13 Noches

LA SÉPTIMA NOCHE

Banda sonora: Arctic Monkeys – Do I Wanna Know?

POLINA

Hace cinco años

Cuando el fuego aún me ardía en el cuerpo y no en la cabeza, creía que podía vivir sin complicaciones. Cero ataduras, cero preguntas de más, cero apegos. Mi moto, mi pistola y cien kilos de experiencia; eso era todo lo que me acompañaba.

Entonces, hace cinco años, en Madeira, todo parecía no solo fácil, sino casi perfecto. El trabajo salió limpio, sin hacer ruido, el cuerpo aún me latía por la adrenalina, y los cócteles estaban tan fríos como el hielo que llevaba en el corazón. Él y yo nos reíamos entonces, y eran risas de verdad. Incluso cuando me quitaba el mono y, en ropa interior, me sentaba en su regazo, buscando en sus ojos ese brillo animal que siempre asomaba justo antes de tomarme. Y no me tomaba como a una mujer, sino como una posesión, como una droga, como una furia que no tenía otra vía de escape. Y luego, en silencio, podía simplemente respirar a su lado. Y llegué a pensar que quizás, maldita sea, aquello se parecía a la... ¿confianza?

Pero la confianza es un invento tan irreal como la conciencia. Ambas te traicionan justo en el momento oportuno.

Las manchas de sol resbalaban por mi piel como dedos que aún no te han tocado, pero que ya te hacen promesas. En la copa había algo rosa, el equilibrio perfecto entre sirope de fresa y ron blanco, y una gota se deslizaba por el fino cristal, dejando un rastro húmedo, como el filo de una navaja sobre el cuerpo. Estaba sentada en la tumbona, medio desnuda, con las piernas estiradas, llevando únicamente un bikini negro, apenas oculto bajo una malla transparente con la que jugueteaba el viento. Llevaba el pelo recogido en una coleta alta, la cara completamente lavada, porque allí, en aquella isla, no importaba nada. Nada excepto él y su sombra a mi lado.

Maks apareció como una tormenta sobre el mar. En silencio, sin avisar, pero con la sensación de que, a su paso, todo quedaría reducido a cenizas. Y así fue. Hicimos el trabajo bastante rápido, sin ruido, como de costumbre. Una foto, un disparo, una noche, y se acabó. A la mañana siguiente ya estábamos allí, en nuestra semana de «vacaciones», como él la llamó. Aunque ambos sabíamos que solo era el encuentro de dos depredadores que se habían permitido temporalmente fingir que tenían derecho a descansar.

Recuerdo cómo posó sus manos en mi cintura, frías por el hielo de su copa de cóctel. Cómo me susurraba al oído algo a medio camino entre instrucciones y confesiones. Cómo nuestros cuerpos se fundían el uno en el otro, cubiertos de sal, sudor y una tensión que no se disipaba ni siquiera tras el orgasmo. Follábamos como lo hace la gente que sabe matar: con fuego, con pasión, con hambre y con la sensación de que cada roce podía ser el último.

— Cero preguntas —dije entonces, recostada sobre él, pegando mi cuerpo desnudo al suyo.

— Cero ataduras —respondió, deslizando los dedos por la línea de mi columna.

— Cero promesas.

— Solo el aquí y el ahora.

Éramos perfectos dentro de nuestra imperfección.

Yo acababa de salir de una historia bastante turbia, ardiente, casi mortal. Un asesinato que yo no había planeado, pero que había llevado a término. Tenía veintisiete años, y ya cargaba con más sangre a mis espaldas que algunos a los cuarenta. Mi ex: un empresario con tendencias violentas, uno de esos que se creen que por ser tú más débil, tu cuello tiene el tamaño ideal para sus manos. Pero yo no era más débil. Simplemente aguanté hasta el momento adecuado. Luego... una inyección, contención de la respiración, parada cardíaca. Y trabajo terminado.

A partir de entonces, empezaron a fijarse en mí. El primero que se fijó fue Maks. Coincidimos en Varsovia. Nos sentamos «por casualidad» el uno al lado del otro en una cafetería, mientras yo esperaba a reunirme con un cliente, y él a su contacto. Ya lo había visto antes en nuestros círculos más cerrados en fotos, había escuchado su currículum y sus leyendas. Maks Gromov. Uno de esos de los que no se hablaba en voz alta. Había sobrevivido a seis heridas de bala. Nunca trabajaba dos veces con la misma persona. Y jamás dejaba testigos...

Me sonrió. Yo le devolví la sonrisa. Así nacen las catástrofes.

Nuestro mayor error fue darnos cuenta de que nos gustábamos. No como los de «follar y olvidar», sino como los que encuentran sincronía en la oscuridad. A su rabia le iba bien mi silencio. Sus manos sabían dónde agarrar. Mi mirada sabía cuándo soltar.

— Tú no serías capaz de matarme —me dijo una vez, mientras yo le apuntaba directo al corazón. Estábamos entrenando en el campo de tiro.

— Porque el corazón es demasiado banal —le contesté—. Te desangrarías por dentro y yo me quedaría mirando. Mejor en la cabeza.

— Llorarías —arrugó la nariz, convencido de que le echaría de menos.

— Y tú te creerías mi teatrito lacrimógeno —le respondí con malicia, para que ni se le ocurriera pensar que sería sincero. Pero tenía razón, aunque no le convenía saberlo.

Éramos perfectos en nuestra soledad. Pero cuando dos oscuridades se encuentran, no se convierten en luz. Se devoran mutuamente.

Y un buen día, simplemente desapareció.

Sin avisar y sin decir una palabra. Y me quedé con un vacío que no hacía ruido, que no lloraba, pero que quemaba por dentro. Porque yo no soy de las que se encariñan. Pero si me apego, lo hago a sangre, a temblores, a pura furia.

No fue la típica huida de alguien que se quema por sus sentimientos, que pierde la cabeza o se derrumba. Qué va. Fue preciso, calculado, como todo lo que hacía. Se empaquetó en su propia sombra y se largó, sin dejar nota, sin mirar atrás, y sin dejarme la más mínima oportunidad de encontrarlo. Y vaya si lo busqué. Al principio, de forma ingenua, con una sonrisa; luego, con irritación, y por último, con furia. Y cuando comprendí que había borrado sus huellas como si nunca hubiera existido, llegó el vacío. Frío, metálico, como el cañón de su pistola favorita. Todo lo que había entre nosotros se quemó hasta los cimientos. Y a mí me dejaron solo las cenizas.




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