24 Horas Contigo

#83.- Acorralados

Hana fue a su casa y empacó una maleta pequeña, subió a un taxi y fue al aeropuerto. En el trayecto, iba pensando en nuevas ideas principales para continuar con su historia; considero que fuera una trilogía y no quería dejar ningún cabo suelto.

Cuando estaba en el aeropuerto, siguió las instrucciones sin ninguna anormalidad; en el área de despegue se detuvieron mucho revisando su pasaporte y boleto de abordaje. Ocasionaba problemas a los demás pasajeros y la apartaron de la fila.

—¿Hay algún problema? —preguntó.

—Sí, este pasaporte es falso; por favor, venga conmigo a seguridad—. Le pidió el guardia.

Tontamente lo siguió mientras pensaba en lo que había ocurrido. Estaba segura de que lo renovó ese año y su último viaje fue a Zúrich hace menos de seis meses… ¿Cómo iba a ser falso?

—Debe ser un error, viajé a Suiza hace unos meses; a principios de año renové mi pasaporte, ¿cómo puede ser falso?

—Señorita, espere aquí, llamaremos a su tutor —le dijeron. Bueno, llamarían al señor Koban… Seguramente la dejaría salir pronto.

Espero algunos minutos que se iban transformando en horas. El que apareció fue Franco, pero no sabía por qué.

—Hana, ¿qué ocurrió? El señor Koban se puso en contacto conmigo, pero ¿por qué estás aquí?

—Me dijeron que mi pasaporte es falso. Incluso el boleto lo marcaron como falso... ¿Qué está ocurriendo? Cada día me siento más tonta porque no sé cómo defenderme.

—Espera un poco y lo solucionaré.

Franco llevaba el pantalón torcido y la camisa mal abotonada; parecía que salió a toda prisa solo para ayudarla.

—¿Por qué la tiene allí tratándola como una criminal? —preguntó al guardia de seguridad.

Otro sujeto respondió.

—Hemos investigado el pasaporte de la señorita; llegamos a la conclusión de que es falso. No hay registro ni nada parecido que pueda confirmar que lo renovó este año o el anterior. Tampoco hay registros de salidas o entradas del país en los últimos dos años; por lo tanto, deberá acompañarnos como sospechosa de falsificación.

Los policías le quitaron su maleta y la revisaron en caso de que llevara algo que pusiera en peligro a los demás pasajeros. Le quitaron su celular y la subieron a una patrulla. Franco llamó a Koban y le dijo lo ocurrido; este llamó a su ejército de abogados y le pidió que siguiera la patrulla sin perderla de vista en ningún segundo. Sus hombres estaban en camino.

Mientras iba detrás de la patrulla, reconoció el camino usual a una comisaría cercana; marcó a Allen. El chico respondió medio dormido.

—¿Diga?

—¿Crees que puedas venir en el próximo vuelo? Hana fue arrestada.

—¿Qué? —Y se escuchó una fuerte caída—. Hana, ¿qué?

—¿Estás bien? —preguntó.

—Sí, pero ¿Hana qué? ¿Arrestada? ¿Por qué?

—Sospechosa de falsificación… También puede ser que le planten algo. ¿Puedes venir? Necesitamos confirmar que ella tiene sus documentos en regla y, al parecer, eres el único testigo.

—Bien, voy saliendo al aeropuerto…

Miró su reloj; eran cerca de las 4 a. m. Colgó y tomó su pequeña bolsa de viaje. Salió corriendo, haciendo eco en el largo pasillo, despertando a los demás residentes hasta llegar a la puerta de salida. Al abrirla, se encontró cara a cara con un hombre de traje.

—¿Es usted Allen Til-Shiroyama?

—¿Quiénes son ustedes?

—Está arrestado por sospecha de falsificación de documentos oficiales. Por favor, acompáñenos; si intenta huir, estamos autorizados para hacer uso de la fuerza.

Ni siquiera avisó y lo tomaron para lanzarlo contra el suelo y esposado. Qué conveniente. Era un buen plan. Le vendaron los ojos y lo lanzaron dentro de un espacio frío que no tenía luz alguna, quizás un compartimiento. No sentía ningún movimiento. ¿Por qué no lo pensó antes? Su padre debía estar detrás de todo. ¿De verdad era conveniente tenerlos separados sin poder comunicarse o saber lo que le ocurriría al otro? No dejaba de reventarse los sesos pensando en qué ganaban esas personas al dañarlos.

Mientras tanto, en la comisaría, Hana fue llevada inmediatamente a la sala de interrogación. Ella decía una y otra vez que todos sus documentos estaban en regla, pero no había nada ni nadie que corroborara su versión. Solo podían retenerla por 48 horas mientras investigaban.

Franco llegó con el ejército de abogados y otros hombres exigiendo que la liberen. Los policías los obligaron a salir, pues, si bien no la habían arrestado formalmente, había muchas pruebas que demostraban que ella falsificaba documentos. Solo esperaban que la presión la hiciera confesar. No lo dejarían verla.

—¿Y sus cosas? ¡Deme sus cosas!

—Son pruebas. No le puedo entregar evidencia a cualquier persona solo porque lo pida.

El abogado le pidió a Franco que no llamara mucho la atención. Trataron de hablar como personas civilizadas mientras los demás hombres buscaban una manera de hacer que Hana saliera. Desafortunadamente, todas las pruebas reunidas apuntaban a ella y no había ninguna forma de encontrar algún hueco. Los muchachos al servicio de Koban comenzaron a investigar por su cuenta y bajos mundos para llegar a un callejón sin salida.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.