13 Noches

LA SEGUNDA NOCHE (1)

Banda sonora: The Neighbourhood – Softcore

KIRA

No me di cuenta de inmediato de que me había despertado. La conciencia se abría paso a través de una oscuridad densa y pegajosa, despacio, con resistencia, como si ella misma no quisiera emerger a la superficie. Lo primero que sentí fue dolor. Estaba instalado en cada músculo, en cada célula. La sensación era como si hubieran pasado mi cuerpo por una picadora de carne de hormigón. Me moví... y al instante me arrepentí.

El brazo atrapado en las esposas estaba tan entumecido que ni siquiera sentía los dedos. Me estremecí, hice un torpe intento de tirar de él, pero el metal se me clavó en la piel, recordándome que seguía encadenada a un asesino. Giré la cabeza lentamente.

Maks estaba tumbado a mi lado. Dormía, con el cuerpo medio cubierto por una manta. Su respiración era pesada, algo entrecortada. En su rostro pálido se veían las marcas de los golpes, tenía los labios ligeramente entreabiertos y oscuras ojeras bajo los ojos. Tenía un aspecto espantoso. Por supuesto, no podía ser de otra manera después de haberse pasado toda la noche desangrándose. Tragué saliva bruscamente, intentando deshacer el nudo que se me había formado en la garganta. La realidad me golpeó como un cubo de agua helada. Estaba aquí, en algún lugar perdido de la mano de Dios, con el sicario que debía haberme matado. Estaba cubierta de sangre: la mía y la suya. Temblaba.

Apreté los dientes para que dejaran de castañetear y me examiné despacio. Las huellas de la noche aún seguían en mí: arañazos en los brazos, hematomas oscuros, las rodillas desolladas. La piel pegajosa por la sangre seca. Necesitaba lavarme. Ese pensamiento irrumpió con fuerza, casi con pánico. Tenía que quitarme todo esto de encima. Pero antes...

Volví a mirar al hombre. Su respiración se había vuelto más pesada, su pecho subía y bajaba de forma irregular, como si cada inhalación le costara un esfuerzo sobrehumano. Estaba ardiendo.

—Maks —lo llamé en voz baja, tocándole el hombro. Ninguna reacción.

—¡Maks! —esta vez, más alto.

El cuerpo del hombre se tensó, sus pestañas temblaron, y entonces abrió los ojos de golpe. Oscuros, pesados, pero instantáneamente lúcidos; y por instinto, me agarró la mano con la que acababa de tocarle para intentar despertarle. Apretó los dedos en mi muñeca con tanta fuerza que tuve que apretar los labios para no gritar.

—¡Soy yo! —escupí, intentando soltarme.

Maks fijó la vista en mí y solo al cabo de unos segundos, como a través de un velo, me reconoció. Sus dedos se aflojaron, exhaló con pesadez y se relajó.

—Estás ardiendo —dije con voz uniforme.

—Mmm... Si estoy caliente, entonces es que sigo vivo —esbozó una sonrisa torcida, pero yo no aprecié el chiste. Lo miraba apretando las mandíbulas, intentando mantener la compostura, pero era casi imposible.

—Maks, esto no es ninguna broma. No podemos quedarnos aquí sentados encadenados el uno al otro —suspiré, apretando los puños. Él alzó la vista perezosamente, sus labios se curvaron un poco, como si hubiera dicho algo gracioso.

—¿Por qué no? A mí me parece una situación bastante... interesante.

—¡¿Interesante?! —no pude contener mi indignación.

—Tienes fiebre, has perdido muchísima sangre, las vendas vuelven a estar empapadas y, ¿tú sigues con jueguecitos? —su mirada cambió. Apenas perceptiblemente, pero lo noté.

—Tienes que beber agua, hay que cambiarte el vendaje, hay que intentar bajarte la fiebre. No estoy aquí para sentarme a tu lado y ver cómo te mueres lentamente. Si necesitas mi ayuda, déjame hacer mi puto trabajo.

Maks cerró los ojos con lentitud, pero vi cómo su mandíbula se tensaba de forma casi imperceptible.

Silencio. Unos segundos que se alargaron hasta convertirse en una eternidad. Observé cómo sus dedos tamborileaban suavemente sobre su muslo, y luego...

—De acuerdo, doctora —su voz sonó grave, cansada, pero nítida.

Levantó la mano que tenía libre, la deslizó hacia el bolsillo de sus pantalones y... Oí un leve tintineo metálico. Una llave. Me quedé mirándolo fijamente.

—¿En serio? —en mi voz había una mezcla de conmoción y sarcasmo.

Maks abrió las esposas con un solo movimiento, sin prisa, lentamente, como si saboreara el momento. El aro de metal se deslizó de mi muñeca, dejando una marca roja en la piel. Me quedé un segundo sentada, mirando al hombre. Había tenido la llave todo el tiempo. Todo este tiempo podría haberme largado con solo meter la mano en su bolsillo y sacarla. Pero no lo había hecho. Tenía miedo. Miedo de que, si huía, el asesino me encontrara. Encontrara a mi familia, a mis seres queridos. Y también... no podía dejarlo aquí para que se muriera. Había hecho un juramento...

—Has resoplado —Maks levantó una ceja con aire divertido, y yo alcé la vista hacia él bruscamente.

—Porque tiene gracia, podría haberme ido hace tiempo.

—Pero no lo has hecho —concluyó el hombre, volviendo a observarme con esa mirada atenta y depredadora suya. Aparté la vista, sintiendo cómo crecía una extraña sensación en mi interior.

—Quítate la camisa, tengo que vendarte de nuevo —Maks dejó escapar un aliento ronco y sonrió.

—Doctora, empiezo a pensar que esto le gusta.

Puse los ojos en blanco, pero me callé. Porque la verdad es que me importaba una mierda lo que él pensara. Había que salvarlo.

—Necesitas medicamentos. Antibióticos, material de sutura, un buen antiséptico. Si no lo limpiamos en condiciones, no sobrevivirás.

—¿Y?

—Y... habrá que conseguirlos en alguna parte —apreté los dientes.

—Ajá —se incorporó lentamente, apartó la manta, se sentó con dificultad y se pasó una mano por la cara—. Déjame adivinar. No pretenderás que vaya yo mismo a por los medicamentos, ¿verdad?

—Obviamente —respondí. Maks me midió con la mirada y luego sonrió.




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