Hay personas que recuerdan su adolescencia por las notas que sacaban, por los campeonatos que ganaron o por las travesuras que hicieron en el colegio.
Yo no.
Si hoy me preguntaran qué fue lo que marcó mis dieciséis años, no hablaría de exámenes, ni de profesores, ni de tareas. Hablaría de personas. Porque, aunque en ese momento no lo entendía, fueron ellas las que terminaron cambiando mi forma de ver el mundo.
Pero esa historia todavía no comienza.
Primero tengo que hablarles de quién era yo antes de que todo cambiara.
Mi nombre es Alejandro.
En 2024 tenía dieciséis años y estudiaba cuarto de secundaria en un colegio de Los Olivos. No era el más inteligente del salón; de hecho, sobrevivía más por copiar los apuntes de mis amigos que por prestar atención a las clases. Si me preguntaban una fórmula de matemática, probablemente no la sabía. Pero si me preguntaban a qué hora era la pichanga después de clases, podía responder sin mirar el reloj.
Siempre fui un chico común.
Ni el más popular.
Ni el más callado.
Ni el más gracioso.
Solo... Alejandro.
Un chico medio gordito que disfrutaba escuchar música mientras caminaba a casa, que soñaba con ser futbolista profesional y que, aunque nunca lo admitiera frente a los demás, tenía miedo de quedarse solo.
El timbre de las siete y media sonó como todos los lunes.
Los pasillos comenzaron a llenarse de alumnos corriendo para llegar antes que los profesores. Algunos terminaban la tarea apoyados en la pared, otros discutían porque alguien había escondido una mochila y unos cuantos simplemente caminaban como si el mundo no tuviera prisa.
-¡Alejandro! -escuché una voz detrás de mí.
No hacía falta voltear para saber quién era.
-¿Qué fue, Alexis?
-¿Trajiste el trabajo de Comunicación?
Lo miré unos segundos.
Después sonreí.
-¿Tú crees que si lo hubiera hecho estaría llegando con esta tranquilidad?
Alexis soltó una carcajada.
-Sabía que ibas a decir eso.
Entramos al salón mientras seguíamos riéndonos.
Nuestro salón nunca fue el más unido del colegio, pero tampoco era un desastre. Había grupos, como en cualquier aula. Los que solo hablaban entre ellos, los que se creían populares, los que preferían quedarse callados y, por supuesto, nosotros.
Mi grupo estaba formado por cinco personas que, sin saberlo, terminarían convirtiéndose en una parte importante de mi vida.
Alexis era el mejor jugando fútbol. Siempre decía que algún día iba a llegar a primera división y, siendo sincero, era el único al que realmente le veía posibilidades. Era competitivo hasta para decidir quién compraba las gaseosas después de una pichanga.
César era completamente diferente. Si el profesor dejaba una tarea para la semana siguiente, él ya la tenía lista ese mismo día. Aun así, era de los que más hacía reír al salón. Tenía esa habilidad de decir cualquier tontería con tanta seriedad que todos terminábamos riéndonos.
Luego estaba Piero.
Si alguno tenía un problema, iba donde él.
No porque fuera el mayor.
Ni porque fuera el más inteligente.
Simplemente sabía escuchar.
Y cuando hablaba, era difícil no prestarle atención.
Luis...
Bueno.
Luis era Luis.
Era imposible aburrirse cuando estaba cerca, aunque la mitad de las veces fuera porque preguntaba cosas que nadie más preguntaría.
-Oe, una duda.
-¿Qué pasó? -preguntó César.
-Si una vaca sube un cerro... ¿sigue siendo una vaca o ya es una cabra?
El salón entero estalló en carcajadas.
-Mano... -dije mientras me agarraba la cabeza-. Tú sí naciste para hacer reír sin darte cuenta.
Hasta el profesor que acababa de entrar soltó una sonrisa.
Y finalmente estaba Kevin.
Era impulsivo.
Mucho.
Si alguien buscaba problemas con alguno del grupo, Kevin ya estaba dispuesto a responder antes de escuchar toda la historia.
Pero si había algo que todos sabíamos, era que jamás dejaría solo a un amigo.
-Buenos días, jóvenes -saludó el profesor apenas entró al salón.
Todos respondimos casi al mismo tiempo.
Bueno...
Todos menos Luis, que seguía intentando convencer a Alexis de que su teoría sobre la vaca tenía sentido.
-Luis.
-¿Sí, profesor?
-¿Ya terminó su investigación científica?
Todo el salón volvió a reír.
Y así eran casi todos nuestros días.
Entre tareas olvidadas.
Bromas tontas.
Partidos de fútbol planeados para la salida.
Y profesores intentando que prestáramos atención durante más de cinco minutos.
A simple vista, cualquiera habría pensado que yo era feliz.
Y quizá tenían razón.
Porque sí sonreía.
Sí salía con mis amigos.
Sí iba a fiestas cuando tenía la oportunidad.
Me gustaba vivir el momento.
Pero había una parte de mi vida que muy pocos conocían.
Cuando sonaba el timbre de salida y todos se iban hablando con sus familias, yo caminaba hasta mi casa con los audífonos puestos.
La música siempre lograba llenar ese silencio que me esperaba al abrir la puerta.
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autobiografa, basado en la vida real, romance joven enamorado
Editado: 07.08.2026