Janette Mitchell estaba aterrada. El agotamiento, ese veneno silencioso que se había filtrado en sus músculos tras la explosión en el altar y la huida por el bosque, la mantenía clavada al suelo. Sus manos pequeñas y delicadas, marcadas por el roce del acero y la magia negra, temblaban de forma incontrolable. Pequeñas gotas de sudor frío resbalaban por su frente, golpeando la tierra seca con un rítmico eco que solo los sentidos hiperdesarrollados de un ángel del Señor podrían percibir.
Aquel hombre se acercaba con la parsimonia de un verdugo que conoce su oficio. Era alto, de hombros anchos que parecían sostener el peso de la bóveda celeste, y poseía unos ojos rasgados de un azul tan profundo como el océano en una noche de tormenta. Jane detectó en su mirada un misterio insondable, una mezcla de deber sagrado y una chispa de algo que no lograba descifrar. Él iba decidido; su misión era simple: erradicar la mancha demoníaca que ella representaba.
Cuando la distancia entre ambos se redujo a nada, Jane cerró sus ojos marrones, apretando los párpados con una mueca de terror puro. El ángel se inclinó sobre ella y la olfateó, como un lobo de caza que saborea el miedo de su presa, esperando que ella lo mirara para que fuera testigo de su propio final. Pero Janette resistió en la oscuridad de su ceguera.
Entonces, el aire cambió.
El aroma a ozono fue reemplazado por la fragancia fresca y punzante del eucalipto. Jane sintió un remolino de viento y, al abrir los ojos, vio que el guerrero comenzaba a desvanecerse, transformándose en partículas de luz blanca. En un acto impulsivo nacido del pánico a la soledad, Jane alargó la mano y atrapó la muñeca del ángel antes de que desapareciera por completo.
El mundo se volvió un borrón de colores y presión. Cuando la visión de Jane se estabilizó, el azul de la mirada de él estaba a milímetros de la suya. Tragó saliva sonoramente, intentando soltarse, pero el ángel la sujetó con una fuerza descomunal, pegando el cuerpo de Janette al suyo. Ella pudo sentir la dureza de sus músculos, una armadura de carne y voluntad, pero lo que más la desconcertó fue su toque: era firme, pero poseía una delicadeza extraña, impropia de un ejecutor.
Un grito descontrolado escapó de sus labios cuando bajó la vista. Ya no estaban en el bosque. Se encontraban suspendidos en el vacío, rodeados de nubes grises y una llovizna fina que empezaba a empapar los hombros del guerrero. Sus dos mayores miedos se habían fusionado: un ángel y las alturas.
—¿Qué está sucediendo? —murmuró ella, aferrándose a los hombros del desconocido—. ¿Quién eres? ¡Bájame ahora mismo!
La orden salió de sus labios con una autoridad desesperada. Lo que Jane ignoraba era que los ángeles de su estirpe estaban sujetos a leyes antiguas; si un mortal —o un ser con alma— emitía una orden directa, el ángel debía cumplirla, sin importar las consecuencias. Era la tragedia de los mensajeros celestiales: carecían de la libertad de negar.
—Por supuesto. Cumpliré su orden —respondió él con una voz que sonó como el tañido de una campana de plata.
Sus ojos azules brillaron con un destello luminoso. Sin una palabra más de advertencia, el ángel enarcó su ceja izquierda con una mezcla de ironía y deber, y simplemente... la soltó.
Jane comenzó a caer. En la inmensidad del cielo azul, parecía un pequeño pájaro herido. El viento azotaba su rostro y el suelo se acercaba con una velocidad suicida. Aunque gran parte de ella deseaba el descanso eterno, la chispa de supervivencia que Luke le había enseñado a cultivar se encendió.
—¡Ayúdame! —gritó con todas sus fuerzas, cerrando los ojos y aceptando que aquel sería su último suspiro.
Justo antes del impacto, un aleteo ensordecedor golpeó sus oídos. El aire se desplazó con una fuerza violenta y Jane sintió un impacto que la dejó inconsciente en el acto.
Aquel ángel, Alex, se había movido a una velocidad que desafiaba las leyes de la física para interceptarla antes de que se estrellara. La sostuvo en sus brazos con cuidado, descendiendo hacia un lugar oculto a los ojos humanos. Mientras bajaba, Alex notó que la herida en el hombro de Jane —aquella que se había infectado con veneno y que nunca sanó del todo— estaba supurando una oscuridad peligrosa. Si no recibía atención inmediata, moriría antes de que él pudiera decidir su destino.
Alex cerró los ojos y se teletransportó a la Fortaleza Subterránea, un instituto oculto bajo las capas de la tierra, construido con madera antigua y protegido por runas angelicales que repelían a cualquier ser impuro. Al caminar por el pasillo principal hacia la enfermería, una joven ángel de ojos verde esmeralda y cabello rubio le cerró el paso.
—Es un demonio, Alex —dijo Cami, bajando la vista hacia el cuerpo inerte de Jane. Su mano buscó instintivamente el pomo de su espada—. Traerla aquí es invitar al caos. ¿Cómo un guerrero como tú pudo cometer semejante error?
Alex no detuvo su paso. Su mirada era un bloque de hielo que ni siquiera el fuego del infierno podría derretir.
—No deberías meterte donde no eres llamada, Cami —respondió él con frialdad, cruzando el umbral de la enfermería.
Sabía que estaba introduciendo al enemigo en el corazón del santuario, pero el destino de Janette Mitchell estaba entrelazado con secretos que ni siquiera el consejo de los ángeles lograba comprender todavía.
Camille —o Cami, como la llamaban con una mezcla de familiaridad y respeto en aquel refugio— frunció el ceño con tal intensidad que sus facciones parecieron esculpidas en mármol. Al notar que Alexander se negaba a escuchar razones, decidió que las palabras habladas eran un desperdicio. Cerró los ojos un instante, proyectando un mensaje mental cargado de una sutil pero punzante estática.
«Ya verás cómo lo arruina todo, Alex. Se lo contaré a Gabriel; veremos qué opina sobre la última locura de su aprendiz estrella. Sabes bien que un demonio entre estas paredes es una sentencia de muerte para el equilibrio. Si tienes algo de juicio, deshazte de ella antes de que sea tarde».
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Editado: 06.04.2026