Hay personas que abandonan los lugares donde nacieron.
Otras permanecen allí toda su vida.
Nunca entendí cuál de las dos opciones era más difícil.
Durante mucho tiempo pensé que el tiempo resolvía las cosas por sí solo. Que ciertas heridas desaparecerían si esperaba lo suficiente. Que algunas palabras terminarían perdiendo importancia.
No ocurrió.
Las palabras envejecen de una forma extraña.
A veces permanecen inmóviles durante años y luego regresan de golpe, como si hubieran estado esperando detrás de una puerta.
Recuerdo muchas cosas de aquellos años.
Algunas son reales.
Otras probablemente no.
La memoria nunca fue un lugar seguro.
Recuerdo calles vacías durante el verano. El ruido lejano de los ventiladores. Las tardes que parecían durar para siempre. La sensación de querer estar en otro sitio sin saber exactamente dónde.
Tal vez por eso nunca me sorprendió sentirme perdido.
Lo extraño habría sido sentirme encontrado.
A medida que crecemos comenzamos a comprender que las personas también están intentando sobrevivir. Incluso aquellas que parecían tener todas las respuestas.
Nadie sabe realmente lo que está haciendo.
Algunos solamente disimulan mejor que otros.
Durante años busqué señales.
Intenté encontrar explicaciones para todo.
Para los silencios.
Para las despedidas.
Para las cosas que terminaron sin una razón clara.
Al final entendí que algunas preguntas permanecen abiertas para siempre.
Y que no existe nada malo en eso.
El otoño había llegado sin anunciarse. Los árboles comenzaban a vaciarse lentamente y el viento arrastraba hojas por las veredas. Todo parecía avanzar hacia otro lugar.
Tal vez yo también.
Escribía las últimas líneas mientras escuchaba "Serpents" de Sharon Van Etten. Las hojas secas de color naranja caían contra el vidrio.
De cierto modo, me sentía como ellas, cayendo frente a un vidrio que todos veían.
Mi madre siempre decía que no serviría para nada, que mi valor no existía. Pero mi alma tenía otra respuesta.
Cuando intentas salvar algo, te debes ir. El tiempo nos reencuentra.
Me recuerda a Carol Peletier abandonando la ciudad en el minuto 39:30.
Todos terminamos abandonando algo.
Una casa.
Una persona.
Una versión de nosotros mismos.
Quizás crecer nunca fue avanzar. Quizás consistía en aprender a convivir con las cosas que no podíamos llevarnos.
Durante unos segundos creí reconocer algo en aquella vereda .
La sensación de haber llegado al final de un camino que comenzó mucho antes de que pudiera recordarlo.
Apagué la música.
La habitación quedó en silencio.
Y por primera vez en muchos años, no sentí la necesidad de volver atrás.
Ni hacerme sentir lo que ellos sentían.
Fin.