2. Oscuros: El poder del olvido

7. Cena de horror

Janette Mitchell, habitando el cuerpo de mármol y luz de Tessa Wilmeroong, sentía que el aire de la Fortaleza se volvía cada vez más denso, cargado de una electricidad estática que erizaba el vello de sus brazos.

La presencia de la niña misteriosa en el jardín había disparado una alarma en su instinto de bruja que ninguna Gracia angelical podía silenciar. Jane caminaba por los pasillos sumida en un mar de nervios; sus dedos rozaban las paredes de piedra fría mientras su único deseo ardiente era localizar a la verdadera Theresa, recuperar su propia piel y huir de aquella red de mentiras antes de que el mundo estallara en mil pedazos.

Se detuvo en seco antes de llegar a la intersección que conducía a sus aposentos. Voces masculinas, cargadas de una arrogancia letal, se filtraban desde el otro lado de una puerta de madera labrada que permanecía entreabierta. Eran Tood y Gonzalo. Jane contuvo el aliento, pegando la espalda a la pared, mientras los secretos de los Wilmeroong se derramaban como veneno puro en sus oídos.

—Era una estúpida familia de demonios —decía Tood, con una frialdad que helaba la sangre, mientras jugueteaba con un puñal de plata—. Dejé a la niña vivir por pura diversión; quería ver cuánto tiempo tardaba el miedo en consumirla. No sabía que tenía un hermano, pero... fue pan comido. Entré en esa casa, terminé el trabajo y borré cada rastro de su existencia. ¿Entiendes la magnitud de la limpieza que hice?

Jane cerró los ojos con fuerza, sintiendo una náusea física que amenazaba con hacerla flaquear. Las atrocidades que Tood describía con tanto orgullo encajaban, pieza por pieza, con el rompecabezas sangriento de su propio pasado. El hermano de Tessa no era solo un soldado de la Capital; era un verdugo que disfrutaba con el eco de los gritos ajenos.

—Vamos, no seas modesto, da detalles —insistó Gonzalo con una risa ladina, su voz destilando una crueldad compartida que Jane desconocía en los ángeles—. Me interesa saber cómo reaccionaron cuando vieron que no había salvación.

—Bien, ¿qué clase de detalles quieres? —respondió Tood con un brillo depredador en los ojos.

Jane escuchó el roce de la tela fina. Tood se despojó de su chaqueta y subió su camisa para mostrar una cicatriz rojiza, gruesa y deforme que cruzaba su torso como una serpiente de fuego, un recuerdo permanente de aquella noche de carnicería.

—¿Por qué no te curas eso? —preguntó Gonzalo con un gesto de desdén—. Sabes que con una runa de sanación que te haga la hermosura de los Lohan, no quedaría ni una marca del tamaño de una mariquita.

—¿Hablas del idiota de Alexander? —escupió Tood con odio visceral.

—Hablo de Camille —rio Gonzalo, sirviéndose una copa de vino ambrosía—. Ella tiene el toque de los ángeles de la misericordia. Su poder es tan puro que podría borrar incluso tus pecados, Tood.

Tood se observó en un espejo de cuerpo entero, acomodando su cabello oscuro y guiñándose un ojo con una confianza narcisista que rozaba lo psicótico.

—No suena nada mal. Además, así haré rabiar al "moquito" de Alexander —murmuró Tood, ajustándose el cinturón—. Ganaré. Me ganaré a la preciosa Camille solo para ver la cara de ese estúpido engendro cuando sepa que su hermana está bajo mi protección... o algo más.

Jane sintió que el suelo se hundía.

Tood planeaba usar a Camille como un peón en su tablero de rencores.

—Iré a buscarla antes de la reunión —sentenció Tood, tomando su chaqueta—. Por cierto, deberías encontrar a Tessa. Esa "invitada" del jardín necesita el conocimiento... o mejor dicho, el medallón de los Wilmeroong. Hay algo en esa niña que solo la joya de tu esposa puede desbloquear.

Tood salió de la habitación con paso firme. Jane, oculta tras una columna de mármol, esperó a que el eco de sus botas se desvaneciera antes de salir corriendo en dirección opuesta, con el corazón martilleando contra sus costillas como un pájaro enjaulado.

Tood Wilmeroong se dirigió a la biblioteca central, el refugio predilecto de Camille Lohan. Al entrar, el olor a pergamino antiguo y cera de abeja lo envolvió. La encontró allí, rodeada de torres de libros, sosteniendo un tomo prohibido sobre los "Ángeles de la Muerte". La luz de las velas bañaba su cabello rubio, dándole una apariencia de santidad que Tood estaba ansioso por corromper.

—¿Cami? —preguntó él, suavizando su voz hasta convertirla en un susurro seductor.

Camille cerró el libro con un sobresalto, pero al ver a Tood, una sonrisa amplia y genuina iluminó su rostro.

—¿Podrías ayudarme con algo? —pidió Tood, fingiendo una vulnerabilidad magistral—. Me he dado cuenta de que nadie querrá a un monstruo como yo con esta marca en el pecho. Solo quiero tener una vida normal... una esposa, hijos... pero ¿quién querría a alguien con esta fealdad?

Camille, cuya bondad era su mayor virtud y, posiblemente, su sentencia, sintió que el alma se le encogía.

—Por supuesto que te ayudaré —asintió ella con fervor, cerrando la distancia entre ambos—. No vuelvas a decir eso, Tood. Ven conmigo a la enfermería, te curaré en un santiamén.

Salieron de la biblioteca juntos, caminando por los pasillos en penumbra. Tood la observaba de reojo, saboreando el poder que empezaba a ejercer sobre ella.

—¿Irás a la cena de hoy? —preguntó él con fingida indiferencia.

—Sí, por supuesto. ¿Por qué lo preguntas?

—Porque quiero entrar contigo, tontita —rio Tood entre dientes, rozando accidentalmente el brazo de ella.

Las mejillas de Camille se tiñeron de un escarlata intenso que hacía que sus ojos verdes brillaran como gemas bajo las antorchas.

—Sí... me encantaría ir contigo —murmuró ella, sintiendo un nudo de nervios en el estómago.

Al llegar a la enfermería, Camille guió a Tood hacia una camilla privada. Él se quitó la camisa, exponiendo un torso musculoso y curtido por mil batallas. Camille se sentó a su lado, tratando de ignorar la tensión que flotaba en el aire. Posó sus manos pequeñas y cálidas sobre el torso desnudo de él y cerró los ojos, concentrándose.




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