30 días con mi ex

Capítulo 1

2013

El último Domingo de verano, Petra conducía a un camino incierto y muy preocupada por su hija quien temblaba en el asiento del pasajero.

Intentaban escapar de Severo Antonella, quien estaba furioso porque se enteró de que su hija menor ocultaba una relación que nunca aprobó.

Esta vez un auto de color blanco les seguía sin parar. Ellas temían por sus vidas sabían de lo que su padre podía ser capaz.

Petra tomó el camino incorrecto por la desesperación que sentía. Gianna se agarraba el vientre dolorida y asustada a la vez. Algo dentro de sí le decía que iba a pasar algo terrible.

Frenaron de golpe y el carro frenó más lejos de ella. Cuando vio quien bajaba su corazón latió con fuerza. Quería correr y abrazarlo, pero estaba asustada. Severo no tardaría en encontrarla y sabrá Dios que le haría.

—Por favor, no bajes del auto. ¿No ves que por su culpa estamos en esto?— reclama Petra muy angustiada.

—Ya basta mamá, yo lo amo— dice Gia llorando y abriendo la puerta del auto con ímpetu y miedo de provocar un problema más.

Ella no estaba clara en qué decirle y su mundo se movía constantemente.

Gianna le había dicho a sus padres que aquella relación se acabó. Con la intención de protegerlo de su padre quien era capaz de cualquier cosa. Tenía que hacer algo aunque le doliera, no estaba segura de nada. Solo de que el dolor comenzaba en la espalda.

Se para justo en frente y lo ve. Todo roto y desesperado.

—¿Qué haces aquí?— pregunta Gianna lo más tajante posible.

Ella se sentía igual pero no podía explicarle lo que sucedía. Estaba en peligro y dentro de sí gritaba “Alfonso, huye”.

—¿Adónde ibas con tanta prisa?

—A casa de un familiar— contesta evitando su mirada.

—¿Por qué no me hablas?

—¿Por qué me persigues?— la voz de ella se quebró.

Alfonso abrió los ojos sorprendido de su actitud.

Ella temía por él. Trataba de que entendiera todo con la mirada.

—¡Contéstame!— Alfonso le exige con tono apremiante.

—Eres igual que él.—menciona y trata de hacerle señas para que se vaya.

Pero esa frase se convirtió en una bala directa. Sintió como le destrozaban por dentro. Él sabía que se refería a Severo.

—Alfonso quiero acabar con esto ya— dijo ella sin medir el dolor que le causaba.

—Cuando sacas tu enojo, es que hay algo que no me quieres decir que está pasando. No me hieras más— Alfonso comenta sinceramente y tímido esperando apaciguar las aguas.

Aún así Gianna parecía perdida, miraba a todas partes asustada de que ese alguien le hiciera daño al amor de su vida.

En un momento de impulso la agarró de la mano y del cielo comenzó a caer la lluvia. Se detuvieron antes de dar algún paso. Sus ojos se encontraron y ella sabía que lo iba a destruir. Pero no había otra forma. Quería salvarlo de su padre y hasta de ella misma.

—¿Qué te hice?— decía Alfonso y sus ojos se veían vidriosos.

—Necesito que esto se acabe. Ya no me siento igual contigo.— dijo la voz temblorosa de Gianna. No quería decir eso.

—Pero yo te necesito. Dime en que estuve mal y lo arreglamos.— él insiste con su rostro humedecido.

—Perdón por todo el daño que le hice a tu familia.— lo dijo en serio.

—Gianna, no dejes que tu enojo acabe con esto otra vez.

—Lo siento, no puedo hacer esto más.— dice ella en tono firme. Se aleja y da dos pasos hacia el auto de su mamá.

Su cuerpo quería retroceder, lo puedo jurar, pero todo lo dicho había roto el amor que había entre ellos.

Todas aquellas ilusiones que llevaban meses buscando.

De pronto un rostro familiar se asoma desde el auto blanco.

Marena, hermana menor de Alfonso, sale preocupada del auto.

Gianna se voltea y al verla siente una esperanza.

“Por favor, llévalo de aquí, antes de que sea demasiado tarde”. Decía por dentro.

—¿Qué les pasa?— preguntaba Marena, muy perdida.

Alfonso comenzó a hablar sin parar y cada cosa que decía empeoraba la situación. Incluyendo los argumentos compulsivos de Gianna. Ella quería provocarlo y alejarlo para salvarlo. Cosa que hasta el sol de hoy, él nunca supo que en realidad solo quería protegerlo.

—Vamos, esto se puede resolver de la mejor manera. Concuerden un día y lo hablan más con calma. No se hagan más daño.— dijo Marena.

Gianna nota que su madre la escuchaba por el cristal del auto y aprieta el acelerador para darle un aviso.

—Lo siento, ya tomé mi decisión.

Gianna se adentra al auto su madre acelera muy fuerte y huyen del lugar. Ni siquiera le dio tiempo a mirar hacía atrás.

Petra estaba muy molesta con su hija y le reclama todo lo sucedido. Hasta volver a casa y encontrarse a Severo.

Hombre de unos 57 años, con tez acaramelada y un rostro muy serio. Estaba esperando por ellas en el garaje con un rostro muy molesto.

—Severo, lo siento. Nos entretuvimos en el camino— se disculpa Petra.

Se acercó a su esposa y le abrió la puerta del auto. La toma por la mano y la lleva a la fuerza para dentro de la casa.

—Papá, perdóname. Todo es culpa mía.

Severo retrocede y mira hacia alrededor notando que los vecinos estaban pendientes. Le pide con la mano que entre a casa. Gianna intenta bajarse del auto y nota un olor desagradable. Al levantarse del asiento estaba lleno de manchas rojas. Puso los pies en la tierra y dio dos pasos hacia adelante.

Cuando su madre voltea a verle ésta yacía en el suelo desmayada.

—¡Por Dios Gianna!— dijo Petra quien retrocedió, soltándose de su marido a la fuerza y corriendo hacia su hija. Intentó reanimarla pero no lo logró.

Severo entró al auto y las llevó al hospital.

Tres horas después....

Se levanta asustada y notando que está acostada en una cama; en un hospital. Sus padres la observaban con mucho coraje.

—No te voy a perdonar esto, jamás.— decía su padre en un tono muy desagradable.




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