2. Oscuros: El poder del olvido

1. El sueño

Janette Mitchell caminaba de un lado a otro en el vestíbulo de la Academia, sus pasos resonando contra el mármol frío antes de enfrentarse a las grandes escaleras de madera tallada. Afuera, el cielo parecía haberse roto; la lluvia caía a cántaros, transformando el paisaje en un borrón grisáceo donde los truenos retumbaban como cañonazos y los relámpagos iluminaban, con fogonazos de un blanco quirúrgico, la soledad que la envolvía.

El rechinar del viento colándose por las molduras de las ventanas no era un sonido natural. Para Janette, se asemejaba a los gritos de dolor de las almas atrapadas en el mismísimo infierno, torturadas por el demonio más despiadado que la historia hubiera conocido: Javier.

Cada ráfaga era un recordatorio punzante; Jane sentía que esos alaridos pertenecían a las personas que no había podido salvar, a las niñas del grupo de guía que juró proteger y a todos aquellos habitantes del mundo mágico que ahora yacían en el olvido por culpa de su propia supervivencia.

Una vez más, sentía que había caído en el juego de la hipocresía demoníaca, esa que condenaba sus venas a llenarse de una oscuridad espesa y amarga.

El miedo era un huésped constante en su pecho.

Temía por sus amigos, por su hermano, por cada rostro que una vez fue su ancla y que ahora se había desvanecido en la nada.

No tenía una ubicación, una pista, ni un rastro que seguir. La incertidumbre la ahogaba, sumergiéndola en un mar de sentimientos encontrados donde su mente parecía estar perdiendo la batalla contra la cordura.

Se miró las manos, aquellas que aún conservaban el fantasma de la sangre del Rey. Janette ya no era la joven ingenua que se preocupaba por las formalidades sociales; recordaba con una ironía dolorosa aquella cena con los padres de Luke, cuando tirar alcohol sobre el vestido de la madre de su amado le pareció el fin del mundo. Qué estúpida se sentía ahora. Aquella "tragedia" doméstica no era más que una mota de polvo comparada con el abismo de soledad en el que se encontraba.

—Sola —susurró, y la palabra se perdió en el estruendo de un rayo cercano—. Realmente sola.

Subió los peldaños con la pesadez de quien carga el peso de un reino muerto sobre los hombros. Al llegar al pasillo de las habitaciones, sus ojos se detuvieron en la puerta que lucía una placa de madera barnizada en perfecto estado. "Janette Mitchell", rezaba la inscripción con letras doradas. El lugar estaba impecable, un refugio de orden en medio de su caos interno.

Entró y, sin encender más luces que las necesarias, se despojó del vestido de novia rasgado y manchado, aquel símbolo de su servidumbre. Se vistió con un pantalón suelto y una remera larga que ocultaba sus curvas, buscando un gramo de comodidad en su nueva realidad. Se recogió el cabello en una coleta alta, suspirando de alivio por unos breves segundos antes de dejarse caer sobre la cama. Miró el techo con el ceño fruncido, sintiendo cómo su corazón, partido limpiamente a la mitad, latía con un ritmo fúnebre. Debía aceptar la soledad; debía caminar el sendero que el destino le había trazado, aunque fuera sobre cristales rotos.

Finalmente, el agotamiento venció a la angustia y Janette se hundió en el sueño.

El escenario cambió.

De repente, Jane se encontraba frente a unos ojos azules tan profundos como una noche estrellada. Eran ojos que ocultaban secretos oscuros, abismos que nadie había logrado descifrar, pero que en ese instante transmitían una mezcla de ternura y peligro.

Ella se sintió pequeña, como una niña que no sabe qué decir ante la inmensidad del océano. Quiso ver el rostro de la persona a la que pertenecían esos ojos, pero la cara estaba cruelmente borrada, una mancha de luz blanca donde debería haber facciones humanas.

Sintió unas manos ásperas, de dedos largos y finos, entrelazarse con las suyas. La sensación era tan real, tan cálida, que Jane se dejó llevar. El entorno era un bosque onírico iluminado por miles de velas que flotaban en el aire.

La noche era su única testigo y una orquesta invisible interpretaba una melodía delicada que parecía vibrar en sus huesos. Al bajar la vista, notó que estaban recostados sobre una manta cubierta de pétalos negros, un detalle que le pareció de una perfección macabra.

De pronto, algo cambió.

Jane levantó la mirada y los ojos azules de aquel hombre se transformaron en un violeta intenso. Eran idénticos a los suyos cuando usaba sus poderes de bruja. Una sonrisa amplia se dibujó en los labios de Jane; por primera vez en siglos, se sentía feliz.

Pero la felicidad en su mundo era un préstamo con intereses caros.

La música comenzó a distorsionarse. Las notas bellas se volvieron chirridos metálicos, un sonido horrendo que le hacía sangrar los oídos. Lo que antes era una orquesta celestial ahora era un lamento industrial, una cacofonía que no tenía explicación lógica.

Janette miró hacia atrás y lo que vio la dejó estupefacta, negando con la cabeza una y otra vez. El bosque comenzó a marchitarse en segundos; las velas se apagaron dejando un olor a carne quemada y la manta de pétalos se transformó en un enjambre de insectos negros.

—¡No! —exclamó Jane con todas sus fuerzas, pero su voz no emitía sonido.

Era una tortura muda.

La figura a su lado no se inmutaba; permanecía allí, estática como una estatua de mármol en medio de la podredumbre del bosque, ignorando el horror que se avecinaba. Jane quería advertirle, quería gritar que el Rey no había muerto realmente en el mundo de los sueños, o que algo mucho peor estaba cruzando el umbral.

El sonido estridente de la alarma de la Academia desgarró la visión, arrancándola del sueño con una violencia que la dejó jadeando en la oscuridad de su habitación.

El sueño había terminado, pero el presentimiento de que algo la observaba desde el otro lado del espejo seguía allí, más vivo que nunca.

Los primeros rayos de un sol anémico se filtraron por los ventanales de la Academia, chocando contra los ojos marrones de Janette. Bajo aquella luz, sus iris perdían la profundidad del café para teñirse de un ámbar anaranjado, casi traslúcido. Era una mirada que Luke, en sus momentos de devoción, solía comparar con la resina de los árboles antiguos. Si él estuviera allí, seguramente la rodearía con sus brazos y la besaría hasta que el tiempo mismo se detuviera por respeto, como solía sucederles. Pero Luke no estaba, y el sol no era más que un espejismo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.