3. Ibeth - Saga Beth

10

Salí despavorida de aquella habitación. Nunca me lo pondría fácil, nunca me perdonaría. Quizás lo mejor era dejarle seguir siendo Rey y Enzo y yo volver a mi clan. Pasaron dos semanas más, tenía ya dos meses de embarazo y los pechos comenzaron a aumentar. Samuel no me dejó acercarme más a él.

-El equipaje ya está hecho.

-Vale, iré a por Eros y nos marchamos. Enzo, avisa por favor a Paula.

Entré en la habitación de Samuel y mi pequeño estaba durmiendo en los brazos de su padre. Lo cogí en brazos, intentando no despertarlo.

-Iré a verlo – habló Samuel suavemente.

-Cuando quieras, es tú hijo también. En dos días vendrán a por ti también y volverás al castillo.

-Cuídate mucho y sé feliz.

No pude aguantar las lágrimas pero si giré la cara para que no me viera. Con el pequeño en brazos subí en el carruaje.

 

No pude dormir mucho, ni comer y tampoco descansar. Después de unos meses volvía a mi casa. Cuando llegamos una semana y algo después de tanto viaje.

-Bueno, te has casado para ser Rey y serás un laird más de las Highlands – le dije a Enzo una vez estábamos encerrados en la habitación, preparándonos para dormir

-Piensas que eso me molesta? – yo alcé los hombros – no, te dije que me has hecho muy feliz en el tiempo que llevamos casados y esa felicidad la estás completando ahora mismo cariño – acarició mi tripa.

Me desperté por la mañana, bajé abajo donde Eros estaba llorando, echaba de menos a sus perros pero no los podíamos traer, no sin hablar antes con Samuel. Me ocupé del menú de la casa, me ocupé de todo lo que se esperaba de la mujer de un laird, así hasta que tenía ya varios meses de embarazo.

El vientre lo tenía abultado ya y los movimientos se notaban. Tres meses más y mi pequeño estaría aquí junto a mi, junto a nosotros.

-Qué haces aquí?

-Estoy tomando el sol – Enzo me ayudó a levantarme.

-El Rey está aquí, ha exigido hablar con nosotros.

Resoplé y a desgana fui andando hacia el castillo. No estaba muy lejos pero tampoco echaría a correr. Que espere.

-Ibeth – la voz de Samuel resquebrajó todo aquel mural que yo había construido alrededor de mi corazón – vengo a por lo que me pertenece.

-Aquí? - sonreí y él asintió – puedes ver a tú hijo pero no saldrá de estas tierras – entré en el castillo seguida por Enzo y él.

-Vengo a por ti, te quiero de vuelta – me quedé clavada en el sitio y me giré.

-Ibeth – intervino Enzo – deberías escucharlo antes de decir alguna burrada.

-Vuestro matrimonio está anulado, sigues casada conmigo.

-Me parece muy bien, pero me seguiré acostando con él.

-Lo condenaré por alta traición y a ti también.

-No te atreverás – lo desafié y me arrepentí en el último momento.

-Mira , vamos a hacer una cosa. Nuestro hijo es el futuro rey, vuestro hijo u hija será el futuro jefe de este clan y Enzo seguirá con vida.

-Y si no acepto ir contigo?

-Ya te lo dije, daré la orden de mataros a los dos y con ello morirá tu hijo también. Ibeth, no bromeo, vuelves a casa o mueres hoy mismo.

-Qué pasará con Enzo?

- Te quedarás aquí hasta que des a luz. Después de eso volverás al castillo junto a Eros, vuestro hijo se quedará aquí. Podrás venir a verlo cuando quieras, siempre y cuando no pases la noche aquí.

-Me vas a separar de mi hijo? – comencé a llorar y a proteger mi tripa.

-Te reto a duelo – Enzo sacó su espada y mi grito desgarrador se escuchó y alertó a toda la gente – ella no tiene culpa de nada y mucho menos nuestro hijo.

-Me vas a retar a duelo? – Enzo asintió – Muy bien, el dueño de la primera espada que caiga al suelo deberá abandonar las Highlands.

Agarré a Enzo del brazo, no lo dejaría marchar, no cuando teníamos un hijo por nacer.

-Escúchame cariño – me acarició la frente – no pasa nada. Háblale a nuestro hijo de mi cuando sea mayor, dile que me busque – yo asentí – pero tú sé feliz. Le quieres y mucho pero el dolor de los errores cometidos no te dejan ver lo puro de vuestro amor. Sé feliz y solo cuando nuestro hijo sea mayor, solo entonces háblale de mi.

 

Miré con ojos llenos de odio a Samuel. Él no tenía una sonrisa triunfante en la boca y tampoco se le notaba feliz, pero aún así le echó la mano a Enzo. El pacto estaba hecho y estaba más que segura de que sería Enzo el que abandonaría las Highlands.

Todos salieron fuera menos yo. Cogí en brazos a Eros y me senté en el sillón que había frente a la chimenea. No sé el tiempo exacto que pasó, solo escuchaba vítores y gente animando al Rey y luego apareció Enzo.

-Ha terminado – me levanté de golpe del asiento y con el corazón en un puño.




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