2. Oscuros: El poder del olvido

20. La batalla

El viento que azotaba los ventanales del comedor traía consigo el aroma dulzón y fúnebre de las flores de jacarandá marchitas. Dentro, la tensión familiar había mutado en algo más peligroso: una desesperación que erizaba la piel. Alexander permanecía de pie, con la mano llagada por el medallón, mirando a su padre como si fuera un extraño que habitaba el cuerpo de un dios.

—¡Nos mentiste! —rugió Alexander, su voz quebrando el cristal de una copa cercana—. Nos hiciste rezar a un trono vacío mientras nuestro Creador se pudría en el jardín, convirtiéndose en madera y savia para sostener nuestras alas hipócritas. ¡Todo este Instituto es una mentira construida sobre una planta moribunda!

Gabriel Lohan no retrocedió. Su rostro, surcado por las sombras de los candelabros, recuperó la rigidez del mármol. Sus ojos oscuros centellearon con un fuego que no era de este mundo.

—¡Lo hice para preservarlos! —replicó Gabriel, golpeando la mesa con tal fuerza que la madera crujió—. La verdad los habría consumido. ¿Qué ángel vuela con alegría sabiendo que su Dios es un árbol que pierde sus hojas con cada pecado? Mantuve el secreto para que la luz siguiera teniendo un propósito. ¡Para que ustedes tuvieran un hogar!

Camille, sollozando en un rincón, levantó la vista con el rostro bañado en lágrimas.

—¿Un hogar, padre? ¿O una jaula de cristal donde vigilabas a Jane esperando que el Vacío no nos devorara? No somos tus hijos, somos tus soldados en una guerra que ya perdimos.

Dante, que había permanecido en la periferia de la luz como un buitre acechando una carroña, soltó una carcajada seca y carente de humor. Sus pasos insonoros lo llevaron hacia el centro del salón, justo detrás de la silla de Gabriel.

—Qué conmovedora tragedia griega —siseó Dante, despojándose de la última capa de su calma fingida—. El padre que se cree Dios, el hijo que busca una redención que no existe y la niña que descubre que su fe es solo polen al viento. Pero se acabó el tiempo de las discusiones, Gabriel. El Jacarandá está muriendo, y tú eres el único clavo que mantiene la puerta cerrada.

En un movimiento que desafió la percepción angelical, Dante extrajo de entre sus vendas una daga de obsidiana, negra como el corazón de Tamara. El aire alrededor del arma pareció succionar la luz. Con una agilidad espectral, se lanzó hacia la garganta de Gabriel, buscando terminar con el linaje de los Lohan de un solo tajo.

—¡Muere con tu árbol, hermano! —gritó Dante.

Pero Gabriel Lohan no era solo un administrador de secretos; era el General de las Huestes. Antes de que el acero oscuro tocara su piel, Gabriel giró sobre su eje con una potencia devastadora. Su espada angelical, invocada desde el éter, materializó una hoja de fuego blanco que iluminó el comedor con la intensidad de un sol naciente.

El choque del acero sagrado contra la obsidiana produjo un estallido que lanzó a Alexander y Camille contra las paredes. Gabriel, con el rostro transfigurado por una furia divina, bloqueó el ataque y, en un contraataque fluido y mortal, hundió su espada en el pecho de Dante.

El proscrito quedó suspendido en el aire por un segundo, atravesado por la luz. Un grito desgarrador, que no parecía humano ni angelical, escapó de sus labios mientras su cuerpo comenzaba a desintegrarse en chispas negras. Gabriel sostuvo la empuñadura con firmeza, obligando a Dante a mirarlo a los ojos mientras su esencia se desvanecía.

—Tu oscuridad no tiene lugar en mi mesa —sentenció Gabriel con una frialdad absoluta.

Dante, con la sangre negra brotando de sus labios, soltó una última risa débil. Con un esfuerzo agónico, sujetó la túnica de Gabriel y lo atrajo hacia sí. Su voz, ahora un susurro que solo Gabriel podía escuchar con claridad, pero que resonó en la mente de Alexander como un eco lejano, pronunció las palabras que sellarían el destino de todos:

“El árbol no es el cuerpo, Gabriel... es la prisión. Cuando la última flor caiga, lo que saldrá de sus raíces no será tu Dios, sino el hambre de Castiel reclamando su corona. Jane no es la reencarnación... es el sacrificio necesario para que el Jacarandá abra sus fauces.”

Dante se desintegró por completo, dejando tras de sí solo un rastro de sus alas y un silencio sepulcral. Gabriel retiró su espada, su respiración agitada y su mirada perdida en las cenizas de quien fuera su mayor enemigo.

Alexander miró hacia la ventana. Fuera, en el jardín, el Jacarandá violeta soltó una ráfaga masiva de flores. El aire se volvió púrpura. La profecía había cambiado de forma, y el miedo que sintió Alex fue mucho más real que cualquier guerra que hubiera imaginado.

El estruendo de la desintegración de Dante aún vibraba en las paredes del comedor cuando un segundo impacto, mucho más violento, sacudió los cimientos del Instituto. No era un trueno; era el sonido de las puertas sagradas siendo reducidas a astillas de roble y bendición.

Alexander no esperó a que su padre diera una orden. Con el corazón martilleando contra sus costillas y el medallón quemándole el bolsillo, salió disparado hacia los grandes ventanales. Al saltar al balcón que daba al patio central, el horror lo dejó sin aliento.

El jardín, antes un santuario de paz, se había convertido en un campo de exterminio. El cielo sobre Buenos Aires se había tornado de un color violeta hematoma, y desde las sombras de los muros, decenas de demonios de alto rango —criaturas con armaduras de hueso y ojos de fuego fatuo— brotaban como una plaga.

En el centro de la carnicería, bajo la copa agonizante del Jacarandá, se erguía él.

Luke Harper Rose caminaba con una parsimonia aterradora, su gabardina negra ondeando como las alas de un cuervo. A su lado, flanqueándolo como una reina de guerra, caminaba una figura que hizo que a Alexander se le helara la sangre: Theresa. Pero no era su Tessa. Sus movimientos eran felinos, depredadores; sus ojos, antes cargados de dulzura, ahora destellaban con la malicia antigua de Jane.




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