13 Noches

LA DECIMOTERCERA NOCHE

Banda sonora: Jean Pierre Taïeb - Running After My Fate

MAKS

Kira ya ha cruzado la puerta. Y al instante, el vacío me rodea por completo, aunque no estoy solo en esta sala. Pero por dentro estoy vacío. Como si me hubieran arrancado una parte de mí en vivo, desgarrándome la carne. Y si le hubiera permitido quedarse, esperar, observar... Al final, habría sido esa parte de mí la que habrían arrojado a los perros para que la despedazaran. Yo habría sido débil si hubiera visto a Kira a mi lado, si hubiera sentido que corría peligro. Y Melnyk la dejó ir; la palabra de los hombres como él es firme e inquebrantable, así que estaba seguro de que sus hombres no le pondrían un dedo encima a Kira.

Parecía que todo lo que hasta ahora me mantenía dentro de los límites de la humanidad había salido junto con Kira por esa puerta, dejando en mi interior solo una oscuridad que había permanecido dormida todo el tiempo que esa chica estuvo a mi lado, pero que nunca había muerto. Lo que quedó allí, en aquella jaula de hormigón, ya no era el hombre que supo amar. No era el hijo, ni el amigo, ni un guerrero en el bando de la justicia. Solo alguien que sabe cómo se estremece un cuerpo al presionar sobre el dolor, cómo se quiebra una persona cuando no le das tregua, y cómo se hace el silencio cuando el aire huele a plomo.

Yo era una máquina programada para matar. ¿Estaba mentalizado para convertirme hoy en abono para la tierra húmeda? ¡Por supuesto que no! Tenía mis sospechas, mis dudas de que la cosa no saldría bien, era consciente de que quizá Kira y yo nos acabábamos de despedir para siempre y que todo lo que me quedaba era su beso en mis labios como talismán. Involuntariamente me lamí los labios tras ese pensamiento, y sentí el sabor de la sangre, la suya, la mía, el polvo... Y recordaba lo dulces que eran los besos de esa chica, nada que ver con el regusto que me había dejado al final.

Estaba de pie en medio de la habitación, observando cómo cuatro gorilas entraban y formaban un arco a mi alrededor, como si fuéramos piezas en un tablero de ajedrez que ya habían determinado su trayectoria. Y Melnyk, el muy cabrón, estaba tranquilo, seguro de controlar todo hasta el último movimiento. Pero, ¿cuántas veces había desbaratado ya sus planes? ¿Qué me impedía hacerlo una vez más? Y aunque las posibilidades de que la palmara aumentaran exponencialmente, al menos sería un juego bajo mis reglas, y no como Melnyk quería. Porque en ese momento, me miraba con una sonrisa astuta y engreída. Y esa sonrisa no transmitía desprecio, sino el placer de un juego que se desarrolla según sus reglas. Por ahora.

— Bueno, Gromov, la nobleza te sienta bien. Aunque no te salvará —escucho la voz de Melnyk lanzada al aire con sorna, como una burla. Pero, ¿qué sabrás tú de nobleza, cerdo? Eres la misma escoria podrida que tu hermanito. Y en ese instante comprendí definitivamente que me encanta mi letal profesión. Porque purifico este mundo de la carroña. Los clientes no piden eliminar a gente corriente, quieren eliminar a los que son como Melnyk, como Vashchenko... corruptos, podridos, sin honor. Pero los clientes tampoco son santos, y ya se encargará otro de ellos, no yo. Así es como funciona el ciclo de asesinatos de los villanos, que se destruyen a sí mismos, solo que a través de otras manos.

Melnyk estaba jugando conmigo en ese momento. Alargaba el tiempo, comprobando cuánto me quedaba dentro. Yo guardaba silencio, porque sabía que lo más aterrador no es un grito, sino el silencio. Especialmente el de alguien que desconecta su propia humanidad.

Mi cuerpo estaba en tensión, alerta, tenso como una cuerda a punto de romperse. Pero no me moví, porque sabía que, en este juego, el primero que se mueve es o un idiota o un hombre muerto.

Y de repente, el silencio y la tensión entre nosotros se rasgaron por el sonido de un disparo; un único sonido que hizo añicos la realidad. A lo lejos, el eco se propagó por el almacén, rebotando de pared a pared de hormigón. El eco voló y me golpeó en algún lugar bajo las costillas, no por fuera, sino en lo más profundo.

No necesitaba saber de dónde venía el sonido, ni a quién habían alcanzado... Porque la sola idea de que pudiera haber sido Kira me superó por completo. Mis ojos parecieron cegarse, como si un velo cayera sobre ellos, y todo lo demás dejó de importar. Me desconecté, y comenzó un nuevo juego, bajo mis reglas.

La mente en blanco, como una hoja de papel; no se podía pensar en nada. El corazón no latía en el pecho, sino en los puños; el cuerpo se movía por instinto. No era una víctima; era la sentencia para aquellos que osaron considerarme como tal.

No se abalanzaron de inmediato, actuaron de forma coordinada, como carniceros que saben por qué lado es mejor cortar. Sus miradas me palpaban, me evaluaban, me estudiaban. Pero a mí ya me daba igual. En ese momento, no quedaba nada humano en mí, ni un solo pensamiento, ni un ápice de miedo, ni siquiera odio. Solo la sed de acabar con todo.

El primero se lanzó bruscamente, con la contundencia de un hachazo. Su puño iba directo a mi mandíbula, pero reaccioné a tiempo, lo esquivé a un lado y le asesté un codazo en la sien. El cuerpo del rival se tambaleó, pero no dejé que cayera: le hice una zancadilla con la pierna y, solo entonces, cuando se desplomó, lo aplasté contra el suelo y le presioné brutalmente el cuello con la rodilla hasta que oí cómo se le escapaba el aire. No solía rematar a los caídos, y no por piedad, sino porque ya no los consideraba una amenaza; pero esta vez fue distinto...

Salté sobre mis pies, porque el segundo ya avanzaba por la izquierda, blandiendo algo parecido a un palo envuelto en alambre. Tomó impulso, pero yo ya lo esperaba, aunque tenía un asunto pendiente. Sin siquiera mirar al adversario que yacía en el suelo, le pegué un tiro en la cabeza y, apresuradamente, levanté el antebrazo, bloqueando el golpe de aquel palo. Sentí un dolor que me subió hasta el hombro, y acorté la distancia en un instante. Mis dedos se cerraron en torno a su garganta, y no para estrangularlo, sino para inmovilizarlo, para romperle el punto de apoyo. Di un tirón fuerte hacia abajo y le asesté un puñetazo debajo de la mandíbula. Oí el crujido de sus dientes. Y cuando se desplomó, yo ya me estaba girando hacia el siguiente.




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