No sé en qué momento
empecé a escribirte en silencio.
Supongo que fue cuando entendí
que ya no estabas
para escucharme.
Quise decirte muchas cosas
cuando todavía eras mía,
pero me confié…
Pensé que el tiempo
nos iba a sobrar.
No lo hubo.
Ahora cargo palabras
que ya no tienen destino.
Se me quedan en la garganta,
en las manos,
en las noches largas
donde todavía, a veces,
te nombro sin querer.
Dicen que el alma pesa 21 gramos.
La mía
se quedó donde estabas vos.
Hay cosas que nunca te dije:
que me hacías sentir en casa,
que tu risa acomodaba el mundo,
que por primera vez
no quería escapar de nada.
No espero que vuelvas.
Pero si alguna vez
sentís un vacío sin nombre…
capaz sea esto:
todo lo que no te dije
todavía
buscándote
Ya no estás,
pero tampoco soy el mismo.
No todo lo que se rompe
desaparece.
Hay cosas
que cambian de forma,
de lugar,
de manera de doler.
Y supongo
que eso también
es seguir.
.