2. Oscuros: El poder del olvido

15. Aléjate de mí

Las jóvenes ángeles permanecían inmóviles, sus miradas ancladas en el horror que se desplegaba ante ellas. Aunque la casta celestial solía mantener una compostura gélida ante el dolor, ver a un semejante quebrarse de esa forma era una visión nauseabunda.

En el mundo de los ángeles, la enfermedad era un concepto casi alienígena, una debilidad que los hacía parecer vulnerables, casi humanos. Se decía entre los pasillos que los ángeles, al enfermar, perdían toda su arrogancia guerrera y se volvían frágiles como niñitas; especialmente los hombres, quienes bajo el peso de la fiebre solían abandonar su máscara de acero. Pero lo de Theresa no era una simple debilidad. Era una descomposición sistemática del alma.

Jane, o la esencia oscura que habitaba el cuerpo de Tess, se volvió a recostar tras el violento episodio de los vómitos de sangre. Sus movimientos eran mecánicos, desprovistos de conciencia, como si su espíritu estuviera siendo arrastrado a una dimensión de sombras mientras su envase físico se marchitaba.

Camille observaba la escena con el corazón encogido. Le aterraba el destino de su mejor amiga, pero una parte egoísta y profundamente humana de su ser no podía evitar pensar en Tood, el hermano de la enferma. Tood, el ángel que siempre había sido el protagonista de sus sueños más silenciosos, y quien, para su desgracia, parecía verla solo como una pieza más del mobiliario de la biblioteca del Instituto.

—¿Qué está pasando aquí? —preguntó la enfermera jefe, su voz cargada de una ansiedad agobiante que llenaba la habitación esterilizada—. Es biológicamente imposible. Según los últimos análisis de gracia que le realicé, ella debería estar en pie, participando en la misión que Gabriel Lohan encomendó a los guerreros esta mañana.

Camille, cuya piel pálida resaltaba sus ojos verde esmeralda empañados por el llanto, se levantó con esfuerzo de su propia cama de reposo. Ignorando el mareo que aún la perseguía tras su traumático encuentro con las lobas en el refugio de Alondra, tomó una escoba para limpiar el rastro carmesí del suelo. Sin embargo, ambas mujeres soltaron las herramientas al unísono cuando notaron que el fluido no se había esparcido al azar.

La sangre se había coagulado formando una runa demoníaca de diseño complejo: trazos alargados, dos puntas afiladas en el centro y una estrella de cinco picos invertida al final. Era una geometría del infierno, una caligrafía que ningún ángel debería ser capaz de escribir, y mucho menos con su propia vida.

—Iré a la biblioteca —sentenció Camille, con el ceño fruncido y una chispa de determinación—. Hay un volumen en la sección restringida sobre simbología externa que podría darnos una respuesta a esta oscuridad.

Al salir, la urgencia de sus pasos la llevó a chocar de frente contra un pecho firme y cálido en la esquina del pasillo. Al alzar la vista, se encontró con los ojos de Tood. Camille retrocedió instintivamente, sintiendo el calor subir por su cuello mientras mantenía una distancia prudente.

—Lo siento... ¿fuiste por Alex? —preguntó ella, intentando recuperar una frialdad que ocultara su preocupación.

Sabía que entre Tood y su hermano la tensión era una cuerda a punto de romperse, pero Alexander era su sangre y necesitaba saber que no había sido devorado por el Olvido.

—Iré por él —murmuró Tood, observándola con una intensidad que la hizo estremecer.

En un arrebato de valentía que nunca creyó poseer, Camille se puso de puntillas y dejó un beso fugaz y cálido en la mejilla del ángel.

—Gracias por salvarme... y por favor, trae a mi hermano de vuelta —susurró antes de huir hacia el santuario de los libros.

Tood se quedó allí, estático, tocando la zona de su rostro donde el calor de los labios de ella aún persistía.

La biblioteca del Instituto era un laberinto de estanterías que ascendían hacia techos infinitos, ocultos tras tapices que narraban guerras milenarias de estrellas y espadas. Camille buscó con desesperación hasta que divisó el lomo de cuero negro de un libro antiguo en la estantería más alta, fuera de su alcance. Frustrada, regresó sobre sus pasos y encontró a Tood todavía cerca, observándola sin descaro.

—¡Tood, ayúdame! —exclamó, tomándolo de la muñeca y arrastrándolo hacia el interior.

Tood alcanzó el libro con una facilidad insultante, pero en lugar de entregárselo, lo escondió tras su espalda. Una sonrisa pícara, impropia de un guerrero del cielo, iluminó su rostro.

—No tengo tiempo para juegos, Tood. Dame el libro ahora mismo —ordenó ella.

—Te lo daré —respondió él, acercándose peligrosamente—, pero quiero un beso. Uno de verdad.

El corazón de Camille martilleó contra sus costillas. Ella jamás había besado a nadie; había guardado ese momento para un ideal que ahora se veía forzado por la urgencia de salvar a Jane.

—Está bien —susurró con un pánico que la estaba matando lentamente.

Se puso de puntillas y cerró los ojos, pero sintió los labios de Tood sobre su frente.

—Bésame en los labios, Camille —pidió él con voz ronca.

Ante la insistencia, ella cedió. Al principio fue un choque torpe, un encuentro de labios rosados y carnosos contra la firmeza de los de él. Cuando Tood comenzó a profundizar el beso, Camille sintió un pánico repentino y lo separó con brusquedad.

—¡Aléjate de mí! —murmuró, sintiendo una picazón extraña en la boca.

—Cami, escucha... me gustas —confesó Tood, bloqueándole la salida—. Yo te enseñaré, pero no me odies. Es como la primera vez que trazas una runa: al principio sale mal, pero con práctica queda perfecto.

Él volvió a acercarse, esta vez con una ternura que desarmó a la joven. Bajo el aliento cálido de Tood, Camille cerró los ojos esmeralda y se dejó llevar. Fue un intercambio lento, húmedo y profundo que la dejó sin aliento. Cuando se separaron, ella sonrió de lado, con los labios hinchados y el pulso acelerado.

—Mejoramos, ¿no? —bromeó Tood, soltando una carcajada al ver su confusión—. Esa picazón es normal, es tu cuerpo aceptando a alguien más. Ya pasará.




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