13 Noches

LA UNDÉCIMA NOCHE

Banda sonora: Tommee Profitt – Enemy

POLINA

No necesité mucho para saber dónde buscarlo. Fue todo más fácil de lo que parecía. No porque hubiera dejado rastro —en eso era un maestro, no dejaba nada—, sino porque yo lo... sentía. A ese nivel de intuición enfermiza que perdura entre quienes alguna vez se han tocado no solo con la piel. Sino más hondo.

Sabía cómo desaparecía. A qué velocidad cambiaba de planes, en qué barrios se escondía, cómo respiraba cuando huía. Había estado a su lado el tiempo suficiente para fijarme en las cosas que no se ven desde fuera. Sabía qué lugares consideraba seguros y cuáles le resultaban insoportables. Sabía que siempre tiraba hacia lo profundo, no a lo ancho, no hacia arriba, no hacia la luz... Sino hacia la oscuridad, hacia el fango. Y ahora mismo estaba en el fango hasta el cuello, a punto de ahogarse en esa mierda.

Shuliak. No era la primera vez que usaba ese apellido, y supe de inmediato que era él, porque junto a su nombre figuraba otro: Kira Shuliak. Qué tierno, dan ganas de vomitar.

Por mi propia experiencia puedo decir una cosa con certeza: no hay rutas casuales para quienes saben esconderse. Y si había algo que Maks sabía hacer mejor que nadie, era desaparecer.

El billete marcaba Berehove. Un pueblecito pequeño, turístico, que no le importa a nadie. Pero había un detalle en él que no me dejaba tranquila. No podía asegurarlo, porque no tenía pruebas. Pero recordé cómo una vez se le escapó algo sobre su madre. Sobre el agua caliente, el olor a azufre, sobre una ciudad que no pisaba desde hacía años y a la que no le hacía ninguna gracia volver.

No sabía cómo se llamaba ni la había visto nunca. No sabía si seguía viva, o si siquiera existía. Pero recordaba perfectamente lo de Berehove, y los rastros llevaban precisamente allí, y con eso bastaba.

— Si está en alguna parte, creo que es allí —le dije a Melnyk. Lo que le pasara después ya no me interesaba. O al menos, intentaba convencerme a mí misma de ello, porque sabía que, gracias a mi chivatazo, lo encontrarían y lo harían polvo. Pero no tenía otra opción.

Melnyk se quedó callado un largo rato; tenía los dedos entrelazados y la mirada vacía.

— ¿Allí vivía su madre? —preguntó, mirándome por fin.

— Es posible. No lo sé con seguridad, pero la dirección es la correcta. Siento que le pisamos los talones.

— Tus presentimientos no me interesan —cortó Melnyk con frialdad, y se volvió hacia sus matones—. Hay que encontrar a Gromov, tenéis pistas, en marcha —hizo un gesto con la mano, dando sus órdenes, y se fueron... A por Maks.

Y al día siguiente, sus hombres ya estaban allí. Y me alegré de no tener que encargarme yo. Habría sido doloroso mirar a Gromov a los ojos. A Maks lo buscaban personas acostumbradas a hacerlo todo de forma profesional y silenciosa. Entre patios privados y cortinas cerradas. No hacían preguntas, atacaban por otro flanco: comprobaciones, contactos, viejos vínculos.

A mí solo me quedaba esperar a que alguien dijera: «hicimos contacto».

Y ella, su madre, no lo delataría y mandaría a todo el mundo a la mierda. Sabía que así sería.

Berehove no los recibió con hostilidad, sino con indiferencia. Aquella tierra sabía callar. Las calles estrechas de piedras lavadas, los viñedos que se alzaban hacia el sol como testigos mudos de viejas historias, y las sombras de las montañas en el horizonte; todo parecía tranquilo, limpio, alejado de cualquier cosa que oliera a miedo o a sangre. Pero son precisamente esos lugares los que esconden lo más oscuro. Porque saben cómo no ver de más.

Los hombres de Melnyk llegaron sin armar jaleo. Ni furgonetas negras ni fusiles de asalto. Un coche normal, caras normales. De los que no se recuerdan, y eso precisamente les daba ventaja. Trabajaban en pareja. Uno se paseaba por los mercados, el otro se sentaba en las cafeterías. Preguntaban con cautela, con un ligero acento, como si fueran turistas, como si simplemente buscaran a una vieja conocida. Una mujer que alguna vez trabajó como enfermera. Y enseñaban la foto de Kira. Su fama la precedía, así que alguien podría haber visto a la chica que asomaba en las pantallas de televisión. Y toda la información conducía a lo mismo... a la madre de Maks.

Nadie pronunciaba el nombre de Maks en voz alta. Ni una sola vez, porque no hacía falta. Porque Maks no es un nombre, es un vacío sin contornos. No dejaba nada a su paso: ni olor, ni sombra. Pero su doctora... ella sí podía dejar rastro.

Y los encontraron, aunque no de inmediato ni directamente, pero dieron con ellos. Por mediación de una anciana dependienta que creyó ver cómo "ese chico tan sombrío" salía del patio de la valla verde. A través de la farmacéutica, a la que aquella mujer encargaba sus pastillas para el corazón una vez al año. Gracias a una mención casual en el autobús sobre una chica parecida a la de las noticias.

La casa de su madre era relativamente nueva, aunque con la pintura algo desconchada por algunas partes y el número descolorido, pero con un hermoso jardín y un patio bien cuidado. La mujer abrió la puerta al instante, sin hacer preguntas. Bajita, delgada. Miraba de frente, con calma, y hablaba en voz baja, pero con firmeza.

— No sé dónde está —dijo, antes incluso de que le preguntaran—. Vino una vez. Hace mucho tiempo, pero no se quedó. No me dijo nada, yo tampoco pregunté.

Los hombres de Melnyk se quedaron frente a ella en silencio, como en un interrogatorio que ya había fracasado. La madrecita no se doblegó. Porque no había nada que doblegar. No la ataba el amor, ni la retenía la rabia. Ella simplemente... no lo sabía.

Y fue eso precisamente lo que enfureció a Melnyk.

Cuando volvieron con el informe, no se puso a gritar. No montó ninguna escena; simplemente se dirigió en silencio a su despacho, guardó silencio un buen rato, encendió un cigarrillo y, tras un par de caladas, aplastó la colilla en el cenicero. En sus ojos ya no había fuego ni furia, sino solo un cálculo gélido.




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