Jane se puso en pie con la ayuda de Alexander, sintiendo cómo el suelo de la Fortaleza vibraba bajo sus botas, o quizás era solo el eco de su propio pulso acelerado. Habitar el cuerpo de Theresa Wilmeroong se estaba convirtiendo en un martirio psicológico de proporciones épicas; no eran solo los huesos y la piel, eran las mareas de amor devocional que Tessa sentía por Alex las que inundaban los pensamientos de Jane, asfixiando su propia esencia de demonio.
Cada vez que miraba al joven Lohan, una parte de ella quería refugiarse en sus brazos, mientras que su verdadera conciencia gritaba por libertad. Jane estaba luchando contra una marea de sentimientos ajenos que la destrozaban lentamente, pero su voluntad de hierro la mantenía en pie. Sabía que no era tiempo de partir, no hasta que el equilibrio fuera restaurado.
Sabía que el tiempo de los juegos y las medias tintas se había agotado. Alex la observaba con una mezcla de desesperación y una esperanza que le partía el alma, buscando a el ángel que amaba en una mirada que ya no le pertenecía.
Jane suspiró, dejando que una sonrisa triste y cargada de una sabiduría milenaria asomara a sus labios. Era hora de que él enfrentara la naturaleza del ser que respiraba frente a él, aunque la verdad fuera un trago amargo.
—Soy Jane —soltó ella, y su voz sonó más profunda, despojada del tono cristalino de la ángel—. Soy un demonio, Alex... uno de los dos verdugos enviados para ejecutar a la reina Norma en la Noche Oscura. Yo soy esa mujer. No recordaba mi pasado, hay lagunas de oscuridad en mi mente que aún no logro descifrar... pero no soy un monstruo, al menos no pretendo serlo en esta vida.
Alexander la escuchó en un silencio sepulcral, procesando las palabras como si fueran golpes físicos en el pecho. Sus ojos azules recorrieron el rostro de su amada buscando un rastro de mentira, una grieta en la farsa, pero solo encontró una honestidad gélida y antigua.
—¿Eres... más vieja que mi padre? —preguntó él finalmente, como si la cronología fuera el único asidero lógico al que pudiera aferrarse en medio del caos.
Jane arqueó las cejas, estupefacta ante la pregunta. Frunció el ceño de tal manera que las facciones de Tessa se volvieron casi irreconocibles por la dureza, cerrando los labios para evitar una respuesta sarcástica. Al final, la ironía de su especie ganó la partida.
—Sí, Alex. Soy bastante más vieja que él —bufó, dejando escapar un suspiro cargado de fastidio mientras desviaba la mirada.
Alex comenzó a caminar en círculos, sus pasos resonando contra la piedra fría como un metrónomo nervioso. La observaba de arriba abajo, tratando de encontrar una diferencia, un error en la anatomía de Theresa que delatara al demonio. Jane, sintiendo que el movimiento errático de él la ponía más nerviosa que la propia confesión, estiró las manos y lo detuvo por los hombros, obligándolo a anclarse frente a ella.
—No lo intentes, Alex. No hay diferencia física. Técnicamente, me estoy volviendo Theresa; sus células están devorando mi esencia —explicó ella con una sonrisa ladina, amarga—. Por favor, es vital que encontremos a tu padre para recuperar el medallón; solo entonces podré cruzar al mundo mágico y rescatar lo que queda de ella antes de que nos consumamos ambas.
—¿Es un hechizo? ¿Una transmutación de almas prohibida? —preguntó él, con el ceño hundido en una sombra de sospecha.
Jane simplemente asintió.
Sin previo aviso, Alex la tomó del brazo y comenzó a caminar con determinación hacia el ala este, hacia la habitación de Camille. Jane reconoció el camino y se plantó en seco, negando con la cabeza. El pánico comenzó a filtrarse por las grietas de su armadura al pensar en la mirada analítica de la hermana de Alex.
—No quiero ir allí, Alex. Camille no puede saberlo, sería devastador para ella.
—Irás —sentenció él con una autoridad que no admitía réplicas—. Ella nos va a ayudar. Entrará en tu mente para que recuperes los recuerdos que tienes bloqueados y que no logras invocar. Será doloroso, lo sé, pero vale la pena si eso nos devuelve a la verdadera Tessa.
Jane soltó una carcajada carente de alegría. El sufrimiento parecía ser su única herencia constante.
—Por favor... ya tengo suficiente con las emociones de Theresa gritando en mi cabeza. No quiero más fantasmas —suplicó Jane, pero Alex no cedió.
—No me importa. Lo haremos y sin quejas —dijo él, dándole una orden directa que resonó en el pasillo vacío.
Llegaron a la puerta de Camille. Alex golpeó con firmeza y la joven rubia abrió al instante, luciendo una sonrisa que se desvaneció al notar la tensión eléctrica entre ambos.
—Necesitamos tu ayuda, hermanita —dijo Alex, empujando a Jane al interior de la habitación con una brusquedad nacida de la urgencia.
Camille cerró la puerta y se apoyó en ella, cruzando los brazos. Sus ojos verdes saltaron de su hermano a la mujer que lucía el rostro de su mejor amiga.
—Ella es Janette Mitchell —soltó Alex—. Es un demonio atrapado en el cuerpo de Tessa por un hechizo. Lo que necesito es que entres en su mente y arranques los recuerdos que tiene ocultos, porque esta señorita no recuerda nada y así no puede ayudarme.
Camille parpadeó, la mandíbula ligeramente desencajada. Las palabras de su hermano le parecieron una locura imposible, una porquería que su mente se negaba a procesar.
—¿Qué? —preguntó ella, aturdida.
—Te conozco, Cami —insistió Alex—. Sé que eres capaz de desenterrar memorias olvidadas. Hazlo.
Camille guardó silencio un momento, luego asintió con gravedad. El aire en la habitación pareció volverse más pesado.
—Lo haré —dijo la rubia—. Jane, recuéstate en la cama. Iré por lo que necesito.
Jane obedeció, sintiéndose como un espécimen bajo un microscopio. Minutos después, Camille regresó con un carrete de hilo rojo sangre. Se sentó al borde del lecho y ató un extremo al dedo de Jane, mientras el otro lo enredaba en su propia mano.
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Editado: 06.04.2026