Las calles de Buenos Aires se extendían como venas de asfalto frío bajo el cielo plomizo de marzo, una ciudad que respiraba ajena a la guerra silenciosa que latía en sus entrañas. Alexander y Camille caminaban con una urgencia que rayaba en lo frenético, sus abrigos ondeando como alas negras tras ellos mientras esquivaban transeúntes que, en su bendita ignorancia mortal, no percibían el aura de poder que emanaba de la pareja.
Se detuvieron en un callejón oculto de San Telmo, donde la realidad parecía doblarse sobre sí misma, revelando una zona irreconocible para el ojo humano. Allí se erigía "Llovizna", una discoteca cuya fachada de ladrillo visto y neones parpadeantes custodiaba la entrada a un refugio de tregua para toda clase de criaturas sobrenaturales.
El aire en esa zona era anormalmente gélido, un frío que calaba hasta los huesos de los vivos, pero que los ángeles, seres de esencia etérea, solían ignorar. Sin embargo, algo había cambiado en su naturaleza. Mientras cruzaban el umbral, Alex sintió una punzada de ansiedad; ya no eran los seres impasibles de antaño. Estaban arriesgando su linaje por un demonio, y esa capacidad de sentir —de temer por la vida de Jane y el alma de Theresa— era el pecado que los estaba humanizando de forma irreversible.
Al entrar, la atmósfera de "Llovizna" golpeó a Camille con la fuerza de un huracán sensorial. Bajo el hechizo de paz eterna de Alondra, que prohibía terminantemente el derramamiento de sangre en su recinto, monstruos y mitos bailaban en una armonía precaria.
Una fragancia densa a sangre, cuero y muerte antigua inundó las fosas nasales de la joven Cami, ahora agudizadas por su naturaleza lobuna. Ola tras ola de luces rosas, azules y verdes chocaban contra los cuerpos sudorosos que se movían al compás de un pulso electrónico. Por un instante, la loba en su interior aulló, tentada por la vibración que sacudía el suelo, deseando perderse en la locura de la pista y olvidar quién era.
—Nada de tonterías, Camille —sentenció Alex, su voz cortante como un bisturí sobre el ruido ensordecedor—. Sabes bien por qué estás aquí. Sabes por qué aceptaste convertirte en esto. No tenemos tiempo para perderlo con pequeñeces; cada segundo que pasa, el cuerpo de Tessa se vuelve un ataúd para Jane.
Él estaba al límite de su cordura. El ambiente cargado de magia oscura le oprimía el pecho, un dolor sordo que no lograba ubicar pero que lo consumía por dentro. Camille fijó sus ojos amarillos en los de su hermano y soltó una carcajada cargada de una ironía salvaje, una que Theresa jamás se habría atrevido a emitir.
—Alex, qué aburrido y petulante te has vuelto —gruñó ella, bajando el vestido rojo que se le subía por las caderas—. Seguro que con Theresa las cosas no eran tan monótonas. Con ella exploras cosas que conmigo son imposibles, lo sé todo, hermanito, no intentes mentirme con esa mirada de mármol.
Él frunció el ceño, sintiendo el calor de la rabia subir a su rostro, pero antes de que pudiera replicar, una presencia poderosa los envolvió. Alondra había detectado la vibración de un ángel y el rastro salvaje de una loba recién nacida.
La bruja bajó las escaleras con una elegancia depredadora, su cabello negro azabache moviéndose al compás de sus pasos decididos, y sus ojos turquesa brillaron con una luz maliciosa al enfocarse en Alexander. Al llegar frente a ellos, sus dientes blancos resplandecieron bajo los estrobos de la discoteca.
—Me trajiste un obsequio... qué encantador, Alexander —murmuró Alondra, clavando la mirada en Camille. A través del amarillo lobuno, la bruja logró ver el rastro de las esmeraldas originales de la joven ángel—. Tú, ve arriba con las de tu especie. Te divertirás. Cuando regrese de mi trato con tu hermano, te recompensaré como te mereces.
Alex vio con una mezcla de horror y culpa cómo su hermana se alejaba con otras lobas hacia los niveles superiores. Sin embargo, su atención fue captada por una figura que emergía de la multitud: Tood Wilmeroong. El ángel le guiñó un ojo a Alex con una complicidad que le revolvió el estómago, asegurando que protegería a Camille, pero Alex sabía que confiar en Tood era como confiar en el filo de una espada. Estaba en una encrucijada sin salida, sin saber distinguir ya el bien del mal.
—Te ayudaré —dijo Alondra, sacándolo de sus pensamientos—. Sígueme. Vamos a donde la música no llega y el aire pesa.
Alex la siguió con desgano, notando que con cada paso el lugar se volvía más oscuro y lúgubre. La música de la discoteca se desvaneció, reemplazada por un silencio sepulcral que parecía devorar el sonido de sus propios latidos. Ya no estaban en el local; estaban entrando en "El Olvido", una dimensión de bolsillo donde seres descartados por la historia se escondían entre las sombras del tiempo.
—¿A dónde vamos, Alondra? —preguntó él, su voz resonando en el vacío—. No me gusta el suspenso, y eso es exactamente lo que me estás dando.
Un bufido sonoro escapó de los labios de la bruja, un sonido que Alexander detestó al instante por su arrogancia.
—No te preocupes, angelito. No hagas una runa en tu cuerpo, solo pasa tu mano por la pared. Deja que tu luz divina prenda el camino... ¿O acaso un guerrero del cielo como tú tiene miedo a la oscuridad de mi casa?
—No tengo miedo —replicó él, aunque el ambiente de "luz negra" le erizaba la piel.
Alexander apoyó la palma sobre la piedra fría del túnel. Al contacto con su esencia celestial, un viento súbito recorrió el pasadizo y una serie de faroles se encendieron uno tras otro. El fuego no era cálido; emanaba una luz verde oscuro, fantasmal, que revelaba los rostros de piedra tallados en las paredes. Eran gárgolas que parecían vigilar cada paso.
—Muy bien, angelito —le guiñó un ojo Alondra, deteniéndose ante un altar de obsidiana—. El primer hechizo será para que el medallón regrese a su dueño legítimo, y el segundo para localizar el núcleo donde Jane se desvanece. Pero recuerda: en el Olvido, todo tiene un precio que no se paga con monedas.
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Editado: 06.04.2026