2. Oscuros: El poder del olvido

11. Lágrimas de sangre

El grito de Jane desgarró la quietud de la Fortaleza, un sonido que no pertenecía a la garganta de un ángel ni a la de un demonio, sino a algo primigenio y sufriente que parecía nacer del centro de la tierra. Alexander, que ya descendía las escaleras de madera de roble tallada con la urgencia de quien escapa de un incendio, se detuvo en seco. Sus oídos pitaron ante la frecuencia de aquel alarido que erizaba el vello de su nuca. Al girar la cabeza, el terror le heló la sangre: Jane no estaba a su lado.

La vio varios escalones arriba, pero su figura se desdibujaba, volviéndose traslúcida como el vapor que se disipa en un mediodía de verano. Sus bordes vibraban, perdiendo consistencia física, fundiéndose con el aire cargado de polvo y magia antigua del instituto.

Alex rugió el nombre de su amada y, movido por una adrenalina desesperada, trepó los peldaños de dos en dos, aferrándose a la barandilla con tanta fuerza que la madera crujió bajo su presión. Justo antes de que ella se desvaneciera por completo, él saltó lo más alto posible y tomó con una fuerza descomunal el brazo de Jane.

El contacto físico actuó como un ancla violenta. Jane recuperó su solidez de golpe y cayó rendida de rodillas, pesada como el plomo, golpeando el suelo con un eco sordo. Cuando Alex se agachó para levantarle el mentón, retrocedió un paso, horrorizado por la visión. Los ojos celestes de Theresa, antes claros como el cielo pampeano, estaban inyectados en un rojo oscuro y gélido; de sus lagrimales brotaban hilos de sangre espesa que le surcaban las mejillas como cicatrices carmesíes.

—¿Qué está sucediendo? —le susurró Alex al oído, su voz temblando entre la furia por su propia impotencia y el miedo cerval a perder el envase de su amada—. Jane, mírame. Dime la maldita verdad de una vez.

Jane se soltó con un movimiento errático, alejándose de su tacto mientras negaba con la cabeza de forma frenética. Se puso en pie con dificultad, limpiándose con el dorso de la mano la sangre que manchaba su rostro perfecto. Una tos violenta la sacudió, obligándola a expulsar pequeñas gotas escarlatas que decoraron la comisura de sus labios.

—Falta el aura de Theresa... —logró decir entre jadeos, sosteniéndose de la pared para no colapsar—. Ella está muriendo en el otro lado, y como este cuerpo me rechaza con cada latido, yo moriré con ella. ¡Eso es todo! El equilibrio se ha roto para siempre.

Alex no permitió que la oscuridad la reclamara allí mismo. La tomó en brazos con la misma delicadeza con la que un padre carga a una niña pequeña que se ha quedado dormida en el sofá, pero con una firmeza que denotaba que no la soltaría ni ante la llegada del mismísimo Apocalipsis. Sus pasos eran lentos pero firmes, midiendo cada vibración para no lastimarla más, hasta que llegó a la enfermería de techos altos y olor a éter. La recostó en una cama desocupada, bajo la luz fría que hacía que el sudor de la joven brillara como rubíes líquidos.

—Todo estará bien —le prometió él, aunque por dentro sentía que su mundo se desmoronaba—. Traeré ayuda si es necesario. Te mejorarás, te lo juro por mi vida.

Jane soltó una carcajada ronca y amarga, teñida del sabor a hierro de su propia sangre.

—Nadie puede hacer nada, Alex... Ni humanos, ni demonios, ni ángeles. Solo la magia pura... la magia de las raíces puede curar un mal de almas como este —le tomó la mano con dedos que quemaban por la fiebre—. Lo siento mucho. Jamás debí hacer lo que hice... lo siento, Alex.

Él se soltó inmediatamente, abrumado por la culpa ajena, y comenzó a caminar de un lado a otro, recorriendo la habitación como un león enjaulado. "Magia", se repitió mentalmente. De pronto, se detuvo en el centro de la sala y una sonrisa de esperanza, casi maníaca, iluminó sus ojos azules. Se inclinó sobre la frente hirviente de Jane, notando con espanto que el sudor que la cubría era rojo como la sangre; era su propia esencia escapando por los poros.

—Magia... Conozco a la mejor bruja de toda Argentina —sentenció él con franqueza—. Alondra. Ella te curará y nos ayudará a recuperar el medallón de las manos de mi padre. Lo vamos a lograr, Jane.

Besó la frente ensangrentada de la joven con una ternura desesperada y salió de la enfermería con la cabeza en alto. Ya en el pasillo, extrajo su teléfono y marcó un número que quemaba en su memoria.

—¿Alondra? —preguntó apenas oyó la conexión—. Soy Alexander. Necesito tu ayuda. Necesito tu magia ahora mismo.

Al otro lado, una voz profunda y cargada de misterio respondió con una calma que erizaba la piel.

—¿Alexander? Así es, ya sabes quién soy. ¿Mi magia? ¿Para qué me necesitas tú, el hijo del patriarca?

—Dos hechizos, eso es todo. Me debes uno del pasado, y el otro te lo pagaré con lo que tú quieras —insistió él, su tono cargado de una urgencia que no admitía negativas.

—Ten cuidado, niño —la risa de Alondra sonó como el susurro del viento entre los sauces—. He oído a los espíritus. Una guerrera se está desatando y los mundos caerán, especialmente el de los humanos. Todo esto ha sido tu culpa por jugar con hilos que no debías tocar. Si tienes miedo, es porque ya no eres el Alexander que conocí.

—No tengo miedo —mintió él, apretando el aparato contra su oído.

—Entonces ven por mí si realmente quieres mi ayuda. Sabes dónde localizarme, pero no esperes que llegue rápido. Estoy ocupada y detesto este aparato —sentenció la bruja antes de que el sonido de un cristal rompiéndose indicara que había destruido su propio teléfono para obligarlo a buscarla en persona.

Mientras Alex se alejaba por los pasillos, sumido en sus planes de rescate, una sombra se despegó de la mampostería oscura cerca de la enfermería.

Dante, el guardián de los secretos que todos creían confinado a las profundidades, se movía ahora con una agilidad fantasmal por los conductos internos. Sus manos, envueltas en vendas sucias para ocultar las llagas del hierro bendito, temblaban levemente mientras observaba a través de una pequeña rendija la figura de Jane postrada en la cama.




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