13 Noches

TERCERA NOCHE

Banda sonora: Fort Nowhere - Wicked Game

KIRA

La noche pasó. La recordaba por las sensaciones, no por los acontecimientos. El calor de la vieja manta, el crujido de los leños en la chimenea, el olor a sangre que aún se aferraba a los cojines, mi cuerpo tembloroso que no lograba encontrar la paz, porque me había quedado dormida en el sillón, esta vez incluso sin esposas. Y en algún lugar cercano, en el sofá, escuchaba la respiración tranquila y acompasada del hombre al que debería temer, odiar, juzgar; pero, en lugar de eso, escuchaba cada una de sus inhalaciones, cada suspiro, como si me mantuvieran a flote en la realidad.

Al final, el cansancio venció y me quedé dormida. Pero no por mucho tiempo. El fuego de la chimenea se consumió durante la noche, dejando tras de sí solo el olor a quemado, un ligero calor en el aire y el tenue parpadeo de las brasas que aún resplandecían bajo las cenizas, como los últimos latidos de un corazón tras una dura batalla.

Me desperté, no por un ruido o por la luz, sino por el silencio: ese silencio inquietante en el que se percibe la ausencia de algo importante. Maks no estaba a mi lado. Y, aunque la razón me decía que era pronto para entrar en pánico, mi corazón ya había dado un par de vuelcos de ansiedad.

Me levanté, sintiendo cómo mi cuerpo protestaba tras haber pasado la noche en el sillón. Mis manos buscaron la manta por sí solas: su calor no era un simple consuelo, sino lo único que me mantenía en equilibrio. Me la eché sobre los hombros y caminé descalza hacia la puerta que daba a la terraza. El frío se coló a través de las tablas del suelo, robándome parte del calor, pero devolviéndome la lucidez. Maks estaba de espaldas a mí, sosteniendo una taza de café en una mano y un cigarrillo en la otra. Su postura era familiar, tensa, encorvada; apretaba con fuerza la mano del cigarrillo contra el costado que yo había estado cosiendo hacía nada, intentando no pensar en que un asesino también puede ser vulnerable.

—El desayuno de los campeones —dije, intentando que mi voz sonara al menos un poco casual. El sicario no se dio la vuelta, solo ladeó ligeramente la cabeza.

—¿Vienes a darme lecciones de moral otra vez, doctora? —respondió Maks, sin mirarme.

Di un paso adelante, con cuidado de no romper el frágil equilibrio de aquella mañana.

—Ni siquiera voy a mencionar que fumar es malo. Pero tomar café con el estómago vacío después de un disparo es, perdóname que te diga, de una idiotez clínica.

El hombre dio una calada lenta, expulsando el humo hacia el bosque, y solo entonces me miró.

—Sigo vivo. Eso significa que lo estoy haciendo todo bien.

—Sigues vivo porque yo te estoy sacando adelante. Me gustaría que no fuera en vano.

—Sabes, podrías ganarte la vida con esto. Rescatando asesinos del otro mundo. Una especialización muy de nicho, pero con futuro —sugirió Maks totalmente en serio, volviéndose hacia mí.

—Pues tendré que pedirte una carta de recomendación —respondí con sarcasmo ante semejante estupidez.

—Y yo a ti una nueva dosis de analgésicos. ¿Ya es hora de los demás pinchazos?

—Ya es hora —afirmé.

Maks asintió, dio un par de caladas más, aplastó la colilla en el cenicero y dio unos pasos hacia la puerta, sujetándose de nuevo el costado. Se movía mejor, pero cada uno de sus movimientos seguía provocando un levísimo temblor en mi cuerpo. Había algo extraordinariamente humano en esa debilidad física. Y precisamente eso era lo más peligroso. Precisamente eso era lo que yo debía ignorar.

Volvimos al interior; le puse la inyección, le revisé los puntos, me aseguré de que la infección no hubiera avanzado y, solo después de eso, me puse a preparar el desayuno. Se comería el caldo de ayer; al fin y al cabo, no soy su cocinera para prepararle un menú de tres platos. El aire se llenó del aroma a caldo, a eneldo fresco, a calor de hogar.

—Maks, ven a tomarte un buen caldo, y haré como que no he visto cómo te destrozabas los pulmones y el estómago a primera hora de la mañana —llamé al hombre. Él sonrió, ya sin rastro de cansancio, con esa ligera ironía que yo empezaba a reconocer.

—Me lo pensaré —y va y se pone tiquismiquis. Oye, tío, ¿hace cuánto que no comes comida de hospital? ¡Una sopa de cebada sin carne ni sal! Y yo aquí esmerándome, no te jode.

—No. Vas a aceptar, o el próximo pinchazo te va a doler un huevo.

—¿Oh, amenazas?

—No es una amenaza. Es una promesa —respondí con firmeza, y le puse el plato delante.

Desayunamos en silencio. Sin mirarnos, sin hablar. Y cuando Maks terminó, hasta dio las gracias con un escueto "Gracias", lavó su plato él mismo y volvió al salón.

Ahora había ocupado mi lugar en el sillón donde yo había dormido esa noche. Yo me quedé en la cocina y me preparé un té, aunque el de aquí no era de los mejores ni como a mí me gusta.

Vi cómo Maks permanecía sentado en silencio en el sillón; en sus ojos había algo inquieto, algo no resuelto. Luego sacó su teléfono.

—Tengo que contactar con Polina. Ella me ayudará con el coche. Hay que deshacerse de ese trasto, si no alguien nos encontrará —habló el asesino, señalando con la cabeza hacia el exterior. El coche en el que habíamos llegado pertenecía a aquellos gorilas que habían disparado a Maks y casi me violan. Habíamos huido del almacén en él, así que probablemente Maks tenía razón: podían rastrearnos a través del vehículo y era solo cuestión de tiempo.

—¿Crees que puedes confiar en ella? —pregunté, aunque ni siquiera sé por qué. Y Maks no respondió, considerando que mi pregunta estaba fuera de lugar. Polina volvía a estar en el juego: era su gente, parte de su mundo, de sus reglas. Y a mí me miraba como a un problema temporal, así que mi actitud hacia esa tipa no era la mejor. Pero... seguramente hay más razones por las que no me cae bien.

Maksym marcó el número. La conversación fue breve. Un seco "Ven" y "Tengo un asunto". Tras lo cual Maks se recostó contra el respaldo y soltó el aire.




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