Dayaram estaba de pie en la acera.
El asfalto se extendía en ambas direcciones. Gris. Agrietado. La hierba crecía en las grietas. Seca. Amarilla. Sobresalía en mechones.
Una fila de taxis se encontraba estacionada junto a la acera.
Los coches eran amarillos. Brillantes. La pintura relucía bajo la luz de las farolas. Las ventanas eran oscuras. Dentro, una luz tenue brillaba. Naranja. Había una luz en cada coche. Encima del salpicadero.
El primer coche estaba justo delante de él.
El capó era largo. La luz lo iluminaba. La pintura amarilla reflejaba las luces. Los reflejos blancos se deslizaban sobre el metal. La puerta del conductor estaba abierta. Un hombre estaba sentado dentro.
La gorra era azul. La tela era gruesa. Los bordes de la visera eran rígidos. La visera sobresalía por encima de su frente. La sombra caía sobre sus ojos.
Caminó hacia la puerta trasera.
La manija era de metal. Cromada. La agarró. Sus dedos se cerraron alrededor del frío metal. Tiró. La puerta se abrió. Un clic metálico.
Colocó la caja sobre el asiento.
La madera tocaba la tela. La tela era negra. Afelpada. La caja presionaba contra el asiento. Las correas se deslizaban sobre la superficie.
Se sentó.
Su espalda tocó el respaldo del asiento. La tela era suave. Tenía un olor. A tabaco. Y algo sintético. A ambientador. Dulce. Persistente.
Cerró la puerta.
Metal contra metal. El sonido fue sólido. Atravesó el chasis. Dentro de la cabina, el ruido disminuyó. El ruido de la calle se amortiguó.
El conductor giró la cabeza.
El rostro estaba de perfil. Los pómulos resaltaban. La piel era oscura. El cabello era negro. Sobresalía por debajo de la gorra. Tenía canas en las sienes. Mechones blancos.
Puso la mano sobre la llave de contacto.
La llave era de metal. Con una cabeza de plástico negro. Cerró los dedos alrededor de la cabeza. La giró. El metal hizo clic dentro de la cerradura.
El motor arrancó.
La vibración se transmitió por el suelo. Un zumbido sordo. El metal del marco vibró. Las ventanas resonaron. Un sonido agudo y tenue.
El conductor pisó el pedal.
El zumbido se hizo más profundo. La vibración aumentó. Dayaram la sintió a través del asiento. A través de su columna vertebral. A través de sus manos que descansaban sobre sus rodillas.
El coche se movió.
Una sacudida recorrió el marco. El cuerpo de Dayaram se balanceó hacia atrás. Su espalda se presionó contra el asiento. La caja se movió. La madera golpeó contra el plástico del panel de la puerta. Un golpe sordo.
El volante giró a la izquierda.
El aro metálico pasó entre las palmas del conductor. Sus dedos se aferraron a la superficie de goma. Sus manos se movieron con suavidad. Lentamente.
El coche se apartó de la acera.
Las ruedas pasaron por encima del bordillo. Un bache. La suspensión se balanceó. Los neumáticos tocaron el asfalto. El motor se aceleró. El zumbido se hizo más agudo.
En el espejo retrovisor se veía el rostro del conductor.
Tenía la mirada fija en la carretera. La luz del salpicadero caía sobre ellos. Verde. Firme. La piel era aceitosa. Brillaba bajo la luz.
Detrás del conductor había cristales.
La ventana trasera. Oscura. En ella se reflejaba el edificio de la terminal. Puertas de cristal. Blancas. Correderas. Estaban cerradas. La luz venía del interior. Un rectángulo blanco.
Frente a las puertas se encontraba una figura.
Negro. Inmóvil. El traje era oscuro. La tela no reflejaba la luz. Los brazos colgaban a los lados del cuerpo. El rostro estaba en la sombra. Solo se veía el contorno. Hombros. Cabeza. Postura erguida.
La figura permanecía junto al cristal.
La distancia aumentó. El coche avanzó. La figura se hizo más pequeña. Primero del tamaño de un puño. Luego del de una moneda. Luego de un punto.
Dayaram se miró en el espejo.
El espejo era pequeño. Rectangular. En él se reflejaban las luces traseras. Luces rojas que volvían. Y una figura negra. Permanecía en el mismo lugar.
El coche giró.
La terminal desapareció de la vista. El cristal dejaba ver una pared. Gris. De hormigón. Tenía ventanas. Oscuras. Sin luz.
El espejo ahora mostraba otro coche.
Blanco. Con luces traseras rojas. Estaba detrás de ellos. La distancia era grande. Las luces eran pequeñas. Dos puntos rojos.
El conductor habló.
Su voz era baja. Rojiza. Las palabras salían entrecortadas. No giró la cabeza. Tenía la mirada fija en la carretera. En el espejo retrovisor miró a Dayaram.
—¿Es tu primera vez en Nueva York?—
Sus manos estaban planas sobre el volante. Los dedos se aferraban al borde. Los nudillos estaban oscuros. Arrugados.
Dayaram dijo:
—Sí.
Su voz salió corta. Seca. Se miró en el espejo. A los ojos del conductor. En el espejo estaban negros. Sin pupilas.
El conductor asintió.
La visera de la gorra se balanceó. La sombra cambió. La luz cayó sobre su frente. La piel era porosa. Tenía poros. Grandes. Oscuros.
—Mira por la ventana. A la izquierda. Ahí habrá un puente.
Levantó la mano izquierda. Con la palma abierta. Señaló el cristal. El gesto fue breve. La mano volvió a posarse sobre el volante.
Dayaram giró la cabeza.
El cristal estaba a la izquierda. Oscuro. Vio su propio reflejo. Vago. Entonces el coche salió de debajo de la luz. El cristal se volvió transparente.
Fuera de la ventana había una autopista.
Una carretera ancha. Hormigón gris. Marcas de carril blancas. Se extendían a lo ancho de toda la carretera. Líneas discontinuas. Una continua. Amarilla.
Los coches circulaban por los carriles adyacentes.
Uno era rojo. Bajo. Deportivo. Sus faros emitían una luz blanca. Otro era azul. Alto. Un camión. Con letras blancas en el lateral. No las leyó.
Delante había un puente.
Una estructura metálica. Oscura. El acero cruzaba el cielo. Vigas horizontales. Pilares verticales. Se erguían en el agua. En el río. El agua era negra. Las luces se reflejaban en ella.
Editado: 15.08.2026