2. Oscuros: El poder del olvido

Epílogo

El estruendo de la batalla se detuvo como si el universo hubiera contenido el aliento. En el epicentro del caos, bajo las ramas esqueléticas del Jacarandá que goteaban savia violeta como sangre real, el destino se decidió en un parpadeo de acero y plata.

Alexander, con la armadura destrozada y el rostro surcado por el hollín, se abrió paso entre la horda de demonios. Sus ojos no buscaban la gloria, sino la redención. Frente a él, la figura que portaba el rostro de Jane —pero la Gracia de Theresa— permanecía impasible al lado de un Luke Harper Rose que ya saboreaba la victoria.

—¡Tessa! —rugió Alex, pero no fue un grito de guerra, sino una señal.

En un movimiento coreografiado por la desesperación, Alexander lanzó un objeto que brilló con una intensidad cegadora en el aire: el medallón real de la joven, el auténtico, recuperado del caos del comedor. Al mismo tiempo, desenvainó su propia espada angelical y la arrojó a los pies de la joven.

Luke soltó una carcajada triunfal, creyendo que el ángel se rendía ante su reina.

—¿Entregas tus armas, Lohan? Sensato, aunque un poco tarde.

—Nunca es tarde...

Pero el error de Luke fue subestimar la conexión que ni siquiera el Vacío podía romper. En el momento en que la joven Theresa (cuya conciencia luchaba por emerger desde las profundidades del cuerpo de Jane) tocó el medallón real, una descarga de pureza absoluta recorrió su sistema. La luz del objeto actuó como un faro, permitiendo que la verdadera Theresa Wilmeroong tomara el control de sus extremidades por un único y agónico segundo.

Con un movimiento fluido y letal, Theresa aferró la espada angelical de Alexander. El metal bendito reconoció la mano de quien amaba al ángel y se encendió con un fuego blanco que evaporó las sombras circundantes.

—Por el amor que me tuviste... y por el que yo te tengo —susurró la voz de Theresa, superponiéndose a la de Jane.

Antes de que Luke pudiera reaccionar, Theresa hundió la hoja sagrada directamente en el pecho del Oscuro, justo donde latía su corazón de sombras. Al mismo tiempo, presionó el medallón real contra la herida abierta.

El grito de Luke Harper Rose no fue humano; fue el sonido de una montaña de cristal rompiéndose. La combinación de la espada y la reliquia real de Gabriel creó una reacción en cadena de luz pura que comenzó a desintegrar la esencia de Luke desde adentro. El líder de los demonios cayó de rodillas sobre el césped cubierto de flores de jacarandá marchitas, su gabardina negra deshaciéndose en cenizas.

—No... esto no es... la profecía... —jadeó Luke, mientras sus ojos azules se tornaban grises y apagados. Sus manos buscaron inútilmente las raíces del árbol, pero solo encontraron tierra seca.

Luke se desplomó pesadamente, agonizando sobre el manto violeta del jardín. La oscuridad que lo rodeaba se disipó, dejando tras de sí un vacío ensordecedor.

Arriba, en la enfermería, el latido carmesí en el vientre de la rubia Tessa se detuvo en seco. Max, que sostenía la mano de su hermana, sintió cómo la temperatura de la habitación descendía drásticamente. El vínculo se había roto. El sacrificio de la espada y el medallón había sellado la puerta, pero el precio estaba por cobrarse.

Alexander corrió hacia Theresa, quien cayó exhausta tras el golpe final. El Jacarandá violeta soltó su última hoja, que descendió lentamente hasta posarse sobre el pecho inerte de Luke. Con ese último pétalo, el brillo del árbol se apagó por completo. Dios, en su forma de madera y flor, había guardado silencio absoluto.

La guerra había terminado, pero al mirar el horizonte de Buenos Aires, Alexander supo que el mundo que conocían se había marchitado junto con el árbol. El Vacío no había ganado, pero la Luz... la Luz se había quedado sin voz, al menos por ahora.

El campo de batalla, antes un escenario de desolación y muerte, se sumergió en un silencio místico. Alexander, arrodillado junto a Theresa, levantó su espada rota hacia el cielo, y como si un solo pensamiento recorriera la mente de cada guerrero alado, los ángeles supervivientes imitaron su gesto.

Gabriel Lohan lideró el rito. Las espadas de acero celestial se elevaron al unísono, y una columna de luz pura, más brillante que cualquier amanecer, brotó de sus hojas. La energía no se dirigió contra los demonios, sino que envolvió el tronco retorcido y seco del Jacarandá. El resplandor fue tan intenso que los enemigos retrocedieron, cegados por la frecuencia divina que emanaba del sacrificio colectivo.

Bajo esa luz, ocurrió el milagro. La savia violeta comenzó a fluir de nuevo por las grietas de la corteza, las ramas se estiraron con un crujido de vida renovada y miles de flores de jacaranda brotaron en un estallido de color amatista. El árbol sagrado, la prisión y cuerpo de Dios, volvía a respirar.

En el suelo, la última hoja de jacarandá que había caído sobre el corazón de Luke Harper Rose comenzó a brillar con una intensidad propia. La vida del árbol, imbuida de la gracia de los ángeles, penetró en el pecho del Oscuro. Sus heridas se cerraron y el color regresó a su piel, pero Luke no abrió los ojos. No hubo un despertar heroico ni una palabra de redención.

En un parpadeo de sombras y pétalos violetas, el cuerpo de Luke se desvaneció, dejando solo un rastro de ceniza fría en el césped.

Mientras tanto, en el interior del Instituto, el caos no había terminado. Max, con el corazón en la garganta, sostenía el cuerpo inconsciente de la rubia Theresa Wilmeroong —quien en su interior albergaba el alma de Jane y la latente oscuridad de su bebé—. Antes de que Alexander pudiera llegar a la enfermería, una sombra densa envolvió la habitación.

Max, actuando bajo una influencia que ni él mismo comprendía, cargó a su hermana con una fuerza sobrenatural. En el umbral de la ventana, Luke Harper Rose reapareció por un segundo, convertido en un espectro de pura voluntad. Sin mediar palabra, Luke extendió su mano hacia Max.




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