Michelle.
Llegamos al reino, al fin. Mis piernas ardían y los pies me dolían como si el suelo se negara a soltarme. No estaba acostumbrada a caminar tanto. ¿Por qué nunca hay transporte cuando más se necesita? Todo parecía nuevo y al mismo tiempo demasiado viejo. Como si el lugar hubiera existido antes de que alguien pensara nombrarlo. Las estructuras se alzaban con una dignidad gastada, y aún así queríamos acercarnos, observar cada detalle, como niños en una excursión escolar dentro de un museo que no pedía visitantes.
Mi vista divaga a mi alrededor, las miradas de la gente se quedaban en nosotros más tiempo del necesario; sabían que no éramos de aquí. Lo sentían, presentía que lo hacían. Una de las chicas se acercó demasiado; instintivamente di un paso atrás cuando intento tocarme la mano. «Todo menos eso, gracias» —pensé mientras rodaba mis ojos. Parecíamos extranjeros, incluso para nosotros mismos.
Nos dividimos en cuatro grupos de cuatro: dos chicas y dos chicos. La excusa era abarcar más terreno, aunque nadie tenía claro que estábamos buscando. A mí me tocó con Daniela, Henry, Diego. Caminábamos sin rumbo fijo, crucé los brazos y solté un suspiro cargado de fastidio. Todo esto era absurdo. La voz de Daniela me sacó de mis pensamientos haciendo que me hiciera voltear a verla.
—¿Eh? —es lo único que digo. No le había puesto atención.
—A veces odio que no me pongas atención —respondió, cruzándose de brazos también. Su tono de voz sonaba con molestia.
—Oh, lo siento señorita que me habla cuando ando pensando —dije con sarcasmo, masajeándome el puente de la nariz—. ¿Qué me decías?
Ella se quedó en silencio. Los chicos nos miraban, confundidos. Daniela les lanza una mirada molesta y ellos fingieron interés en cualquier otra cosa que tuvieran cerca de ambos. Negué, se notaba a varios metros que son chismosos. Baje los brazos poniendo mis manos en mis caderas.
—Como decía —continuó—, debemos buscar algo que nos ayude a derrotar al ser que enfrentaremos.
Su entusiasmo contrastaba con el lugar. Henry soltó una risa incrédula de lo que escuchaba.
—No sabemos a qué nos enfrentamos —dijo, molesto—. Ni que buscar.
—ya lo sabremos —comenta Daniela, dudosa.
Comenzaron a discutir. La gente de alrededor volteaban a vernos en sus rostros reflejaba curiosidad y confusión. La incomodidad se volvió espesa.
—¿Chicos? —canturreé—. ¿Chicos?
Nada. Aplaudí fuerte alzando mi voz al llamarlos. No era una persona paciente. Varias personas se sobresaltaron al escuchar nuestro disturbio. Eso bastó para que ambos se callen. Diego se pellizcó el puente de la nariz, resignado. Yo me encogí de hombros como esperando algún agradecimiento de que se detuvieran. Esto era una estupidez. Prefería limpiar baños antes que estar atrapada aquí con desconocidos.
En otro lugar del reino.
El sitio era silencioso y abandonado, el único sonido que rompía aquel silencio ahí era de alguien era el rasgar de un lápiz sobre el papel. Parecía un santuario antiguo, un lugar donde alguna vez se curó o se condenó. Un golpe resonó contra una reja. Luego otro. Un gruñido ahogado se mezcla con un grito que no terminaba de salir. Nadie sabría lo que ocurría ahí adentro. O quizás lo sabían, pero nadie se atrevía a decirlo. Nadie se acercaba después de observar avistamientos celestiales en aquella tierra.
—¡Déjame ir! —gritó la figura encerrada.
Su respiración era irregular. El sudor le recorría la piel. Cuando volvió a exigir su libertad, el lápiz dejo de moverse. La persona al otro lado se levantó con calma y se acerca a la luz, un suspiro sale de sus labios y su mirada se posa en la contraria. Una sonrisa burlona y traviesa se deslumbra cuando está bajo la luz y sus dientes afilados se asoman dando un destello, no reflejaban calidez, incluso parecieron devorarla.
—Oh, ¿Qué sucede? —dijo con una voz quebrada, como si no perteneciera a una sola garganta—. ¿La diosa de la muerte temiéndole a la muerte?
Ríe. La risa rebotó en las paredes. Su voz sonaba en un contraste de un hombre y a la vez como si fuera una transferencia que se cortaba en cada frase que decía.
—¡Qué irónico!
A su alrededor, criaturas enormes esperaban. Con un simple gesto, se acercaron. La diosa retrocede, pero el lugar no era tan grande haciendo que chocará contra la pared. Intento usar su poder, pero nada resultó. Un grito desgarrador llenó el lugar, algo fue inyectado en su cuello; aquella mujer se agarró su cuello retorciéndose de dolor. Sus ojos se tiñeron de un azul oscuro, antinatural. El dolor la dejó sin voz.
Aquello fue tan insoportable, ya no podía soltar algún quejido ni un grito. Cuando se incorporó, temblaba, en su interior algo había cambiado. Se sentía tan diferente, se sentía más poderosa. El poder dentro de ella crecía, ajeno e invasivo.
—Ve a cazarlos —ordenó la voz. Ella sonrió, ya era su turno.
Narrador.
De regreso con los demás.
—¡Oigan, prueben esto! —Kevin llegó con banderillas—, está buenísimo.
En su mirada se notaba feliz de obtener algo de comida y en manos llevaba cuatro banderillas con algunas plantas y algún tipo de carne incrustada. Le da un mordisco. Nadie respondió de inmediato.