Las manos de Janette Mitchell eran pequeñas, delicadas y suaves, pero en aquel instante se teñían de un carmesí viscoso que goteaba sin tregua sobre el mármol. El rojo de sus dedos era tan profundo y vibrante como el vino tinto de una noche de invierno, una imagen que en otro tiempo habría evocado una fogata acogedora y la lectura de un libro melancólico, de esos que arrancan lágrimas con apenas un par de páginas. Sin embargo, no había poesía en este cuadro. Sus largos dedos, ahora lastimados, temblaban con una desdicha que nacía de lo más profundo de su ser. Janette sabía que lo que acababa de ocurrir era el punto de no retorno; el peso de la verdad y de su propio accionar la asfixiaba más que el corsé de su vestido nupcial.
Allí estaba ella, con los ojos anegados en lágrimas y el corazón esparcido por el suelo, aplastado simbólicamente por la multitud que corría despavorida alrededor del altar. El caos era absoluto. Los gritos de los cortesanos desgarraban el aire con una sentencia que parecía imposible: «¡El Rey ha muerto!».
Aquella frase, que para muchos significaba el fin del mundo, para Jane era el combustible de una esperanza agónica. Necesitaba encontrar a su amor, necesitaba que Luke regresara para decirle que todo aquel horror había valido la pena.
Con una frialdad que la asustaba, limpió el exceso de sangre sobre la tela blanca del vestido, aquella pieza de alta costura mística que Olivia, su dama de compañía, había confeccionado con hilos de magia. Pero la mancha no cedía; la sangre del Rey Jeremy se aferraba a las fibras como un pecado original que no se borraría ni con mil lavados.
Janette aún estaba asimilándolo.
En los rincones oscuros de su mente, la culpa se transformaba en reproche: nada de esto habría pasado si Luke no se hubiera marchado. Si él estuviera a su lado, ella no habría tenido que hundir el acero en el pecho del hombre que pretendía poseerla. Quizás era el destino, una tragedia escrita en las estrellas desde el momento en que pisaron la academia.
El estruendo de las armaduras medievales chocando entre sí resonó por los pasillos, una sinfonía metálica que Janette reconoció como la señal de huida.
Los guardias reales se acercaban.
Cerró los ojos con fuerza, invocando el último rastro de su energía, y se desvaneció en el aire.
Apareció en lo que parecía ser la Academia, pero el aire allí se sentía distinto: rancio, cargado de una estática que anunciaba el abandono. Sin perder un segundo, Janette desgarró con brusquedad la falda del vestido que le impedía correr.
Con las piernas libres, se lanzó hacia el laboratorio, el antiguo santuario donde alguna vez estudió las leyes del poder. Necesitaba una barrera. Una protección definitiva que sellara el mundo de los demonios, el mundo de los Oscuros, y lejos de la prole de Jeremy.
Sus manos se movían con una velocidad frenética, recolectando los ingredientes del sacrificio: dos espejos enfrentados, una rosa negra y la sangre de los cónyuges. Tomó un cuchillo quirúrgico y trazó un corte preciso en su antebrazo. El líquido vital fluyó, bañando el cristal de los espejos, los pétalos de la rosa y los restos del vestido que aún conservaban la esencia del Rey muerto.
—Dostri —susurró, y su voz vibró con una autoridad ancestral.
Un humo negro, espeso y magnífico, emergió de la mezcla.
Era su propio sello, una creación nacida del dolor y la desesperación que parecía cobrar vida propia.
Janette tomó los espejos y corrió hacia la puerta principal del instituto. Lanzó los artefactos al aire y, por arte de magia, estos ascendieron hasta quedar suspendidos en el firmamento. En segundos, el cielo se tiñó de un azabache absoluto y la luna se transformó en un disco rojizo y sangriento. Había invocado el Fuego del Dragón, un hechizo de defensa total que consumía la atmósfera misma.
Los guerreros de Jeremy ya estaban allí. Sus armaduras de hierro brillaban bajo la luna roja, y aunque sus rostros estaban ocultos por yelmos cerrados, Janette podía ver el destello azul de la furia en sus ranuras de visión.
El miedo la atenazó, haciendo que sus manos temblaran, pero se detuvo cuando el primer soldado intentó cruzar el umbral. Antes de que el hombre pudiera dar un paso, la barrera invisible lo desintegró en un destello de cenizas.
Una sonrisa amplia y amarga se dibujó en los labios de la bruja. Tenía el control.
Regresó a la Academia con el corazón acelerado, esperando encontrar refugio en los suyos, pero el silencio que la recibió fue devastador.
Corrió por los pasillos gritando nombres que solo el eco le devolvía.
No había nadie.
Ni un solo demonio, ni un rastro de sus amigos.
La pequeña bruja se quedó en medio del salón principal, rodeada de sombras.
¿Dónde estaban todos? ¿Acaso su sacrificio los había salvado o los había condenado a un lugar donde ella no podía alcanzarlos?
Janette Mitchell estaba sola, y el peso de su nueva corona de sangre apenas comenzaba a sentirse.
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Editado: 06.04.2026