Caminó hacia el este por la Calle Cuarenta y Cuatro. Las fachadas de ladrillo se sucedían una tras otra. En una había letras blancas pintadas con plantilla: —CARNICERÍA. Las letras se estaban descascarando y se veía el óxido. En otra había un letrero verde con la imagen de una hamburguesa. La pintura estaba agrietada y a través de las grietas se veía el metal gris. Pasó junto a un callejón. En el callejón había cubos de basura. Sus tapas estaban levantadas y de ellos salía el olor a verduras podridas y papel mojado. La luz entraba en el callejón en ángulo y las sombras de las escaleras de incendios se proyectaban sobre el asfalto en franjas negras.
Giró a la izquierda. La calle se llamaba Novena Avenida. Era más ancha y el tráfico fluía en ambas direcciones en un flujo constante. Un autobús con franjas amarillas estaba parado junto a la acera con las puertas abiertas. La gente bajaba y sus zapatos resonaban en el asfalto. Un hombre llevaba una bolsa de papel marrón y apretaba el borde superior con los dedos. Otra mujer llevaba a un niño de la mano, y el niño llevaba un globo rojo atado a la muñeca. El globo se balanceaba con el viento y la cuerda se tensaba y se aflojaba.
Caminó hacia el sur. Su pie izquierdo pisó la acera y el derecho lo siguió. La acera era de hormigón, con grietas y agua estancada en ellas. Rodeó un charco. Sus zapatos pisaron tierra seca y siguió caminando. Los edificios a ambos lados de la calle eran altos. Sus fachadas eran de ladrillo rojo y tenían ventanas. Las ventanas estaban abiertas y se oían voces a través de ellas. Una voz decía algo rápido y cortante, pero las palabras eran ininteligibles. Otra voz reía, pero la risa era breve y entrecortada. Pasó junto al escaparate de una tienda. Dentro del escaparate había maniquíes. Llevaban vestidos de tela azul brillante. La luz caía sobre el cristal y los reflejos de los coches pasaban por la superficie y desaparecían.
A las 3:15 llegó a la esquina. Allí había un semáforo con la luz roja fija. Los coches se detenían y sus motores zumbaban. Un coche era amarillo con letras negras en el lateral. Esperó a que cambiara el semáforo. Sus pies estaban sobre el cemento y sus brazos colgaban a los lados. El semáforo se puso en verde. Cruzó la calle. Sus pasos eran firmes y sus zapatos repiqueteaban sobre el asfalto. Llegó al otro lado y siguió caminando hacia el sur.
El sonido venía del sur. Era bajo y vibrante, y atravesaba el aire y le tocaba el pecho. El sonido era continuo, subía y bajaba. Era como una voz, pero la voz no tenía palabras. Salía de un tubo de metal, curvo y con el extremo acampanado. Tenía válvulas que brillaban a la luz. Un hombre sostenía el tubo en sus manos. Sus dedos se posaban sobre las válvulas y sus labios tocaban la boquilla. Sus mejillas se hinchaban y se desinflaban. Su rostro estaba negro y cubierto de sudor. Gotas de sudor le corrían por las sienes y caían sobre su cuello. Su camisa era blanca y tenía manchas. Sus pantalones eran oscuros y estaban sucios a la altura de las rodillas. Estaba de pie en la acera con los pies separados a la anchura de los hombros. Delante de él, sobre el asfalto, había una caja abierta. Dentro había monedas y billetes. Las monedas brillaban y los billetes estaban doblados. El viento soplaba del oeste y traía consigo el olor a gases de escape y hormigón mojado, que se mezclaba con el olor a sudor y metal que emanaba del músico.
Dayaram aminoró el paso. Apoyó el pie izquierdo en el cemento y el derecho se detuvo a su lado. Se quedó junto a la pared de ladrillos del edificio. La pared era roja y de superficie rugosa. Tenía restos de grafiti, con líneas azules y verdes que se entrelazaban. Apoyó la espalda contra la pared. Sus omóplatos rozaron los ladrillos y sintió su frío a través de la tela de su chaqueta. Tenía los brazos colgando a los lados y los dedos rectos. Observaba al músico.
El músico tocaba. Sus dedos se movían sobre las válvulas y sus labios se tensaban y relajaban. El sonido salía del tubo, agudo y nítido. El sonido subía y bajaba, y se curvaba en el aire como una corriente de agua. Tocaba las paredes de los edificios y volvía. Llenaba el espacio entre los coches. El músico cerró los ojos. Bajó los párpados y se le veían las pestañas. Inclinaba la cabeza a derecha e izquierda al ritmo del sonido. Sus hombros subían y bajaban. Presionaba las válvulas con los dedos y expulsaba el aire de sus pulmones. Su pecho se elevaba al inhalar y descendía al exhalar por el tubo.
Alrededor del músico había gente. Eran doce. Estaban de pie en semicírculo, muy juntos. Un hombre era el más cercano. Era alto, de pelo negro y corto. Su corte de pelo era uniforme y le caía liso. Tenía el rostro ancho y los ojos azules y grandes. Una sonrisa, franca y afable, formaba una sonrisa con los labios apretados. Tenía la barbilla redonda y barba incipiente. Vestía una camisa azul de manga corta y los brazos cruzados sobre el pecho. Sus dedos descansaban sobre las mangas y tenía las uñas cortas. Permanecía inmóvil, con la cabeza ligeramente inclinada hacia el músico. No parpadeaba.
A su lado estaba una mujer. Su cabello era rubio y corto, y le llegaba hasta las orejas. Su rostro era delgado y tenía manchas rosadas en las mejillas. Sus labios estaban apretados y las comisuras curvadas hacia arriba. Su sonrisa era tensa y los músculos de sus pómulos se contraían y relajaban. En sus manos sostenía un bolso. El bolso era de cuero marrón y su correa colgaba de su hombro. Sus dedos sujetaban el asa del bolso y sus nudillos estaban blancos. Observaba al músico y sus ojos seguían sus dedos mientras presionaban las válvulas. Tenía las piernas juntas y las rodillas tocándose.
Frente a ellos estaba una niña. Era pequeña. No le llegaba a la cintura al hombre. Su cabello era negro y largo. Le caía sobre los hombros y le llegaba hasta los codos. Era liso y brillaba con la luz. Llevaba una camiseta. La camiseta era roja con rayas blancas. Las rayas eran anchas y horizontales. Las mangas eran cortas y dejaban sus brazos al descubierto. Sus brazos eran delgados y se le marcaban las venas. Llevaba pantalones cortos. Los pantalones cortos eran blancos y de algodón. Le llegaban hasta las rodillas y tenían los bordes rectos. En sus pies llevaba sandalias. Las sandalias eran blancas con tiras. Las tiras se cruzaban sobre sus pies y se sujetaban con hebillas. Se le veían los dedos de los pies, que estaban bien pintados.
Editado: 15.08.2026