cuando tú estás de pie y los demás tirados. Y ahora mismo yo no estoy de pie. Siento el sabor metálico de la sangre en la boca, me duele todo el cuerpo.

Me han sentado en una silla dura, me han atado las manos con fuerza a los reposabrazos. Un clásico. Las muñecas me arden, la cuerda se me clava en la piel, y resulta hasta un poco cómico. Cuerda. ¿De verdad creen que una cuerda va a retenerme? Chicos, ¿en serio?

Ante mis ojos aún parpadean manchas rojas, secuelas del golpe en la cabeza que casi me apaga las luces. Aunque, si hubieran querido rematarme, lo habrían hecho. Eso significa que todavía me necesitan. Por ahora.

A mi alrededor hay un almacén. Unas lámparas industriales cuelgan del techo, arrojando una luz amarillenta y mortecina. Polvo en el aire, olor metálico a óxido, un poco de gasolina. El típico lugar para quienes no quieren llamar la atención. En un rincón se apilan unas cajas; en la penumbra distingo un par de siluetas. Tipos con pistolas. Uno fuma, otro trastea con el móvil, otros dos simplemente están de pie, esperando órdenes.

Levanto la cabeza despacio y miro al frente. Ella también está aquí. Kira.

La han empujado contra una viga de metal y le han atado las manos a la espalda. Tiene un rastro de sangre seca en la sien, los hombros le tiemblan, los labios le tiritan. No llora, no grita, ni siquiera intenta soltarse. Simplemente está ahí de pie, sintiendo en cada célula de su cuerpo que esta podría ser su última noche.

Y lo peor es que es muy probable que lo sea.

Si yo hubiera tenido que encargarme de ella, lo habría hecho rápido. Limpio. No la habría hecho sufrir. Pero ahora las cosas no están en mis manos. Y no tengo ni idea de qué le harán estos tipos. Al igual que tampoco tengo ni idea de qué quieren de mí ni en el camino de quién me he cruzado esta vez.

Pero no tardo en obtener la respuesta a mi segunda pregunta. Un hombre entra en el local.

—Vaya, hola, Gromov —suena su voz. El desconocido entra en el círculo de luz y por fin le veo la cara. Ronda los cincuenta, lleva un traje caro y unos zapatos que cuestan más que todo este edificio de mala muerte. Su rostro es sereno, seguro de sí mismo; hasta sonríe. No lo conozco.

—¿Quién cojones eres? —resuena mi voz en respuesta a su saludo, ronca y grave. Muevo un poco las muñecas, comprobando lo apretados que están los nudos. No podré romperlos. Pero si me disloco la mano en el ángulo correcto...

—Andriy Danylovych —se inclina hacia mí, como esperando que ese nombre signifique algo. No significa nada. Guardo silencio, mirándolo, a la espera de lo que venga después.

—Vale. ¿Y qué? —no tengo la más mínima idea de lo que debería decirme el nombre de este tipo. Ha habido tantos como él. Sus ojos se entrecierran.

—Pensé que entenderías por qué has acabado aquí —suspiro.

—No tengo ni puta idea —continúo en mi línea, mirándolo con desprecio y absoluta falta de respeto.

—No te preocupes, ahora te refrescamos la memoria —gruñe alguien a un lado, uno de sus perros de presa, de esos que a la orden de «ataca» repartirán hostias hasta sacarte toda la información necesaria.

Y el primer golpe me aterriza en el pómulo. Mi cabeza sale despedida hacia atrás, las cuerdas de mis muñecas se tensan y el mundo se sacude ante mis ojos. Giro la cabeza despacio y escupo sangre al suelo de cemento.

—¿Y bien? —Andriy Danylovych sonríe ante mi insolencia—. ¿Te acuerdas de Melnyk?

Melnyk... Mi memoria gira como el tambor de un revólver. Hace dos años. Un disparo. Un Mercedes negro. Un hombre con un traje caro arranca a correr, pero no llega a tiempo. La bala le entra limpia por el cuello. El caos estalla, los guardaespaldas empiezan a disparar, pero yo ya me he desvanecido entre la multitud. Trabajo. Limpio, impecable. Ya no es asunto mío quién estaba detrás de aquello; lo encargaron, me pagaron y yo cumplí.

Levanto la cabeza y me encuentro con la mirada del hombre.

—No me acuerdo —suelto con firmeza. Andriy suspira, como si de verdad le entristeciera.

—Mientes —ataja, y yo sonrío, como si estuviera pidiendo a gritos que continuara. Sus labios se tuercen en un amago de sonrisa, pero en sus ojos no hay nada.

—Dos años, Gromov. Dos. Te hemos estado buscando, pero te escondes bien. —Yo callo, limitándome a escuchar con atención—. Pero ahora estás aquí. Y ahora quiero respuestas.

—¿Respuestas? —ladeo la cabeza, escupiendo una gota roja de sangre—. Pues venga, pregunta.

—¿Quién encargó la muerte de mi hermano?

—Yo qué coño sé —me encojo de hombros con indiferencia.

—Te va a doler, Gromov —Andriy Danylovych niega con la cabeza, mirándome a los ojos. Yo esboco una amplia sonrisa, sintiendo cómo la sangre me resbala lentamente por la barbilla.

—No será la primera vez.

El tipo chasquea los dedos; ahí está la orden. Y enseguida recibo el siguiente golpe directo al estómago. El dolor me desgarra las entrañas, el aire abandona mis pulmones de golpe, mi cuerpo se dobla hacia delante.

—¿Quién es el cliente? —vuelve a preguntar Andriy, esta vez con más insistencia. Yo callo.

—Dame. Un. Nombre —masculla el hombre entre dientes. Yo solo levanto la cabeza, obligándome a tomar aire.

—¿Por qué no te vas a la mierda? —y entonces, se vuelve hacia ella.

Kira.

A ella se le desorbitan los ojos, su cuerpo intenta retroceder por puro reflejo, aunque no tiene a dónde ir.

—¿Y ella? —pregunta él con calma, como si hablara de algo sin importancia.

—¿Qué pasa con ella? —suelto un bufido, sonriendo con la comisura de los labios, pero enseguida hago una mueca por el dolor del labio partido.

—¿Qué hago con ella?




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