Alexander observó cómo Tessa Wilmeroong asentía con una lentitud casi ritual. Aquel simple gesto fue como un tajo en su pecho; él conocía el código implícito en ese movimiento, el peso de lo que significaba "todos", y el dolor resultante fue tan agudo que le robó el aliento.
Clavó su mirada en los ojos de ella, esos iris de un celeste angelical y cristalino que lo habían cautivado desde su primer encuentro en el Instituto de la Provincia, y que sabía, con una certeza maldita, que lo perseguirían hasta el fin de sus días.
Tessa imitó su silencio, manteniéndose como una estatua de porcelana bajo la luz mortecina de la enfermería. Sus labios, de un tono rosado natural que los hacía parecer perpetuamente hidratados y carnosos, permanecían sellados, esperando que Alexander fuera el primero en romper el muro de cristal que los años de separación y secretos habían construido entre ellos.
Alex se movió hacia la puerta con una determinación sombría. Sus manos, hundidas en los bolsillos del pantalón oscuro, salieron solo para cerrar el pesado portón de madera con un estruendo que hizo vibrar los frascos de medicina. Accionó la traba con un movimiento seco.
Tessa, al notar el aislamiento repentino, frunció el ceño y se acercó a las ventanas, pero antes de que pudiera tocarlas, Alex utilizó su poder psíquico. Con un chasquido de su voluntad angelical, las persianas se cerraron de golpe, sumergiendo la estancia en una penumbra cargada de tensión.
En el fondo de la mirada de Alexander, Tessa creyó ver un destello de posesividad aterradora. Parecía que, para él, la desaparición de Jane —aquella joven demonio que representaba el paradigma de todas sus dudas— y el caos que su presencia oscura pudiera acarrear en la institución, eran minucias comparadas con la oportunidad de tenerla a solas.
Tessa sintió que el aire se volvía denso. Las acciones de Alex habían cruzado la línea de lo protector para volverse tenebrosas. Se quedó inmóvil en el centro de la habitación, rogando internamente que alguien irrumpiera para romper aquel asedio emocional.
Él se acercó.
Al asegurarse de que nadie interrumpiría, una sonrisa carente de alegría se dibujó en su rostro, una mueca que intentaba ocultar cuánto la había extrañado. Tomó la mano de Tessa con una firmeza que no admitía réplica y la obligó a sentarse en una de las camas. Luego, se arrodilló frente a ella, un gesto de falsa sumisión, y elevó la mano de la joven hacia sus labios para depositar un beso en el delicado dorso de su piel.
Tessa reaccionó con una mueca de desagrado que contrajo sus labios brillantes. Alex se congeló. En el pasado, ella se deshacía ante sus toques; ahora, ese pequeño gesto de rechazo lo golpeó más que el desprecio de su padre.
—Alex, las cosas cambiaron desde que me transfirieron —dijo ella, sosteniéndole la mirada con una dureza que él no recordaba.
Alex enarcó una ceja, pero guardó silencio.
—No me transfirieron simplemente para estar cerca de mi hermano —continuó Tessa, su voz temblando ligeramente—. También fue por...
Él no la dejó terminar.
Se levantó de golpe, sacudiendo su atuendo con ese hábito nervioso que parecía haber adoptado ese día.
—¡Alex! —murmuró ella, poniéndose en pie para alcanzarlo.
Apoyó su mano derecha sobre el hombro de él, intentando frenar la ansiedad maníaca con la que Alex caminaba de un lado a otro. Al tocarlo, Tessa soltó un jadeo ahogado. Notó que Alex mantenía los puños tan apretados que sus uñas habían perforado la palma de sus manos; pequeñas gotas de sangre carmesí caían con un ploc rítmico sobre el suelo blanco y esterilizado de la enfermería. Él ni siquiera parecía registrar el dolor físico.
Cuando él sintió el contacto, se giró con una violencia controlada. Sus ojos azules, ahora brillantes por las lágrimas que se negaban a caer, escudriñaron el rostro de Tessa. La tomó por los hombros y la atrajo hacia sí, pegando su cuerpo al de ella con una desesperación que rozaba la locura.
—Dime que es mentira —exigió él, tomando su rostro entre sus manos ensangrentadas.
Tessa negaba con la cabeza, deseando que aquel encuentro fuera una pesadilla. Quería que alguien la rescatara de esa intensidad asfixiante. La verdad quemaba en su garganta, pero temía que, si la soltaba, Alex terminaría de romperse. Sabía que debía ser ella quien se lo dijera antes de que los rumores del Consejo, siempre venenosos, llegaran a sus oídos.
Justo cuando Tessa tomó aire para confesar la realidad sobre el destino de los Rose y su propia misión, la puerta de la enfermería fue derribada con un impacto brutal que astilló la madera.
—¡Alex, no! —gritó Tessa, soltándose del agarre de Alexander.
Un joven alto, de hombros esbeltos pero musculosos y ojos de un gris tormentoso, irrumpió en la sala. Con un movimiento fluido, rodeó a Tessa con su brazo y la sacó del lugar antes de que Alex pudiera reaccionar. En el pasillo, el sonido de botas pesadas anunció la llegada de la verdadera tormenta.
—¡¿Dónde estás, Lohan?! —El grito, cargado de un odio añejo, hizo que Alex levantara la vista.
Frente a él apareció Tood Wilmeroong, el hermano mayor de Tessa. Tood era la antítesis del caos: vestía un traje elegante, zapatos negros lustrados hasta parecer espejos y un peinado impecable. Su característica siempre había sido la perfección gélida. Habían sido compañeros en la institución durante años, y su rivalidad era legendaria.
—Tood Lumm Wilmeroong —murmuró Alex, su voz destilando veneno.
—Alexander Rodrigo Lohan —replicó Tood, estrechando el cerco—. ¿Qué hacía Tessa aquí a solas contigo?
Sin previo aviso, Tood cerró la distancia y sujetó a Alex por las solapas de su chaqueta de cuero negra, estampándolo contra la pared de la enfermería.
—¿Qué le hiciste a mi hermana? —siseó Tood, acercando su rostro al de Alex—. ¿Acaso buscas que te mate de una vez por todas? Siempre has anhelado el final, Lohan.
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Editado: 06.04.2026