Erase una vez en el pueblo de Armero (Tolima), dónde fue arrastrado y asesinado el sacerdote Pedro María Ramírez, el 10 de abril de 1948, y quién, antes de exhalar su último alimento, maldijo a todo el pueblo: "Ustedes… su felicidad… será arrebatada". Las últimas palabras del sacerdote no fueron tomadas en serio. Eran las palabras de un moribundo.
Un año después de los sucesos ocurridos en el pueblo; sucesos del cuál nadie puede hablar, ni siquiera el nombre del sacerdote podía ser mencionado o de lo contrario recibirían un castigo. Realmente a nadie le importa recibir el castigo, después de todo las palabras del sacerdote si se cumplieron. Ningún adulto volvió a sonreír. Todos se habían vuelto grises. Todos eran iguales, carentes de emociones. Personas que ya no eran personas. Muertos que aún estaban vivos. Los niños desaparecían cada 10, de cada mes, a las 10 de la noche. Nunca más se volvió oír un niño en Armero.
Todo comenzó con la desaparición de Juan Sebastian, un niño de 10 años, quién fue el primero en sufrir el destino que le espera a los demás niños de Armero. Tardó un año en que todos se sumieran en el horror de ser humanos grises al perder a sus hijos. Muchos padres desesperados por salvar a sus hijos, intentaban sacarlos del pueblo, pero el niño apenas ponía un pie fuera de casa, caían al suelo convulsionando y escupiendo sangre; muchos murieron de esa forma, otros solo esperaron a desaparecer. Nadie podía salir del pueblo. Sus casas se volvieron trincheras. Los niños podían salir, siempre y cuando la intención no fuera escapar.
Desde el primero de abril de 1949, Juan Sebastian, empezó a oír ruidos extraños que se asemejan a risas; de tono grave, como si se estuviera atragantando; otros eran agudos chillidos de ratas. Sombras que se movían de un lado a otro acompañaban esas risas macabras. Pero, la sombra más intimidante era una parada en la orilla de la cama, observando en silencio. Nadie le creía a juan. Nadie creía que veía cosas. Sus padres hacían caso omiso pensando que se trataba de algún juego creado por los niños. De hecho, ya habían inventado un juego que se hizo muy popular en el pueblo. El juego consistía en que uno de los niños hace el papel del sacerdote y persigue al resto de niños y una vez los atrapa quedan descalificados.
Juan Sebastian, en presencia de sus padres, se encontraba llorando. Su madre lo abrazo y su padre le dió palabras de aliento. Estaba asustado. Esa noche fue la última vez que vieron vivo a Juan. Su madre dijo lo que ocurrió al día siguiente:
"Juan Sebastian durmió con nosotros... Tenía miedo de la sombra en su cuarto. A las 9 y 50, empezó a gritar... Decía que lo estaban agarrando, que le susurraban al oído, pero no nos decía nada, solo gritaba una y otra vez. Por más que le decíamos que estaba con nosotros, parecía no oirnos... Después... "
El marido continuo.
"Juan nos levantó y nos lanzó lejos. Cuando alzamos la mirada, su piel empezó derretirse. Juan gritaba de dolor. Cuando quedaron expuestos sus músculos, se cuerpo se retorció. sus huesos se retorcieron, uno por uno, empezando desde las falanges de los pies, siguiendo lentamente hasta la cabeza. Su sangre salía de su cuerpo tal cuál como se exprime un limón. Así estaba quedando mi hijo... Hasta que... Hasta que... Sus ojos salieron de sus cuencas... vomitaba sus intestinos... Después de eso, desapareció. Lo único que quedó de él, fue su sangre en la paredes, sus tripas en el suelo..."
Hubo un silencio largo. La historia recorrio el pueblo entero, en cuestión de horas el pánico se apoderó de sus habitantes. No hubo nada que hacer, la maldición del sacerdote había iniciado. El primero de junio, 10 niños dijeron haber visto las sombras que van de aquí para allá, las risas y la más aterradora de todas, la sombra que se posa en la orilla de la cama. El día 10 y, a las 9:50, varios niños sufrieron el mismo destino que Juan. A las 10 de la noche, después de 10 minutos padeciendo dolor, desaparecieron.
Durante un tiempo, Armero se volvió un pueblo fantasma, desolado. Pero, 10 años después comenzó hacer habitado nuevamente. Los nuevos residentes de aquel pueblo, cuentan historia a sus hijos que se portan mal. Les dice sus padres:
"No seas un niño malo o el sacerdote Pedro vendrá por ti".
Fin