24 Horas Contigo

#93.- Al final, eres una señorita

—Bambi, sabes que no doy segundas oportunidades; no me importa lo mal que te sientas, debes cumplir con tu trabajo de cuidar de Hana. No te estoy pagando por quedarte en tu habitación con patéticas excusas —regañó la mujer.

—Entendido —no sé ni para qué si la misma Hana no tiene intenciones de irse, vieja loca.

Prince vigilará los movimientos de ese guardaespaldas.

—Eh… Sí… —Respondió y salió de la casa.

Una noche, después de que Hana se fue a dormir, Bambi fue a la casa del anciano Kanronji para informar los últimos acontecimientos. Caminaba de vuelta hacia la salida. Ni ella, que era guardaespaldas, podía entrar sin ser revisada de pies a cabeza.

—¿Ya te vas?

—¿Hmmm? —contestó y giró la cabeza para ver que Anton se acercaba—. ¡Jefe!

—Vamos, Bambi, solías decirme solo Anton —dijo el hombre. Sus ojos no sonreían para nada—. ¿Vamos por un café?

—Sí… —contestó con un ligero titubeo.

El padre de Anton los entrenó como militares. Sin importar nada, todos eran entrenados por igual. Bambi y Anton estaban siempre en el mismo equipo de vigilancia y ambos se volvieron guardias destacados como para trabajar de cerca con los ancianos. Cuando él tomó el mando de todos los guardias, las cosas cambiaron un poco; sin embargo, los nuevos reclutas eran rechazados apenas cruzaban la puerta.

—¿Aún bebes café con leche?

—Sí… —respondió.

Incluso si eran viejos compañeros, la verdad era que tenían al menos 7 años de diferencia.

—¿Qué tal es cuidar de la señorita?

—Bien… En realidad, se la pasa escribiendo... —comentó quitándole importancia.

—Eso es bueno. Escuché que tomó clases de defensa personal con la familia Koban. —Añadió al entregarle la taza.

—Gracias… Pues no he visto que las use. —respondió seria. En esos momentos le gustaría hablar más, pues era torpe para hablar con otros.

—No es necesario. —Aseguró. Él tampoco quería hablar. Aunque cumplía las órdenes que le encomendaba como si nada y en perfecto orden, se esforzaba por no perder su humanidad y distinguir el bien del mal… —Enoko... ¿Has conocido a alguien interesante?

—Nadie…

Respiró profundamente y preguntó:

—¿Está bien, Aida?

—Sí, está bien… —murmuró.

Ninguno de los dos parecía querer conversar; solo disfrutaron de su compañía hasta que el café se terminó y se despidieron. Anton regresó a investigar los movimientos de Shinichi Kanronji, así como de Aren Koban.

Mientras Bambi iba conduciendo, comenzó a recordar cuando apenas ingresó a esa mansión. Solo tenía como cinco años; sus padres la ofrecieron para que se convirtiera en militar y ganase un buen sueldo, a diferencia de ellos, que pasaban hambre casi siempre y no podían prometerle una mejor vida.

Se perdió en la gran mansión del anciano, que justo tenía la visita de los hijos y nietos. Tímida, no se acercó y se asustó tanto que salió corriendo hacia el área de entrenamiento donde conoció a Anton. El chico la llevó de inmediato al área de descanso de seguridad y le mostró los alrededores.

No se sentía en casa; parecía una prisión donde la llave la tienes en la mano, pero no puedes escapar porque no sabes cómo usarla. Su entrenamiento comenzó; el padre de Anton era tan estricto que muchas veces no podía dormir por el dolor muscular causado por el entrenamiento, pero no negaría que había aprendido de todo. Lo más sorprendente era que la anciana Kanronji les enseñara todo lo que sabía sobre medicinas y fármacos que están en desarrollo.

No tardó en darse cuenta de que había una alumna destacada: Aida. Simplemente no podías competir con ella porque ya habías perdido antes de empezar. Pasaron algunos años hasta que comprendió bien su situación al no tener a dónde irse. Estudió y entrenó tan duro que se convirtió en guardaespaldas de la anciana Kanronji a una edad de casi 15 años. Nadie dudaría de una adolescente.

Recordó también cómo Aida decidió salir por su cuenta de esa mansión. Los ancianos se veían siempre perversos, pero Aida les ganó de alguna manera que pudo ser libre por sus propios méritos.

Poco después de que se fue, escuchó entre los otros guardias que Anton y Aída contrajeron nupcias. No lo entendía. ¿Por qué estaban juntos? ¿Cuál era el punto? Sintió una serie de martillazos en el pecho y, en medio de su propia ignorancia, decidió que ella no se comportaría de la misma manera que él; sería la mejor, la guardia más confiable.

—Oh, has llegado. —Saludo, Coco al verla.

—¿Eh? ¿Qué haces afuera?

—Señorita, se ha vuelto muy habladora; creí que te habían cortado la lengua.

—No… Salí a conducir un rato, no me di cuenta de cuándo llegué aquí… —Confesó.

—¿Fumas? —preguntó ofreciéndole un cigarro—. ¿O eres menor de edad?

—Ninguna —contestó—. ¿Qué edad tiene el señorito maduro?

—27 —contestó—. ¿Por qué no te unes a nuestro bando?

—¿Qué tonterías dices? —respondió burlona.




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