2. Oscuros: El poder del olvido

6. Jacaranda

Alexander corría con la urgencia de quien intenta atrapar el viento entre las manos. Cada zancada sobre el sendero de grava de la Fortaleza resonaba como un trueno en el silencio sepulcral de la noche. Su mente, un hervidero de sospechas ponzoñosas, no dejaba de proyectar la imagen de su hermana Camille junto a Tood Wilmeroong.

¿Qué clase de pacto impío podían estar sellando en la oscuridad? El odio que Alex profesaba hacia Tood no era un capricho; era una cicatriz abierta desde los días de la academia, una rivalidad alimentada por la envidia y la rectitud gélida de los Wilmeroong. La sola idea de que aquel ángel de modales impecables estuviera cerca de su pequeña hermana le provocaba un sabor metálico en la boca.

Sin embargo, al irrumpir en el jardín principal, el aire se volvió pesado, saturado de una energía que no pertenecía a ese plano. Alex se detuvo en seco, con los puños apretados y la respiración errática. Lo que sus ojos azules contemplaron no fue una traición romántica, sino una escena de horror litúrgico.

Bajo la sombra del viejo Jacarandá, cuyas flores violetas tapizaban el suelo como una alfombra de terciopelo muerto, Camille estaba de rodillas, con el rostro bañado en lágrimas. A su lado, Tood Wilmeroong mantenía sus manos extendidas sobre una figura pequeña, emanando un brillo dorado que palpitaba al ritmo de un corazón agónico. No había romance; había desesperación. Estaban intentando anclar un alma que parecía estar deshilachándose en el aire.

Alex, tragándose su rabia como si fuera veneno, abandonó cualquier intención violenta y se dejó caer de rodillas sobre el césped húmedo. La fragancia del jardín había cambiado drásticamente: ya no olía a flores, sino a un eucalipto ancestral y a tierra removida, un aroma que evocaba bosques que habían dejado de existir hacía siglos.

—¿Qué demonios es esto? —preguntó Alex, tomando la mano derecha de la niña. Estaba gélida, con una textura que recordaba al papel pergamino a punto de quebrarse.

—Apareció de la nada, Alex —susurró Camille, con la voz rota—. El espacio simplemente se rasgó y ella cayó aquí.

Tood no apartaba la vista de la pequeña. Su mandíbula estaba tan tensa que los músculos de su cuello parecían cuerdas de violín a punto de estallar. Juntos, los tres ángeles canalizaron su Gracia, formando un triángulo de luz que envolvía el cuerpo de la desconocida.

De pronto, la niña abrió los ojos. Un suspiro sibilante, cargado de un frío ártico, escapó de sus labios. La visión fue perturbadora: la pequeña poseía una heterocromía absoluta. Su ojo izquierdo era de un azul oscuro, profundo como el océano a medianoche, mientras que el derecho brillaba con un tono miel dorado, casi ambarino. Su rostro era una porcelana perfecta, redonda como una luna llena, enmarcada por un vestido color crema de encaje intrincado, un diseño de otra época, desgarrado en los hombros como si hubiera luchado contra garras invisibles.

La niña soltó las manos de los hombres con una fuerza sobrenatural y se puso de pie, sacudiendo su falda con una parsimonia que helaba la sangre. Su ceño se contrajo, dándole la expresión de una anciana atrapada en un frasco de juventud.

—¿Dónde estoy? —preguntó ella.

Su voz no era la de una niña; era una polifonía de ecos, como si mil voces hablaran a través de una sola garganta.

—Estás a salvo, pequeña —intentó decir Camille, pero la niña la cortó con una mirada fulminante.

—No busco seguridad. Busco la verdad —sentenció la niña, caminando hacia el tronco del Jacarandá. Lo acarició con una melancolía que parecía cargar con el peso de los siglos—. Este árbol... era apenas un brote cuando me fui. El tiempo ha sido cruel con este lugar.

Tood Wilmeroong dio un paso al frente, recuperando su porte autoritario.

—No obtendrás ni una sola palabra hasta que nos digas quién eres y cómo lograste burlar las protecciones de la Capital —dijo Tood, su voz destilando el rigor de un inquisidor.

La niña se giró lentamente. Sus ojos, antes bicolor, comenzaron a brillar con un violeta eléctrico, la marca de una Gracia tan antigua y poderosa que hizo que las hojas del árbol vibraran violentamente. Tood retrocedió un paso, alzando las manos en señal de defensa; los hermanos Lohan imitaron el gesto por puro instinto de supervivencia.

—Me dirán dónde estoy —ordenó la niña, y el aire alrededor de ellos se volvió escarcha—. El reloj de arena se ha roto y no tengo tiempo para vuestras jerarquías de juguete.

Alex, movido por una extraña mezcla de miedo y fascinación, bajó las manos y se acercó con una sonrisa cargada de una compasión que no solía mostrar.

—Te encuentras en la Sede Angelical de la Capital Federal —explicó con suavidad—. Has cruzado el portal de entrada. Solo un ángel de linaje puro podría haberlo hecho sin ser reducido a cenizas.

La niña estudió el rostro de Alex, y por un momento, la dureza de su mirada se suavizó.

—Capital Federal... —murmuró ella con desprecio—. Han construido una jaula de piedra sobre la tierra sagrada. No importa. El final ha comenzado.

Sin añadir más, se sujetó el vestido y caminó hacia la entrada principal con una elegancia fantasmal, moviéndose como si conociera cada pasadizo oculto de la Fortaleza, dejando a los tres jóvenes sumidos en un silencio sepulcral.

—¿Qué demonios acaba de suceder? —soltó Tood, limpiándose el sudor de la frente con una mano temblorosa.

Camille no respondió; simplemente observaba la estela de frío que la niña había dejado a su paso. Alex, sin embargo, distrajo su atención al divisar a lo lejos la silueta de "Tessa" que cruzaba el patio lateral. Una chispa de deseo, mezclada con la confusión de los eventos recientes, lo impulsó a moverse.

—Nos vemos en la cena —le dijo a su hermana, dándole un apretón rápido en el hombro—. Si esa niña es quien creo que es, Gabriel va a necesitar más que oraciones para controlar lo que viene.

Alex corrió hacia Tessa, sintiendo cómo el viento agitaba su cabello rubio desalineado. Al llegar a su lado, la tomó por la cintura con la confianza de quien reclama lo que es suyo, buscando el calor de la mujer que amaba. Pero Janette, atrapada en esa piel angelical, reaccionó como si la hubiera tocado un hierro ardiente. Sus manos impactaron contra los hombros de Alex, empujándolo con una fuerza que lo obligó a retroceder varios pasos.




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