El ático olía a madera vieja y a tiempo detenido.
Elizabeth lo había descubierto tres días después de mudarse, cuando todavía quedaban cajas sin abrir en su cuarto y su madre le pedía que bajara a ayudar con la cocina. Había subido siguiendo la curiosidad — una puerta pequeña al final del pasillo que nadie había mencionado — y se había quedado.
Era el tipo de lugar que solo existe en las casas que han visto muchas vidas. Los muebles estaban cubiertos con sábanas blancas que el polvo había vuelto grises. Había cajones apilados, un espejo con el marco descascarado, una mecedora que crujía sola cuando el viento entraba por las rendijas. Y al fondo, contra la pared más oscura, un ropero de madera oscura con la puerta cerrada.
Elizabeth lo miró durante un buen rato antes de bajar a buscar a su padre.
—Papá, hay un ropero arriba que está con llave.
Su padre la miró desde encima de una caja de libros.
—¿Y?
—Y quiero abrirlo.
Él suspiró con la resignación de un hombre que ya sabía que no había forma de ganar ese argumento, y subió con ella.
La cerradura era vieja y cedió sin demasiada resistencia. El ropero estaba vacío excepto por una caja de madera en el fondo, forrada por dentro de satín rojo con detalles en encaje. Elizabeth la abrió ahí mismo, en el suelo del ático, con su padre de pie detrás de ella mirando por encima de su hombro.
Adentro había cartas.
Decenas de cartas dobladas con cuidado, algunas dentro de sobres, otras sueltas. Postales con sellos de países que Elizabeth no sabía pronunciar. Pequeños objetos envueltos en papel de seda — un mechón de pelo oscuro, una cinta de tela desgastada, algo que parecía un pétalo seco pegado a una tarjeta. Todo olía a naftalina y a algo más, algo que no tenía nombre pero que Elizabeth reconoció como el olor de las cosas que alguien guardó porque no podía tirarlas.
—¿De quién son? —preguntó.
Su padre tomó una carta y la abrió con cuidado. Leyó en silencio un momento y luego la dobló de vuelta.
—No sé —dijo—. Esta casa era de la tía abuela Maren. Quizás sean de ella.
Pero Elizabeth ya estaba leyendo.
POV Carta
Querida Ofelia,
Añoro tu sonrisa. He guardado miles de chistes y anécdotas solo para verte sonreír.
Los días se hacen largos y los minutos interminables. Pensar en que estamos en el mismo plano del tiempo apacigua mi alma, porque sé que te veré en algún momento — así como mi alma viaja para encontrarse con la tuya cada noche y nos arrullamos con nuestro ardiente amor.
Esto que siento por ti es tan intenso y arde en mi interior. No había experimentado nunca nada igual y no me arrepiento tampoco. Es más, me siento un esclavo — pero solo de tu ser, el cual me brinda tanta paz y gozo que no me quiero alejar de tu presencia. Aunque ahora lo estamos sufriendo, me consuelo con saber que al igual que yo, tú también tejes recuerdos y guardas cada palabra que nos proferimos antes de alejarnos.
Por siempre tuyo,
A.N.
POV Fin Carta
Elizabeth dobló la carta despacio.
A.N. Alguien que firmaba con iniciales, como si su nombre completo fuera demasiado para el papel. Alguien que guardaba chistes para hacerla sonreír. Alguien que se sentía un esclavo voluntario de la presencia de una mujer llamada Ofelia.
Tomó otra carta. Y otra.
—Elizabeth —dijo su padre desde la puerta—. Tu madre pregunta si vas a bajar a comer.
—Ya voy —respondió, sin moverse.
Su padre esperó un momento, luego bajó solo.
Ella permaneció en el suelo del ático con las cartas en el regazo, mientras la luz de la tarde entraba sesgada por la única ventana y el polvo flotaba en el aire como si también estuviera leyendo.
Al día siguiente, Elizabeth bajó al desayuno con el libro de español bajo el brazo y dos cartas guardadas entre sus páginas.
—¡Elizabeth, el desayuno está listo! —gritó su madre desde la planta baja, acomodando meriendas en bolsas de papel mientras contaba cabezas—. ¿Puedes buscar a tu hermana en su cuarto? Dile que en cinco minutos nos vamos.
—Sí, mamá —respondió Rowan, dándole un mordisco a su rebanada de pan con mermelada antes de correr hacia las escaleras. Abrió la puerta del cuarto de Elizabeth sin tocar—. Oye, dice mamá que ya nos vamos. ¿Qué tanto haces con esos papeles viejos?
Elizabeth, que estaba guardando los últimos libros en su mochila, lo ignoró con la práctica de quien lleva años perfeccionando ese arte. Pasó de largo, bajó las escaleras, y tomó la taza de café del mostrador — la que tenía escrito "Elibe" en letras torcidas que ella misma había pintado a los nueve años.
—Buen día. Disculpen la demora —dijo, dando un sorbo.
—Ya no hay tiempo para relajarse —dijo su madre, tomando las bolsas y las llaves—. Todos al auto.
El padre cargaba a los dos pequeños, Kai y Milon, uno en cada brazo. Rowan iba con un termo y otra rebanada de pan en la boca. Elizabeth salió arrastrando los pies, con la mochila al hombro y el libro de español apretado contra el pecho.
—Recuerden que hoy no puedo ir a buscarlos —dijo su madre, ya en el auto—. Rowan, no te vayas sin Elizabeth. Van juntos y así vienen.
—¿Qué? Pero mamá, tengo práctica. Además Elibe siempre se pierde —protestó Rowan.
—Eres el hermano mayor. Esa es tu responsabilidad.
—Mamá, a esa hora hace mucho sol en la cancha —dijo Elizabeth.
—¿Puedo esperar a Rowan en la biblioteca?
Su madre la miró por el espejo retrovisor.
—Rowan, pasa por tu hermana al salón cuando termines —intervino el padre, con el tono de quien no está abriendo debate—. Fin de la discusión.
Rowan masculló algo ininteligible. Elizabeth miró por la ventana.
En su libro de español, entre las páginas 80 y 81, descansaban dos cartas de un hombre llamado A.N. que había amado a alguien llamada Ofelia con una intensidad que Elizabeth todavía estaba aprendiendo a medir.
La escuela podía esperar. Las cartas, no.