"A veces, cuando todo parece estar tranquilo, es cuando más ruido hacen nuestros propios pensamientos."
Domingo.
Abrí los ojos lentamente y durante unos segundos no entendí dónde estaba. Me quedé mirando el techo de mi habitación, todavía medio dormido, mientras intentaba recordar qué día era. No escuchaba el ruido de los carros pasando por la calle, ni a mi mamá moviéndose de un lado para otro, ni mucho menos su voz gritándome desde el primer piso para que me levantara porque llegaría tarde al colegio.
Nada.
Solo silencio.
Giré la cabeza hacia la mesa de noche y busqué mi celular a tientas. Lo encontré debajo de una de las almohadas y encendí la pantalla.
10:41 a.m.
Alejandro: Domingo...
Solté un pequeño suspiro y dejé caer nuevamente la cabeza sobre la almohada. Después de todo lo que había pasado el sábado, mi cuerpo todavía sentía el cansancio. Había corrido como si estuviera escapando de alguien, había llegado tarde al punto donde debía encontrarme con Leandro, después había seguido corriendo hasta la cancha y, cuando finalmente llegué, había terminado jugando varios partidos como arquero. Y para rematar el día, Alexis había aparecido en mi casa para jugar PES conmigo.
Había sido un día completamente diferente a los demás.
Pero ahora era domingo.
No tenía colegio.
No tenía que levantarme temprano.
No tenía ningún partido.
No tenía nada que hacer.
O al menos eso creía.
Agarré nuevamente el celular. Por alguna razón, antes de hacer cualquier otra cosa, abrí Messenger. No tuve que buscar demasiado. Su nombre seguía ahí.
Kaira.
Entré al chat.
Nada.
La última conversación seguía siendo la misma. Me quedé mirando la pantalla unos segundos, esperando tontamente que apareciera algún mensaje nuevo. Sabía perfectamente que no iba a aparecer de la nada, pero aun así seguí mirando.
Actualicé la conversación.
Nada.
Volví a actualizar.
Nada.
Alejandro: Ya, tranquilo.
Bloqueé el celular y lo dejé a un lado. No quería empezar el domingo así.
Me levanté de la cama, abrí las cortinas y dejé que la luz entrara de golpe en mi habitación. El sol estaba fuerte y tuve que entrecerrar los ojos. Miré mi cuarto. La ropa del día anterior todavía estaba tirada en una esquina, la mochila estaba apoyada junto al escritorio y mis zapatillas deportivas seguían llenas de polvo y un poco de grass artificial del partido.
Me agaché para recogerlas y las miré durante unos segundos. Sin querer, volví a pensar en el sábado. En el momento en que Leandro me dijo que confiaba en mí. En las primeras pelotas que no pude alcanzar. En aquella atajada al ángulo. En los gritos de los demás. En cómo todos habían terminado dándome la mano.
Era extraño.
Hasta hacía unos días sentía que no destacaba en absolutamente nada. Y ahora había un grupo de chicos que me había agregado a un grupo de WhatsApp porque querían seguir jugando conmigo.
Quizá el sábado no había sido simplemente un partido.
Quizá había encontrado algo que llevaba mucho tiempo buscando sin saberlo.
Me puse ropa cómoda y bajé a la cocina. Mi mamá ya estaba despierta y estaba preparando algunas cosas para el desayuno.
Rocío: Buenos días, hijo.
Alejandro: Buenos días, ma.
Rocío: ¿Dormiste bien?
Alejandro: Sí. Aunque todavía estoy cansado.
Rocío: Normal. Ayer llegaste tarde y después te pusiste a jugar con Alexis.
Alejandro: ¿Cómo sabes que vino Alexis?
Rocío: Porque lo vi entrar, Alejandro. No soy invisible.
Me reí un poco.
Alejandro: Ah, verdad.
Rocío: Siéntate. Ya casi está el desayuno.
Me senté en la mesa y apoyé los brazos mientras esperaba. Mi mamá siguió preparando la comida y durante unos segundos ninguno de los dos dijo nada. No era un silencio incómodo, pero sí uno de esos silencios que últimamente se habían vuelto bastante comunes en nuestra casa.
La miré de reojo.
No sabía por qué, pero desde aquella conversación que habíamos tenido días atrás en mi habitación sentía que algo había cambiado. No era algo enorme. No era como si de repente nuestra relación fuera perfecta. Simplemente sentía que ahora podía hablar un poco más con ella.
Rocío: ¿Y?
Alejandro: ¿Y qué?
Rocío: ¿Cómo te fue ayer? De verdad.
Alejandro: Bien.
Rocío: Eso ya me lo dijiste. Quiero saber si te gustó.
Sonreí.
Alejandro: Sí, ma. Me gustó bastante.
Rocío: ¿Tanto así?
Alejandro: Sí. Creo que... creo que encontré algo que se me da bien.
Rocío: ¿El arco?
Alejandro: Sí.
Rocío: ¿Y quién te dijo que eres bueno?
Alejandro: Un chico de quinto. Se llama Leandro. Él fue quien me invitó a jugar.
Rocío: ¿Y qué te dijo?
Alejandro: Que tenía buenos reflejos. Que me faltaba aprender, pero que tenía talento.
Mi mamá dejó por un momento lo que estaba haciendo y me miró.
Rocío: ¿Y tú qué piensas?
Me quedé pensando.
Alejandro: No sé. Nunca me había visto de esa forma.
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autobiografa, basado en la vida real, romance joven enamorado
Editado: 23.08.2026