Un cuento cristiano
Hace mucho tiempo Dios creo a un dragón. Un guardián del mar. No del mal.
Este dragón tenía como tantos de su especie sus habilidades y debilidades. Ser solitario era su condena. A diferencia de Adán y Eva, el dragón no tenía con quien hacerse compañía. Así este era un ángel que podía convertirse en dragón, era un ser divino. O más bien fue un ángel que por amor a la humanidad tomo la decisión de bajar a la tierra.
No devoraba hombres ni mujeres. Era manso y para aquellos que vivían en la verdad podían hablar con él. Así pasaron miles de miles de años y fue entonces cuando la primera sirena fue cazada por la humanidad.
El dragón de dragónes, porque había muchos salió de las profundas aguas del océano para recorrer la tierra de extremo a extremo. Él debía proteger la creación y fue lo que hizo y haría siempre.
Era mágico y muy enorme, un espíritu de agua color azul que daba tranquilidad a todo aquel que lo invitaba a su vida.
Así cuando toco el turno de las sirenas, si bien la primera había Sido cazada ya y no había nada que hacer, quedaban las demás. A excepción de ella.
Su nombre era perla, la perla del océano. Así la vió él y todo aquel y aquellas sirenas y criaturas que la conocían. Era curiosa, habida de información y aventurera como muy valiente.
La tierra y el mar podían arder y ella seguiría manteniendo la esperanza. El dragón quedó encantado, a menudo la veía desde las profundidades.
El dragón muy triste nunca se le acercaba porque para él su deber era estar solo ¿Como si no sería? Dios le habría dado una compañía para entonces.
La sirena por otro lado no era ciega; ella veía aunque el dragón creyera que no, como este le prestaba atención.
Así que un día bajo a las profundas aguas, a pesar de las advertencias de su familia. El dragón era tan temido como amado y aún así ella solo lo vió desde la lejanía. Todo en él le gritaba que no se acercan a molestar su existencia solitaria y así ella respetando su mirada y su actitud distante se alejo.
El tiempo pasó y un día de tantos cuando el dragón iba a recorrer los mares, la perla muy curiosa y juguetona decidió robarle la atención nadando frente a él.
Ella era consciente de que todo podía salir o muy mal o muy bien. El dragón no demostró nada y ella tampoco espero nada.
Él quedo más fascinado y simplemente nado alrededor de ella con tal de si quiera estar cerca a su figura.
El dragón seguía pensando que su soledad era lo único que tenía, Dios no había hablado con él en siglos y eso a él no le molestaba. Sabía que tenía una razón de ser su silencio además de que siempre sabía muy bien el dragón y cuan sabio era porque él tenía claro que Dios siempre estaba con él.
Hasta que un día una tragedia paso. Los humanos, tanto hombres como mujeres vivían de la caza de sirenas. En uno de los viajes y barcos muchos, capturaron a una sirena, amiga y familia de la perla.
La perla sin dudar salto por encima del barco para atrapar a los tripulantes con su encanto y darle la oportunidad de escapar a la otra sirena.
Fue herida. La sirena que la acompañaba y que estaba a salvo gracias al sacrificio de la perla, grito por ayuda. Su familia acudió y por alguna razón el dragón tuvo la sensación de que debía ir a ver a la Sirena.
Porque ella era de muchas, la única que provocaba esa sensación tan avasallante y perfecta en él. Vaya sorpresa se dió cuando encontró a su familia alrededor de su cuerpo casi inerte.
El la rodeo con su cuerpo, los demás, familia y amigas, amigos observando desde lo lejos cuando y como el dragón la envolvía con suma delicadeza como el tesoro más preciado.
Toda criatura es sagrada. Toda criatura es de Dios y ella como tantas padecía de tales cualidades, sin embargo había una conexión especial entre ambos y eso era inevitable e inegable.
Solo había una forma de salvarla y era llevandola a tierra. Todos lo sabían. La arena curaría la herida y aún así era demasiado peligroso que alguno de su familia lo hiciera. Tenía que hacerlo el dragón. Y así fué.
El dragón la llevo a la orilla. Un destello broto del cuerpo de la sirena y en segundos el dragón se transformo en humano. No cualquiera se transformaba. Dios daba aquel don aquellas criaturas que tenían un propósito en tierra y aunque las sirenas podían cometer tal acto, por temor no lo hacían.
Estaban a medio camino de la orilla cuando aquel escenario se dió. El dragón con la sirena en brazos salió a la costa.
Fue entonces cuando la sirena se convirtió en ninfa y el dragón quedó prendido y ligado por la eternidad a ella.
Se dice que el dragón fue conocido después como leviatán y que la sirena en tierra se quedó. Y que entre muchas versiones unas son más oscuras que otras, pero en todas la devoción, el cariño y el amor que tenían el dragón y la sirena era el mismo. Un amor real, sacro y celestial.
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Editado: 05.03.2026