2. Oscuros: El poder del olvido

4. Su sueño

El aire en la sala de entrenamiento se volvió denso, cargado de una estática sobrenatural. Tessa Wilmeroong yacía en el suelo, pero su cuerpo era ahora un envase vacío; al caer, su Gracia —la esencia pura que define a un ángel— había sido expulsada por el trauma emocional y el impacto físico, quedando suspendida en un plano invisible. Janette, agazapada en las sombras, vio la oportunidad que el destino le servía en bandeja de plata.

Con una sonrisa oscura, Jane se acercó al cuerpo inerte. Colocó su mano derecha sobre el corazón de la ángel y cerró los ojos. El trasvase fue una agonía de frío y luz: la conciencia de Jane abandonó su forma humana para deslizarse en la estructura molecular de Tessa. Al despertar, el intercambio sería total: Janette habitaría la belleza gélida de la ángel, mientras que la verdadera Tessa despertaría atrapada en el cuerpo herido y terrenal de la bruja.

Jane abrió los ojos. Ya no eran marrones; ahora eran de un gris tormentoso que viraba al celeste según la luz. Se levantó con rapidez, pero un sonido metálico la distrajo: agua corriendo. Para sus nuevos y agudizados oídos, el goteo era una tortura insoportable. Decidió ir a cerrar la canilla, pero al dar el primer paso, un dolor agudo le recorrió los tobillos.

—Maldita sea... —susurró con la voz de Tessa.

Jane no sabía caminar con tacones, y mucho menos con los estiletos delgados y vertiginosos que Wilmeroong utilizaba. La caída de la ángel no había sido solo por debilidad; era una proeza física mantenerse en pie sobre aquellos centímetros de metal. Bajando la mirada con frustración, comprendió que habitar ese cuerpo requería una disciplina que ella no poseía.

Al llegar al sector de duchas, sus ojos se abrieron desmesuradamente. Alexander se estaba bañando. El vapor nublaba el ambiente, pero la silueta del ángel era clara, y aquello provocó que las mejillas, ahora pálidas, de Janette se volvieran escarlata. Intentó retroceder sin hacer ruido, pero sus pies inexpertos resbalaron en un charco, provocando un estruendo que rompió la paz del lugar.

Alex se asomó con cautela, alzando ambas cejas al verla. Para él, quien estaba allí era su amada Tessa.

—¿Tess? —preguntó él, extrañado.

Se ató una toalla a la cintura y se acercó para ayudarla. No comprendía qué hacía ella en las duchas masculinas. Jane sonrió ampliamente cuando él la sostuvo, pero se separó de inmediato al sentir el calor de su piel. Sus ojos celestes recorrieron el cuerpo perfecto del ángel; supuso que, al tragar saliva sonoramente, él habría notado su nerviosismo.

—¿Qué haces aquí? —insistió Alex con el ceño fruncido.

Jane negó con la cabeza. Como habitante de un cuerpo angelical, sentía una presión física que le impedía mentir con fluidez.

—Oí un ruido de agua y... vine a cerrar la canilla —logró decir.

Alex la observó con sospecha. La verdadera Tessa jamás habría titubeado ante él; era una mujer de una seguridad abrasadora que ya lo había visto todo y jamás reaccionaría de forma tan petulante. Una pequeña risa escapó de sus labios.

—¿Ah, sí? Creí que habías venido por más —dijo él con tono sugerente, tomando la mano de ella para llevarla hacia su abdomen mojado.

Jane tragó saliva, sintiendo el pulso acelerado de la Gracia de Tessa reaccionando a Alex.

—No... simplemente... —soltó su mano con brusquedad y se la limpió en la falda azul ajustada—. Simplemente odio el sonido de una canilla abierta.

Salió del lugar con la cabeza en alto, dejando a un Alexander confundido. Él llegó a dudar de su identidad, pero atribuyó su comportamiento a un colapso nervioso tras la discusión con Tood. Sin darle más importancia, Alex comenzó a vestirse con un traje negro impecable; esa noche se celebraría la Cena de la Unificación, un evento familiar destinado a sellar las fuerzas de la Provincia y la Capital contra la amenaza demoníaca.

Jane deambulaba por los pasillos, perdida en la geografía de la Fortaleza, hasta que Alex la encontró caminando en círculos.

—¿Todo está bien, Tess? —preguntó él, alcanzándola.

—Sí... solo admiraba el arte. Muy... pintoresco —respondió Jane, tratando de sonar interesante, aunque no tenía idea de qué cuadros estaba mirando.

Alex asintió, aunque la duda seguía allí.

—¿No piensas cambiarte? La cena es en una hora.

—Eso haré. Usted me hace perder el tiempo, Señor Lohan —replicó ella, usando el apellido para alejarlo. El uso del apellido convenció a Alex; era un código de frialdad que ellos solían usar.

Jane se alejó y, siguiendo los fragmentos de memoria que flotaban en el cuerpo de Tessa, llegó a la habitación principal. Al entrar, se encontró con un hombre sentado en la cama: Gonzalo. Él le sonrió, pero Jane se quedó inmóvil; ese era un vacío en sus recuerdos que no sabía cómo llenar.

—Theresa, creí que no vendrías —dijo Gonzalo, pero su sonrisa se borró al notar que la ropa de ella estaba empapada por la caída en las duchas—. ¿Estás mojada? ¿Qué sucedió?

Él se levantó y notó el hematoma en la frente de Jane.

—¿Qué es esto? —preguntó, señalando la herida con preocupación fingida.

—Caí en un charco y me golpeé con un cuadro —improvisó Jane—. Pero no es nada.

—Es hora, Theresa. Ve y cámbiate, no podemos llegar tarde a la cena —ordenó él. Jane caminó hacia el armario, pero sintió que Gonzalo la seguía. Antes de que pudiera reaccionar, él la tomó con fuerza por la cadera, pegándola a su cuerpo. Jane, asqueada, intentó empujarlo, pero la fuerza de aquel ángel era abrumadora.

—Ya basta... —musitó ella, luchando por su espacio.

—No. Eres mi esposa y te deseo —sentenció Gonzalo, cargándola en brazos hacia la cama.

En un acto de pura desesperación, Jane estiró el brazo y alcanzó un pesado candelabro de bronce de la mesa de noche. Gonzalo lo vio reflejado en el espejo y, con un movimiento más rápido, tomó otro objeto contundente y la golpeó en la cabeza con todas sus fuerzas. La oscuridad reclamó a Jane una vez más.




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