El aire en la habitación de Gabriel Lohan estaba viciado por el aroma a sándalo y el rastro químico de los somníferos. Gabriel abrió los ojos con una lentitud penosa; el mundo giraba en un remolino de sombras y luces filtradas por los pesados cortinajes de terciopelo. Su cabeza palpitaba con un ritmo sordo, un eco de la traición que se había gestado en la mesa de té. Su ceño, marcado por décadas de batallas celestiales, se frunció con una rigidez aterradora.
No lograba comprender la bruma que envolvía sus sentidos. Momentos antes, la porcelana inglesa brillaba bajo la luz de la tarde y, de repente, la negrura lo había reclamado. Se encontró sentado en el borde de la cama, luchando contra la náusea y la desorientación. Frente a él, como dos estatuas de sal, se encontraban sus hijos.
Gabriel los observó con sus ojos oscuros, dos pozos de sabiduría antigua rodeados por las arrugas que solo los siglos de guerra pueden labrar. Eran los ojos de un ángel guerrero, un ser diseñado no para la diplomacia ni para el consuelo, sino para la matanza sagrada en el nombre de Dios.
Gabriel poseía un lado oscuro, una sed de combate que lo convertía en una leyenda en el campo de batalla, pero en una sombra ausente dentro de su propio hogar. Para Alexander y Camille, esa perfección marcial era un muro infranqueable; no tenían un padre, tenían un comandante.
Sin embargo, tras la armadura de escamas plateadas y el corazón endurecido por la pérdida de su esposa —una herida que supuraba soledad cada noche—, Gabriel guardaba un secreto: se desvivía por ellos. Amaba a Alexander y a la pequeña Camille con una intensidad que lo aterraba, un amor que lo hacía vulnerable en un mundo de monstruos. Y fue precisamente por ese vínculo que, incluso a través del velo del sueño inducido, sus poderes celestiales le susurraron la verdad. Él conocía el plan. Sabía del robo del medallón. Pero, por ahora, decidió mantener el arma envainada.
El silencio en la habitación era un ente vivo, denso y desagradable. Nadie se atrevía a dar el primer paso en aquel entorno saturado de dolor y sospecha. Alex miró fijamente a Camille; ella, con un leve asentimiento y el corazón martilleando contra sus costillas, decidió que era momento de retirarse. Su labor en la enfermería la reclamaba, y la tensión con su padre era un peso que ya no podía sostener.
—¿Qué está sucediendo? —preguntó Gabriel por primera vez, su voz era un trueno contenido que hizo vibrar los cristales de la habitación.
Con la salida de Cami, solo quedaron los dos hombres. Alexander se cruzó de brazos, irguiendo su espalda con una rebeldía que disfrazaba su miedo.
—Sé que algo sucedió —continuó Gabriel, clavando su mirada en el hijo mayor—. Mientras estuve inconsciente, tuve un sueño. Una visión que se sintió como una revelación de fuego. Solo espero, por tu bien, que haya sido un simple delirio de la droga y nada más.
—¿Una revelación? ¿Algo divino? —Alex arqueó una ceja, tratando de mantener la voz firme—. ¿Qué pudiste haber soñado en ese estado, Gabriel?
El ángel guerrero se puso en pie, su imponente estatura proyectando una sombra que devoraba la mitad del cuarto. Aunque sus piernas aún flaqueaban, su presencia seguía siendo devastadora. Se acercó a su hijo, dejando que el silencio volviera a estirarse hasta casi romperse.
—Si no me cuentas la razón de mi desmayo y lo que me arrebataron mientras dormía, yo no diré ni una sola palabra —sentenció Gabriel—. Y créeme, Alexander, tengo muchas verdades guardadas que ya es hora de sacar a la luz. Verdades sobre el linaje Mitchell que podrían incinerar este Instituto.
Fuera de la habitación, oculto por un hechizo de desvío que lo hacía invisible incluso para los sentidos agudizados de los ángeles, Dante permanecía pegado a la pared de piedra. Sus manos vendadas acariciaban el pomo de una daga antigua mientras escuchaba la confrontación entre padre e hijo.
Dante sabía lo que Gabriel callaba. Sabía que la "revelación" no era un sueño, sino el aviso de que el ancla del Instituto se había roto. Sin el medallón real en el cuello de Gabriel, la protección de la Fortaleza comenzaba a agrietarse.
—Tan predecibles —susurró Dante para sí mismo, su voz apenas un suspiro de aire frío—. Gabriel cree que tiene el control, y Alexander cree que tiene la cura. Ninguno entiende que el Oscuro no está esperando afuera... ya está respirando en los pasillos.
Dante vio a Camille pasar corriendo por el pasillo hacia la enfermería y sonrió con una amargura que le deformó el rostro. La pieza final estaba por moverse. Si Gabriel hablaba, el plan de Alex se desmoronaría; si Gabriel callaba, el Instituto caería. Dante comenzó a caminar hacia el despacho de Gabriel, aprovechando que el guerrero estaba distraído con su hijo. Había algo en esa oficina, un documento sellado con sangre, que Dante necesitaba antes de que la guerra total estallara.
—Discutan, ángeles caídos en su propia soberbia —murmuró Dante desapareciendo en un rincón de sombra—. Mientras ustedes buscan la verdad, yo me llevaré la llave de su destrucción.
Alexander salió de la habitación de su padre con el corazón galopando contra sus costillas. Sentía el medallón auténtico arder contra la palma de su mano, una vibración sagrada que parecía juzgar sus intenciones con cada paso que daba por los pasillos de piedra. Al llegar a la enfermería, el aire se sentía más pesado, cargado de un olor a ozono y a algo metálico, como la sangre vieja.
Camille lo esperaba junto a la cama, con el rostro pálido y los ojos fijos en la figura de Jane, que yacía entre las sábanas blancas como una mancha de sombra en un altar. La joven demonio respiraba con dificultad, sus párpados temblaban y un sudor frío perlaba su frente.
—Hazlo de una vez, Alex —susurró Camille, aunque su voz denotaba una duda que no se atrevía a nombrar—. Si el medallón de Gabriel tiene el poder de restaurar la gracia, este es el momento.
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Editado: 06.04.2026