El silencio en la habitación de Alexander era una entidad física, densa y cargada de una estática que erizaba la piel. Camille se había marchado, dejando tras de sí un rastro de desconfianza que flotaba en el aire como el humo de una vela recién extinguida.
Alex, ignorando las advertencias de su hermana y el latido de advertencia en su propio pecho, se recostó en el lecho al lado de la mujer que creía su amada. El colchón de seda se hundió bajo su peso mientras cubría ambos cuerpos con las sábanas de hilo fino, buscando un calor que la piel de "Tessa" parecía no querer devolver, manteniéndose gélida como el mármol de una cripta.
Fue en ese instante de proximidad absoluta cuando Alex lo sintió: el vacío. El aura de Tessa, esa vibración celestial que siempre envolvía su presencia como un perfume de jazmines y luz dorada, se había esfumado por completo.
Un escalofrío recorrió su columna vertebral. Negó con la cabeza en la oscuridad, apretando los párpados con fuerza, tratando de convencerse de que era un efecto secundario de la traumática sesión de mediumnidad con la niña de otra era. Se juró a sí mismo que, tras la misión de mañana en el mundo humano, su prioridad absoluta sería rastrear y devolverle a Tessa esa esencia sagrada que parecía haberle sido arrancada.
Sin embargo, el sueño se le escapaba como arena entre los dedos. Sus pensamientos eran un remolino de dudas teñidas de un drama ancestral: ¿Cómo era posible que la Reina del mundo mágico poseyera un medallón de origen angelical? ¿Era Norma un ángel caído, una traidora, o algo mucho más antiguo y oscuro?
Sus cavilaciones se interrumpieron cuando sintió una caricia inocente; los dedos de Jane recorrieron su cabello rubio con una suavidad que le dolió en el alma. Alex abrió sus ojos azules, encontrándose con el celeste profundo y vidrioso de ella. A pesar de la ausencia de su aura, el amor que él sentía latía con una fuerza incondicional, una devoción que lo cegaba ante la verdad que respiraba a centímetros de sus labios.
Mientras arriba se tejía un romance de mentiras, en las profundidades abyectas de la Fortaleza, donde los muros lloraban salitre y el tiempo se medía en gotas de sangre, un par de ojos inyectados en rojo se abrieron de golpe.
Dante se removió entre sus cadenas de hierro bendito. El metal sagrado le quemaba las muñecas, dejando llagas que nunca terminaban de sanar, pero Dante ya no sentía el dolor físico. Sus sentidos, agudizados por siglos de servicio a los Lohan, detectaron la fluctuación de energía en la habitación 700.
—La red se está rompiendo... —susurró Dante con una voz que sonaba como grava triturada en el fondo de un pozo—. El intercambio no es perfecto. La esencia de la bruja Mitchell está filtrándose a través de los poros del ángel.
Con un esfuerzo sobrehumano que hizo crujir sus huesos, comenzó a golpear el techo de piedra de su celda con un ritmo preciso de nuevo, un código antiguo que solo los primogénitos de los Lohan conocían. El secreto de la "Noche Oscura" y el verdadero origen de la niña Norma estaban grabados en su memoria.
Jane se incorporó bruscamente en la cama, sintiendo que el cráneo le estallaría bajo la presión de los recuerdos de Theresa Wilmeroong, que comenzaban a emerger como fantasmas reclamando su territorio. Se llevó las manos a la cabeza, jadeando. Sin decir una sola palabra, saltó de la cama y caminó con una rapidez errática hacia la puerta, impulsada por una urgencia vital: debía ir al mundo mágico. Si no encontraba el rastro de la verdadera Tessa pronto, el vínculo que las mantenía unidas se rompería de forma permanente, llevándolas a ambas a una muerte agónica.
Alex, más rápido y movido por un instinto protector, se interpuso en su camino. Su cuerpo robusto bloqueó la salida, sus hombros anchos cubriendo el marco de la puerta como una barrera infranqueable. Jane soltó una carcajada seca, desprovista de toda calidez, y lo miró fijamente a los ojos.
—Déjame pasar, Alex. Tengo que salir... debo hacer algo que no puede esperar ni un segundo más —sentenció ella, su voz firme a pesar del temblor de sus manos.
—Tessa, quédate. Estás débil, tu aura se ha apagado. Mañana iremos a la misión juntos y resolveremos esto —insistió él, forzando una sonrisa que intentaba ser reconfortante, aunque sus ojos azules brillaban con una desesperación creciente.
—¿Por qué ya no puedes quedarte a mi lado? —preguntó Alex, su voz rompiéndose sutilmente al ver la frialdad en su mirada—. Sé lo de tu esposo, sé que Gonzalo es una sombra entre nosotros, pero... yo te amo, Tess.
—Porque lo que tengo que hacer es más importante que nosotros ahora —respondió Jane, suavizando su tono con la maestría de un demonio que sabe qué hilos tensar—. Regresaré pronto y entonces iremos a la misión. Déjame pasar, Alex. Por favor.
Él la observó con el ceño fruncido, debatiéndose entre el deber de protegerla y el miedo a perderla. Finalmente, con un suspiro que pareció restarle años de vida, se hizo a un lado.
Jane cruzó el umbral, pero no llegó ni a la mitad del corredor. Sin el sustento de la Gracia celestial de Tessa, el cuerpo físico del ángel comenzó a fallar. Sus piernas se volvieron de plomo y el mundo empezó a girar en una espiral de sombras. Se apoyó contra la pared fría, sintiendo cómo el corazón de Theresa latía con una arritmia violenta. Comprendió con rabia que, en ese estado, no llegaría al portal del mundo mágico; solo lograría desmayarse en algún rincón y ser descubierta.
Con un gruñido de frustración, dio media vuelta y regresó a rastras a la habitación de Alexander. Golpeó la puerta con los nudillos débiles, casi inaudibles. Alex abrió de inmediato, su rostro era una máscara de alivio mezclado con una sospecha oscura. Sus ojos se veían de un azul tan intenso y profundo como el mar a medianoche.
—¿Qué haces aquí? —preguntó él, su ceño fruncido marcando una arruga profunda en su frente—. Creí que tenías esa misión tan importante que no podía esperar.
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Editado: 06.04.2026