La ciudad nocturna yacía bajo el ala.
Una cuadrícula de luces. Líneas blancas que marcaban las avenidas. Puntos amarillos en las intersecciones. Hilos rojos de luces traseras en las autopistas. Cada destello era intenso y preciso. El cristal le helaba los dedos. Dayaram Ramamoorty apoyó la frente contra el vidrio. La máscara de oxígeno colgaba sobre él de una manguera amarilla. El pestillo de plástico le rozaba la sien.
El agua de abajo era negra.
Llenaba el espacio entre las luces. Una larga extensión de cristal oscuro. Los labios de Dayaram estaban secos. Se pasó la lengua por el labio inferior y sintió el sabor a sal. La piel de sus dedos estaba suave por la humedad de Madrás, pero aquí, junto al cristal, el aire era seco. Olía a ozono y a metal.
La cabina emitía un zumbido sordo.
Las paredes eran grises. Paneles de plástico con una textura de malla fina. La luz del pasillo era anaranjada pero tenue. Las sombras de los compartimentos superiores se proyectaban sobre los asientos. El asiento a su izquierda estaba vacío. Vio la tapicería gris con la tela desgastada y la abolladura de otro cuerpo. El cinturón de seguridad yacía sobre el asiento, su hebilla metálica reflejaba la luz.
El zumbido del motor cambió.
El sonido se hizo más profundo. No más agudo, sino más profundo. La vibración se transmitía a través del suelo, del reposabrazos, de su columna vertebral. Dayaram se aferró al reposabrazos. El plástico estaba caliente por el contacto con su palma. En el portavasos había un vaso vacío. En el fondo del vaso había un anillo marrón.
Una voz provino de detrás del asiento a su derecha.
—Tres mil por el boleto. Tres mil.
Era un hombre. Su voz era ronca, áspera. Las palabras salían pesadas, como piedras.
—Comisiones. Las comisiones se comieron otros setecientos.
La segunda voz era más aguda. De mujer. Con un timbre metálico al final de cada frase.
—El año pasado era más barato. Cuatrocientos dólares más barato.
Dayaram miró el agua negra. Se acercaba. En ella se reflejaban luces amarillas, pero los reflejos eran largos y borrosos.
El sonido del motor se elevó. Un agudo y quejumbroso sonido rompió el zumbido. Dayaram sintió que su estómago se encogía. El peso abandonó sus piernas. El avión viró a la izquierda. El ala se elevó y las luces de la ciudad desaparecieron de la vista. Solo quedaba el agua. Y la luz roja en la punta del ala, parpadeando cada dos segundos. Destello. Oscuridad. Destello.
La luz roja cayó sobre el rostro de Dayaram. Sobre sus pómulos. Sobre el puente de su nariz. Parpadeó una vez. Sus pestañas eran negras contra el rojo.
El agua estaba cerca. Vio ondulaciones. Pequeñas crestas blancas sobre la superficie oscura. El viento dibujaba líneas en el agua.
Los motores rugieron.
El estruendo le oprimía el pecho. La vibración se convirtió en escalofrío. El cristal de la ventana vibraba con el metal. Dayaram oyó el vaso vacío traquetear en el soporte. Rebotó contra el plástico. Lo cubrió con la palma de la mano. El fondo del vaso estaba frío.
Una azafata caminaba por el pasillo.
Llevaba un uniforme azul. La tela le ceñía los hombros. En sus manos sostenía una bandeja metálica. La bandeja era larga, con bordes elevados. Sobre ella había vasos. De cristal fino. Cada vaso contenía agua. El nivel del agua era el mismo en todos los vasos. Llenos hasta el borde.
Ella pasó junto a su fila. El aroma del perfume le llegó a la nariz. Una mezcla de cítricos y algo sintético. Sus tacones resonaban en el suelo. Ritmos apagados y rápidos.
Se detuvo en el asiento que estaba al otro lado del pasillo.
—¿Agua?—
Su voz era baja. Sin inflexión. Extendió la bandeja hacia el pasajero.
Dayaram miró su muñeca. Un reloj con correa plateada. La correa se movía cada vez que inclinaba la bandeja. Un vaso tembló. El agua se balanceó, pero no se derramó.
El pasajero tomó el vaso. Una mano grande con dedos gruesos. La piel era roja y con venas marcadas.
—Gracias.
La azafata asintió. Una sola vez. Directo y firme.
Ella siguió adelante. La bandeja se balanceó. Dayaram la vio alejarse. Pliegues en la tela azul. Un cinturón con hebilla.
El avión se estabilizó. El ala volvió a quedar plana. La ciudad apareció en la ventanilla. Más cerca. Mucho más cerca.
Dayaram podía ver edificios individuales. Rectángulos de luz. Ventanas. Miles de ventanas. En algunas, las luces brillaban. En otras, vacíos oscuros. Un edificio era negro, sin una sola luz. Su cristal reflejaba la luz de otro edificio. El cristal era liso.
El zumbido del motor se suavizó. Rítmico. Graves profundos, luego una pausa, luego más graves.
Un letrero blanco se iluminó sobre el pasillo.
Las letras eran rojas. — ABÓTESE EL CINTURÓN DE SEGURIDAD. Debajo de las letras parpadeaba una luz roja. La luz era intensa. Iluminaba de rojo el plástico gris.
Dayaram se desabrochó el cinturón.
Sus dedos encontraron la hebilla metálica. Estaba caliente por el calor de su cuerpo. Presionó la palanca con el pulgar. El metal hizo clic. El cinturón se deslizó sobre su estómago. La tela del cinturón era rígida, con los bordes enrollados. Dobló el cinturón y lo colocó sobre el asiento. La hebilla quedó sobre la tapicería gris.
La presión en sus oídos aumentó.
El sonido se volvió amortiguado. Su propia respiración se hizo más fuerte. Escuchó cómo el aire entraba por sus fosas nasales y salía. Un silbido al inhalar.
Cerró la boca.
La saliva se acumuló bajo su lengua. Cálida y líquida. Tragó. Sintió un espasmo en la garganta. Su nuez de Adán subió y bajó. Algo chasqueó en sus oídos. Un chasquido seco y tenue en su cabeza. La presión no desapareció. Permaneció.
Abrió la boca. Respiró hondo. Volvió a tragar.
Sus dedos descansaban sobre el reposabrazos. Su pulgar encontró la hendidura. El plástico estaba liso por el uso constante.
Editado: 15.08.2026