30 días con mi ex

Capítulo 2

Un año después...

En la sala principal de una firma de abogados reconocida en la ciudad de Antía, ya estaba la familia citada. Claro, uno que otro con ganas de salir corriendo.

La familia se componía de una madre y tres hijos, todos ya mayores de edad. Aunque en ese momento, la fragilidad los hacía apegarse a su madre como de costumbre.

Las dos hijas la rodeaban con la esperanza de salir ilesas de tantas situaciones. Solo uno, el mayor, permanecía recostado en la pared, completamente ido y muy cerca de la puerta.

Marlene observaba de reojo a su hijo mayor. Había algo en Alfonso que siempre la inquietaba: ese aire distante, la incomodidad disfrazada de calma. Su rostro, serio, acentuaba las arrugas que lo hacían parecer mayor de lo que era, aunque aún guardaba cierta dulzura en las facciones. Y su mirada… esa mirada que hablaba incluso cuando callaba. Bastaba verla para saber lo que sentía. Pero hoy, precisamente hoy, esa dulzura se había apagado.

A los pocos minutos entró una mujer mayor, elegante, acompañada de un adolescente que evitaba mirar a los demás. Solo el que estaba cerca de la puerta podía vigilarlos con atención.

Toda la familia estaba presente para escuchar los últimos deseos de quien en vida fuera el señor Alfonso Miguens San: hijo, padre...

—Un pésimo padre, por cierto —comentó Alfonso.

No pudo evitar soltar la molestia, y todos lo miraron.

—Puede continuar —dijo Marlene, su madre, un poco avergonzada. Le lanzó una mirada firme a su hijo.

—Gracias. Como les decía: padre de cuatro hijos, a quienes amé en silencio. Les otorgaré a cada uno parte de lo que les debo por mi ausencia.

—Por favor —replicó Alfonso con ironía. Su voz, extrañamente fuerte, parecía causar dolor de cabeza a los presentes.

Marlene se levantó del asiento y lo sacó de la sala. El abogado los observó, desconcertado.

—Necesito que te comportes. Sé que no querías venir, pero es tu padre —le dijo ella.

—¿Mi padre? Ese señor no lo conocía.

—Es tu padre, y esta es su última voluntad. ¿Podrías callarte y escuchar?

Asintió, molesto, y regresó al interior como un niño al que obligan a entrar a clases. Se sentó junto a su madre y escuchó.

Alfonso Miguens Lucía —leyó el abogado—, sé que prometí estar contigo y con tus hermanas, pero no lo cumplí. Lamento haberlos abandonado cuando más me necesitaban.

Mirena, nunca pude decirte que, cuando supe que venías al mundo, fui inmensamente feliz. Deseé que siempre estuvieras bien.

Marena, mi dulce princesa, si pudiera regresar el tiempo para verte una vez más...

Sé muy bien que don Alberto Lucía, su abuelo, los cuidó mucho mejor de lo que yo habría hecho. No estoy orgulloso de mis acciones, ni tuve el coraje para enfrentarlos durante mi recuperación.

Les dejo una propiedad que construí para vivir con ustedes cuando Alfonso era pequeño —él la recordará—, para que puedan habitarla o hacer con ella lo que decidan.

Pero eso no es todo. También les dejo parte de las joyas de la familia, en honor a mi madre, que en paz descanse. Es una pequeña embarcación familiar que se encuentra en esa misma casa.

Y para el pequeño Mateo, le dejo todos mis ahorros, para que pueda sobrevivir a mi abandono, además del hogar donde residen actualmente. Sé que es poco comparado con todo lo que me dieron en mis últimos años de vida.

Hijos míos, espero que puedan conocerse y llevarse bien. No fui el mejor padre, pero los amo. Hasta aquí les escribo. Que les vaya bien en todo.

—Dicho por Alfonso Miguens San.

El abogado colocó los documentos sobre la mesa.

—Aquí están las escrituras a nombre de Alfonso “hijo” Miguens Lucía.

El papel permaneció sobre la madera, esperando una decisión que no sería fácil.

—No las aceptaré —dijo Alfonso.

Todos lo miraron, atónitos. No era el momento ni el lugar para responder así, pero el coraje lo dominaba. En toda su vida, su padre apenas le había dirigido la palabra. No estuvo cuando lo necesitó, y su ausencia había sido una herida constante.

Su madre entendía su rabia, aunque los modales no eran los adecuados para el momento.

—Puede que no nos haya dado nada en toda nuestra existencia —dijo Marena—, pero al menos podemos aceptar esto.

Mirena le tomó la mano en silencio, en señal de apoyo. Alfonso suspiró, conteniendo las palabras que querían salir, y finalmente se acercó al abogado. Tomó las escrituras, leyó la dirección, y comprobó que su nombre estaba allí.

Las firmó.

Suspiró, intranquilo, con ganas de explotar, cuando de pronto bajó la mirada… y se encontró con unos ojos azules que lo observaban con asombro.

Allí estaba Mateo. Tenía un parecido ridículo con él: el mentón perfilado, la línea del rostro marcada.

Alfonso no quiso intimidar; no era el día. Le dio una media sonrisa, de esas que solo aparecían cuando algo lo sorprendía de verdad.

Ahora tenía un hermano menor, alguien que parecía necesitarlo. Y aunque su padre no hubiera sido el mejor, sintió que le debía algo.

Sus hermanas se acercaron al pequeño y lo saludaron. Alfonso no supo qué hacer, así que salió y las esperó afuera.

No era un buen día para él. Ni una buena fecha.

Hace exactamente un año había perdido a alguien que aún deseaba ver regresar.

Que regresara hoy, con todas sus fuerzas.

Caminó sin rumbo, escribiéndole a su madre para que no se preocupara por su desaparición momentánea. El cielo, nublado, reflejaba su propio ánimo.

Cuando las primeras gotas frías comenzaron a caer, se subió el gorro de la chaqueta de cuero negro y caminó bajo la lluvia. Le pareció necesario. Enfrentar la lluvia era su manera de enfrentar los problemas.

Llegó a la plaza del lugar. Observó a la gente correr para cubrirse, y pensó que temerle a algo inevitable era ridículo.




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