La conocí en mi época de estudiante. Una chica ardiente, de mirada coqueta, ojos negros como la noche, seductora en su caminar, un brillo que ni el sol opacaba. De cabello largo y negro. Su belleza, su inteligencia, hicieron de mí un esclavo, un hombre sin libertad. Un perro que mira la luna con deseo de tocarla, sin tener éxito, por eso solo aúlla.
Un día me decidí hablarle. Su sonrisa perfecta, sus dientes blancos como una perla, se los arrancaría y los guardaría en un cofre, dónde yo, solo yo, pudiera verlos. En la primera cita que tuvimos, intenté besarla sin mucho éxito; me esquivo volteando la cara, dejando su cachete para recibir mi beso. Se fue así sin más, dejando un vacío de insuficiencia en mi. Cuando descubrí que yo te gustaba, decidí ir por todo y esa tarde, al invitarte a ver una película me besaste. Tal vez, pudo haber pasado más, pero no, solo nos besamos. Ella volvería a casa con su marido y yo, desvelado, pensando el día que pase con ella queriendo que también estuviera conmigo esa noche.
Pasaron días, unos meses. Y, entre nosotros sólo existía un coqueteó. Códigos que intercambiados a través de miradas. ¿Cuándo?, ¿Dónde?, ¿Cómo? Todo lo sabíamos con vernos. Éramos el uno para el otro. Ella me amaba, lo sé, por su mirada lo sabía. A veces te veía en mis sueños. Tu piel brillaba y solo ese brillo, era superado por el de tu sonrisa. no pude evitar mi lujuria. Tomé una foto tuya, toqué mi cuerpo como si fueran tus manos. Te imaginé besando cada parte de mí. Nuestros cuerpos y almas se fusionaron, haciendo que fuéramos uno. No estabas, pero a la vez si estabas conmigo. Eyacule sin pena alguna. De verdad te deseaba. Llegó el día en que por fin, mi sueño de estar con ella se cumpliría, pero por obra y gracia del destino, la divina providencia o del mismo Dios, nada ocurrió. Una vez creí que está vez sí sería mi oportunidad, pero en vez de eso tuve que ver cómo se iba con otro, dejándome a mí, solo. No la culpo. Yo soy un ser incomprensible, que no sabe lo que quiere o para donde va. Ella tenía su norte trazado, lleno de grandeza y hambre por devorar los conocimientos del mundo. Nos fuimos alejando poco a poco. No quería que las cosas terminaran así, porque mi amor, ya no era amor, era deseo, obsesión, las ganas de que fuera solo mía y, así llegó el día prometido. Me dispuse a seguirla una tarde; ella me había dicho dónde vivía. Y note que la puerta del balcón se visualizaba desde la calle. Estaba abierta. Solo necesitaba trepar una reja y llegar al segundo piso. Una vez dentro, me dispuse a esperarla. Al escuchar el sonido de la puerta abrirse, seguido de unos pasos. Tomé mi cuchillo que tenía escondido en la chaqueta de cuero negro, que llevaba puesto ese día. Me lancé sobre su marido; creo que era su marido, poco importa. Lo agarre por la espalda y le dí dos puñaladas. Cayo al piso. La miré a ella y estaba congelada, pálida, con ademán de susto, y si, en efecto tendría que estar asustada, porque no iba hacer nada amable con ella. Me acerqué, le susurré unas palabras al oído y clavé el cuchillo en su pecho, justo en el corazón para ser más exacto.
Al verla tirada en el suelo, no pude resistir las ganas de saber cómo se siente estar con la mujer que uno ama. Estaba muerta, si, pero, era ella, ahí, justo delante de mí. La desnudé, la toqué, sentía como su calor se iba apagando, dejando solo un cuerpo frío. No pude hacerlo, no porque estuviera muerto sino porque la amaba y sería una falta de respeto manchar ese amor de tal manera. Saque sus dientes con un alicate y huí del lugar, sin dejar rastros, ni una huella. Había usado guantes. Me puse unos zapatos de talla más pequeños, me vestí de mujer para despistar al mirón o entrometido que se atravesará. Mi intención no era herir a nadie, únicamente quería la vida, o mejor dicho la muerte de la mujer que amo. Díos se encargó de darle una vida en la cual yo no tendría cabida. Tenía que ser yo, quién se la arrebatará, porque solo así, ella me pertenecería en una sola cosa. La decisión de vivir o morir.
Han pasado varías semanas y aún no han encontrado al culpable del asesinato de una pareja de esposos que fueron apuñalados en su propia vivienda. El culpable nunca será encontrado, eso lo sé. Confío en lo inteligente que fuí al cometer este loco crimen de amor. Porque aunque nadie lo sepa, fue por amor.
Un año después, pasando una tarde de verano, ví como brillaba una cabellera dorada, como unos ojos castaños me miraban, y al pasar por mi lado, la saludé.
—Hola extraño— dijo con voz pícara y una leve sonrisa, que dejó ver sus dientes tan blancos como una perla.
Y, ahí, en ese breve momento lo supe. Me enamoré.
Fin