Horas antes en las profundidades del Olvido...
El aire en el taller de Alondra estaba saturado de un olor a metal quemado y azufre antiguo. Sobre el yunque de piedra, el maravilloso medallón ya se encontraba listo; una pieza de ingeniería mística tan perfecta que desafiaba la mirada de cualquier experto. Era idéntico al original: los mismos grabados celestiales, el mismo peso de plata bendita, la misma frialdad que quemaba al tacto.
Alondra lo sostenía entre sus manos pequeñas y pálidas, pero su mente era un hervidero de dudas. ¿Por qué Alexander no regresaba? El ángel debería haber reclamado su réplica y el último hechizo pendiente hace tiempo.
Una sospecha gélida recorrió su columna: algo había salido mal en la fiesta de la planta alta. Con un movimiento rápido, se colgó el medallón al cuello y lo ocultó bajo sus ropajes de seda oscura. Si algún habitante del submundo descubría que una bruja de su prestigio trabajaba para la estirpe de los Lohan, su popularidad —su única moneda de cambio en ese pozo de depravación— desaparecería. Se hundiría en lo más profundo de su propia alma detestable, una que a veces ella misma olvidaba que poseía.
Comenzó a subir hacia la discoteca con cautela, pero antes de llegar, un sonido agudo y desgarrador fracturó el ambiente. La alarma demoníaca se había activado. Alondra no era una guerrera; solo llevaba hechizos sutiles bajo la manga, trucos de salón comparados con la fuerza bruta que estaba por desatarse. El aire se volvió pesado, con un aroma nauseabundo y putrefacto que solo los demonios de sangre pura emitían.
Escondida tras un aparador de caoba, observó las sombras. Demonios de ojos negros como el petróleo se movían entre los invitados, pero hubo uno que le detuvo el corazón: un ser de ojos azules eléctricos, una anomalía en la oscuridad.
—Un Oscuro... —susurró Alondra, sintiendo el peso del pavor en su garganta.
Luke Harper Rose lo escuchó. Con una sonrisa retorcida que lo hacía parecer un psicópata escapado de un infierno personal, se teletransportó frente a ella antes de que pudiera dar un paso. Sus manos, frías como cadáveres, apretaron los hombros de la bruja.
—Pequeña bruja, no irás a ningún lado con ese juguete —siseó Luke. Sus ojos brillaron con una malicia antigua mientras señalaba el bulto bajo su ropa—. ¿Es esta Jane? —preguntó, volviéndose hacia la figura que lo acompañaba.
De las sombras emergió una joven que lucía el rostro de Janette Mitchell, pero cuyos movimientos poseían la elegancia altiva de un ángel. Era Theresa Wilmeroong, habitando la carne del demonio con una naturalidad aterradora. A diferencia de la Jane que se desangraba en el Instituto, esta versión de Tessa rebosaba una energía oscura y vibrante.
—¿Qué hace una bruja de tu clase con mi medallón tan preciado? —preguntó Tessa, su voz sonando como seda y espinas.
Alondra, atrapada en su propia red de mentiras, tragó saliva.
—Hice lo mejor posible para que no le sucediera nada... —mintió, intentando ocultar que el objeto era una falsificación.
El caos se intensificó. Cerca de allí, un demonio menor torturaba a un Alexander Lohan capturado. Los gritos del ángel cortaban el aire, pero antes de que el verdugo asestara otro golpe, Tessa intervino. Se interpuso entre el demonio y el hombre que tanto amaba, protegiéndolo con una ferocidad que desconcertó incluso a Luke.
—¡No lo toquen! —exclamó ella.
Sus ojos buscaron los de Alex, y por un segundo, lágrimas humanas empañaron su fachada demoníaca. Alexander la miró con una mezcla de horror y reconocimiento, negando con la cabeza. Él sabía que esa no era la Jane que buscaba; era su amiga, perdida en un juego de espejos.
—¿Qué está pasando aquí, Tessa? —preguntó Luke, con el ceño fruncido ante la muestra de debilidad.
—Nada, Luke —respondió ella, forzando una sonrisa y abrazándolo con una delicadeza que ocultaba sus verdaderas intenciones.
En un parpadeo, aprovechando la confusión, Alondra y Alexander desaparecieron entre las sombras, escapando hacia la salida secreta. Tessa observó el lugar donde habían estado y luego se giró hacia Max Mitchell, el hermano mayor de Jane, quien acababa de entrar en la sala.
—¡Lo logramos! —exclamó Tessa, abrazando a Max con una fuerza que buscaba convencerlo de su identidad.
Max estaba rodeado de sus hermanos demoníacos, todos celebrando el supuesto regreso de Jane. Sin embargo, mientras sostenía a la joven, una duda punzante comenzó a crecer en su interior. La fragancia del alma no coincidía. Aquella no era su hermana Jane; era la ángel Tessa usando la carne de su hermana como un disfraz de lujo.
Era la ironía más cruel de la guerra: mientras Jane Mitchell agonizaba en una cama de enfermería, consumida por la pureza del cuerpo de Theresa, la verdadera Tessa Wilmeroong se deleitaba en la oscuridad, jugando a ser reina entre monstruos.
A los demonios les encantaba ver a "Jane" feliz, pero Max sabía que el mundo oscuro estaba a punto de colapsar, porque las mentiras tejidas con sangre de ángel siempre terminaban por asfixiar a quien las portaba.
Desde la viga más alta del salón, Dante observaba el reencuentro con un desprecio absoluto. Había visto el cambio de medallones, había visto la traición en los ojos de Tessa y la debilidad en el corazón de Alexander. Sus manos vendadas se cerraron sobre una de las copas de cristal que Alondra había usado horas antes.
—Creen que han ganado un cuerpo, pero han perdido el alma —murmuró Dante para sí mismo—. Gabriel no tardará en notar que su hija ha sido suplantada, y cuando los ángeles reclamen lo que es suyo, ni siquiera Max podrá proteger este nido de víboras.
Dante se dejó caer hacia las sombras exteriores, siguiendo el rastro de Alexander y Alondra. Sabía que el medallón falso era la clave para entrar al Instituto sin ser detectado. El suspenso vibraba en el aire como una cuerda de violín a punto de romperse; la guerra no vendría de fuera, nacería de la confusión de quienes no sabían quiénes eran realmente.
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Editado: 06.04.2026