"A veces, mientras una puerta empieza a cerrarse, otra se abre sin que nos demos cuenta."
Abrí los ojos de golpe. El corazón me latía rápido y sentí esa sensación de vacío en el estómago que solo te da cuando sabes que hiciste algo mal. Miré hacia la ventana y vi que el sol ya estaba alto. Demasiado alto para ser temprano. Agarré mi celular, que estaba tirado debajo de la almohada.
7:50 a.m.
Alejandro: No... otra vez no.
Me levanté de la cama de un salto. Esta vez mi mamá ni siquiera me había llamado, probablemente pensó que ya me había ido o tal vez se cansó de intentar despertarme por tercera vez. Me puse el uniforme a la velocidad de la luz, ni siquiera me peiné bien y metí los cuadernos a la mochila sin mirar qué tocaba hoy. Todo era un desastre de nuevo. Mientras corría hacia la puerta de mi casa, mi mente viajó a la noche anterior.
A la madrugada, mejor dicho.
Kaira.
Otra vez nos habíamos quedado hablando. Habíamos dicho "buenas noches" a las doce, pero esa despedida se alargó. Una hora. Dos horas. Y cuando me di cuenta, ya eran casi las tres de la mañana. Pero en el momento no me importó el sueño, no me importó el colegio; solo me importaba seguir leyendo sus mensajes.
Salí de mi casa casi volando y corrí con todas mis fuerzas hacia el colegio Juan Escandor. Cuando llegué a la puerta principal, ya estaba cerrada. El auxiliar me miró desde el otro lado de la reja mientras yo respiraba agitado, intentando recuperar el aire.
Auxiliar: Otra vez tarde, Alejandro.
Alejandro: Disculpe, de verdad. Se me hizo tarde.
Auxiliar: Es la segunda vez en la semana. Pase, pero tiene tardanza.
Entré sintiéndome el peor estudiante del mundo. Caminé por el patio vacío en completo silencio hasta llegar a la puerta de mi salón. Respiré hondo y toqué. El profesor de Historia me miró con cara de pocos amigos.
Profesor: Pasa, Alejandro. Y que sea la última vez.
Alejandro: Sí, profesor. Buenos días.
Caminé rápido hacia mi sitio en la parte de atrás, intentando hacer el menor ruido posible para no llamar la atención. Pero con mis amigos ahí...
Eso nunca funcionaba.
Apenas dejé mi mochila en el piso, sentí que alguien me empujaba el hombro. Era Kevin, y tenía esa sonrisa que ponía cuando estaba a punto de molestar.
Kevin: Oe, bella durmiente.
Alejandro: Cállate.
Luis: Segunda vez en la semana, mano?. JAJAJA
Alejandro: Me quedé dormido, nada más.
Alexis, que estaba sentado al lado, me miró fijamente. Él siempre era el que se daba cuenta de las cosas, el que observaba más que los demás.
Alexis: Tú no te quedas dormido por estudiar.
Alejandro: Sí lo hice.
Alexis: Tienes unas ojeras horribles.
Kevin: Este está hablando con alguien.
Sentí que la sangre se me subía a la cara. Traté de mirar la pizarra y fingir que copiaba lo que estaba escrito.
Alejandro: No estoy hablando con nadie.
Luis: Mentira.
Alejandro: Es verdad.
Kevin: A ver, dame tu celular.
Alejandro: No te voy a dar mi celular, estás loco.
Luis: ¡Lo sabía!
Todos empezaron a reírse por lo bajo. El profesor volteó y automáticamente todos nos pusimos serios, mirando los cuadernos. Pero apenas el profesor volvió a escribir en la pizarra, siguieron. César, que estaba un poco más atrás, me tiró un pedazo de borrador en la cabeza.
César: ¿Quién es la afortunada?
Alejandro: Nadie.
Kevin: Dale, cuenta. No le decimos a nadie.
Alejandro: Que no hay nadie, pesados. Déjenme copiar.
Piero: Está raro. Igual que ayer.
Luis: Confirmado. Alejandro nos está ocultando algo.
Intenté ignorarlos. De verdad lo intenté. Pero era imposible no sonreír un poco por más molestosos que fueran. Así éramos, esa era nuestra forma de ser amigos. Las primeras horas de clase pasaron así, entre explicaciones aburridas, bromas por lo bajo y ellos intentando adivinar con quién hablaba. Yo negaba todo.
Aunque en el fondo sabía que tenían razón.
Algo estaba cambiando en mí.
Y la culpa la tenía una chica que vivía en La Ensenada y a la que le gustaba estudiar mucho.
Finalmente sonó el timbre. El sonido que todos estábamos esperando. No era el recreo.
Era algo mucho mejor.
Quinta y sexta hora. Educación Física.
Alexis: Por fin. Kevin: Hoy toca destrozarlos en la cancha. César: Ayer ni la tocaste. Kevin: Cállate, hoy es mi día.
Todos se levantaron casi de un salto. El ambiente en el salón cambió por completo y la flojera desapareció. Yo también guardé mis cosas; me sentía cansado por la mala noche, pero sabía que un partido con ellos me iba a despertar.
Pensé que iba a ser una clase normal, un partido cualquiera entre nosotros.
Pero me equivocaba.
Ese día, las cosas iban a dar un giro que nunca imaginé.
Salimos del salón en mancha, empujándonos y riéndonos por cualquier estupidez en las escaleras. El camino hacia la parte trasera del colegio siempre se sentía como un escape de la realidad de las aulas. Cruzamos el patio principal hasta llegar a la zona deportiva. Nuestra cancha de grass sintético estaba ahí, con los arcos bien puestos, la malla blanca impecable y las líneas blancas pintadas en el suelo que delimitaban el campo. No era un campo profesional, claro que no, pero para nosotros era nuestro propio estadio cada vez que tocaba Educación Física. El sol ya estaba fuerte, pegando directo sobre el grass artificial y levantando ese ligero calor característico del mediodía.
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autobiografa, basado en la vida real, romance joven enamorado
Editado: 07.08.2026