Alex creyó ver a alguien que no era y todo se volvió extraño de un segundo al otro.
Un pequeño gemido de protesta, agudo y cargado de una indignación que parecía centenaria, escapó de los labios de la joven que poseía aquellos ojos turquesa, ahora empañados por el polvo y la furia. Al notar que el hombre que la sujetaba con una fuerza de mármol era el mismo que le había lanzado tierra en su primer encuentro, la muchacha retrocedió con un espasmo de rechazo absoluto. Se separó inmediatamente, sintiendo que la proximidad de aquel ángel era una invitación al desastre, algo tan peligroso y definitivo como una catástrofe nuclear o el mismísimo fin de los tiempos.
Sin embargo, antes de que el espacio entre ellos se enfriara por completo, sus miradas se anclaron en un duelo silencioso. En ese instante, un extraño destello brotó de la conexión; no era dorado como la gracia pura, ni rojo como el fuego demoníaco. Era un destello incoloro, una frecuencia de luz tan pura y absoluta que, a la distancia, tomaba un matiz blanco cegador gracias a los faroles verdes que iluminaban el pasadizo. Fue un fenómeno mágico, un lenguaje de almas desterradas que ninguno de los dos había experimentado jamás, una chispa que parecía reconocer una tragedia compartida en la sangre.
El silencio que siguió fue denso, casi sólido, hasta que la muchacha decidió romperlo con un tono autoritario que no encajaba con su apariencia adolescente.
—No deberías atacar a las personas que viven aquí. No eres capaz de llegarnos ni a los talones, ángel del cielo —sentenció ella, irguiéndose con una dignidad que recordaba a las antiguas reinas—. ¿Quién eres tú para entrar en este santuario y qué haces aquí? Deberías tener mucho cuidado con nosotros; puede que poseas una excelente historia que te precede con cada paso orgulloso que das por la Fortaleza, pero a nosotros nadie nos conoce. Nadie sabe nuestros movimientos, ni nuestra verdadera historia. Somos el error en el sistema que ustedes intentaron borrar.
Alexander alzó ambas cejas, fascinado y repelido a la vez por la arrogancia de la niña. Retrocedió un paso, buscando recuperar el aire que parecía faltarle ante la energía estática que ella emanaba.
—Lamentablemente, ni yo mismo sé quién soy del todo en este momento —musitó él, forzando una sonrisa gélida que no llegó a sus ojos azules—. Pero estás asustada porque te vencí en ese pequeño arrebato en la entrada, y eso hiere tu orgullo. Tranquila, no acostumbro a lastimar a ángeles de mi estirpe, por muy extraños que sean sus tatuajes. Soy Alexander Lohan, y estoy aquí buscando ayuda desesperada. No les haré ningún daño si no me obligan a ello.
La joven lo miró fijamente durante un segundo eterno y, de pronto, soltó una carcajada estridente y carente de alegría que rebotó en las paredes de piedra húmeda. Para Alex, el gesto fue un insulto directo a su linaje.
—¿De qué te ríes con tanta saña? —exigió él, con el ceño hundido y los puños cerrados.
Ella lo observó con ojos de gato; radicalmente, su iris pasó del turquesa a un verde azulado profundo, el color de la esencia humana filtrada por una magia corrupta.
—Me resulta bastante gracioso oír que eres ese ángel, el heredero de la pureza —dijo ella con una diversión maliciosa que le heló la sangre—. Mis mejores amigas hablan de ti en las pijamadas de las catacumbas. Están todas muy pendientes de tus actos, "chico ángel". Oí que buscabas a Alondra con urgencia. Si ya le pediste el hechizo, debe estar en su sesión espiritual... o quizás ya subió a la discoteca. Ella no puede pasar mucho tiempo lejos de las "pequeñas de ojos amarillos"; son su punto débil, su obsesión privada.
El corazón de Alex dio un vuelco violento que le dolió en el esternón. Recordó a Camille, su pequeña hermana, a quien había entregado voluntariamente a la Sangre de Fenrir bajo la promesa de salvación. La había dejado atrás con Tood, confiando ciegamente en que la gracia del guerrero bastaría para protegerla de la depravación de "Llovizna".
—¿Dónde están las de ojos amarillos? —preguntó Alex, su voz ahora era un susurro quebrado por una preocupación que quemaba como ácido.
La jovencita alzó ambas manos en un gesto de despreocupación macabra.
—En una habitación privada, bajo la pista de baile. Alondra las encierra con una pequeña runa de contención hasta que todas entran en un celo inducido por la magia; se destruyen a sí mismas en esa locura salvaje, arrancándose la piel y la cordura. A Alondra le divierte ver cómo la naturaleza animal devora la voluntad. Luego, ella se encarga de recolectar lo que queda.
Alex se llevó ambas manos al cabello, desordenando sus mechones rubios en un gesto de puro horror. La imagen de Camille perdiéndose en ese frenesí sangriento lo golpeó con la fuerza de un rayo.
—¿Viste todo lo que me estás diciendo? ¿O son solo cuentos para asustar a los intrusos?
—Es la realidad de este lugar, Alexander. Muchas lobitas mueren antes del amanecer. Alondra me obliga a que yo misma les grabe una pequeña runa sobre el pelaje para que el proceso sea más lento... Eso es todo lo que recuerdo de las últimas noches. Muchos brujos tienen fetiches extraños con la pureza caída —se encogió de hombros con una indiferencia que revelaba que su alma ya estaba rota.
Él negó con la cabeza, queriendo expulsar aquellas palabras de su mente. No podía permitir que Camille fuera una cifra más en ese juego perverso.
—Estas son simplemente tonterías, delirios que no pueden ser reales. Excusas que inventaste para alejarme de Alondra.
—Claro, cree lo que quieras, ángel de luz —respondió ella, dándose la vuelta para alejarse hacia la oscuridad del túnel—. Suerte, la necesitarás más que a tu gracia, Alexander Lohan.
La joven se desvaneció entre las sombras con una sonrisa que Alex no alcanzó a ver, pero cuyos ecos resonaron en su cabeza como una condena. De pronto, el sonido de unos pasos pesados y decididos hizo vibrar el suelo arenoso del pasadizo.
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Editado: 06.04.2026