Tumbada en la cama con los pies apoyados en la pared, Gianna esperaba que aquel fuera un día diferente. Pero su mente vagaba entre recuerdos, palabras y notas tristes que no la abandonaban. Era fuerte, o al menos eso decían, y poseía un don peculiar para reprimir lo que sentía frente a los demás.
Aunque cuando estaba sola, en su habitación, con los audífonos puestos, era distinto. Ese era su momento de quitarse la máscara y dejar que algunas lágrimas se deslizaran entre suspiros desiertos.
Un año sin él, pensó, y el vacío le pesó en el pecho.
Bajó las escaleras corriendo y abrió la puerta dispuesta a marcharse, pero Petra la detuvo en la entrada.
—¿Acaso piensas irte sin desayunar? —le preguntó su madre.
Gianna, vencida, retrocedió. No quería dejarla plantada, aunque deseaba evitar ese momento de las mañanas, cuando Petra insistía en ser dulce y Severo la trataba como si fuera nada.
Ella solo intentaba mantener una familia unida. Pero para Gianna, aquello ya era ridículo.
Se sentó a la mesa a esperar el desayuno. Su padre salió de la habitación, se acomodó frente a ella, abrió el periódico y los ignoró a todos. Petra, con una sonrisa forzada, trajo las tostadas francesas con huevo frito y los cafés que siempre servían para sobrevivir ese instante incómodo.
—Espero que lo disfruten —dijo con una emoción fingida.
—¿Qué se puede disfrutar aquí? —murmuró Severo con desprecio.
Petra bajó la mirada, intimidada, como disculpándose por haber hablado.
A Gianna le hervía la sangre.
—¿Qué harás en la tarde, Gia? —preguntó su madre, intentando desviar la tensión.
—Nada interesante. Volveré temprano a casa.
Severo carraspeó, cortando el aire.
—¿Y tú, mamá? ¿Qué piensas hacer hoy?
—Tengo planes de sembrar más flores en mi huerto —respondió con tranquilidad. Hacía tiempo que esa era una de sus actividades preferidas.
—¡Vaya plan tan estúpido! —comentó Severo con tono burlón.
Gianna apretó los puños y se levantó bruscamente, arrastrando la silla y haciendo todo el ruido posible.
—¡Basta! —gritó su padre.
—¡Basta tú! —replicó ella, temblando de coraje.
El cuerpo le empezó a temblar más fuerte. Los ataques de pánico regresaban.
—¿Cómo permites que me hable así? —preguntó Severo a Petra, que permanecía cabizbaja.
—Eres un ser desagradable, eso es lo que pasa —respondió Gianna, la voz temblorosa. Petra la tomó del brazo y la sacó del comedor antes de que la pelea se desbordara.
—¿Por qué tratas a tu padre así? Está enfermo, podrías hacerle daño —dijo la madre entre sollozos.
—¿Y el daño que él nos hace, mamá? —respondió ella, apartándose—. No es justo que lo defiendas.
Subió las escaleras furiosa, con el corazón latiendole a toda velocidad. En su habitación, lanzó la mochila sobre la cama y empezó a guardar ropa y cosas personales. Necesitaba irse de allí. Se dejó caer contra la puerta, intentando calmarse. Su respiración acelerada y el temblor del cuerpo eran reacciones de siempre: las mismas desde niña, cuando las peleas llenaban la casa y el miedo la obligaba a esconderse.
El corazón le latía con una rapidez absurda. Sentía un dolor punzante, conocido. Sabía que debía detenerse antes de romperse por dentro.
Desde arriba escuchaba los gritos que subían desde la planta baja. Cerró los ojos y decidió que no podía seguir allí. Era momento de marcharse.
Bajó las escaleras y cruzó el comedor sin mirar a nadie. Al llegar a la puerta, Severo ya la esperaba, como una sombra.
—Hace un año hiciste lo mismo y volviste con una desgracia. Eres la vergüenza de esta casa. No sabes cuánto me arrepiento de tenerte.
Las palabras le golpearon el pecho. No las merecía. O tal vez sí, pensó fugazmente, porque siempre sacrificaba sus sueños y las personas que amaba por intentar hacerlo feliz.
—Observa bien la vergüenza de tu casa —dijo Gianna, dolida—, porque se va y no volverá jamás.
Miró a su madre, acorralada en una esquina, llorando sin poder decir una palabra. Por un segundo quiso retroceder, correr hacia ella, protegerla. Pero recordó que por salvarla, había perdido todo lo que amaba.
Se fue.
Al abrir la puerta, vio a Sara, su mejor amiga, observando todo desde el coche.
Iban juntas cada mañana a la universidad, aunque Gianna ya no estudiaba allí. Solo se escapaba de casa y regresaba al atardecer. Tiempo atrás había abandonado sus estudios por motivos de salud.
Apenas subió al auto, rompió en llanto. Sara no dijo nada, solo esperó pacientemente a que el temblor en su voz se apagara.
—Puedes contarme cuando quieras. Estoy aquí para ti —dijo en voz baja.
Más tarde, entre sollozos, Gianna le explicó todo lo ocurrido, lo miserable que había sido esa mañana.
—Gianna, ya todo pasó… deberías superarlo —respondió Sara, sin notar el daño de sus palabras.
El silencio que siguió fue pesado. Gianna se limitó a mirar por la ventana hasta que llegaron al estacionamiento de la universidad. Abrió la puerta, tomó su mochila y se fue sin decir una palabra.
Se alejó de todos y caminó hacia la plaza donde solía escribir. Era su refugio, un secreto que siempre había ocultado de su padre, el hombre que le arrebataba cualquier sueño.
Ya al mediodía, mientras intentaba calmar el temblor en su pecho, sacó su libreta y comenzó a escribir un poema. Era su forma de respirar. Tocó el bolsillo del pantalón y recordó que había dejado su celular olvidado en algún rincón, pero no le importó.
Entonces, una gota fría cayó sobre su hombro. Otra, sobre la página. El papel se manchó, y con un gesto de frustración, arrancó la hoja. El viento la arrebató de sus manos y la llevó lejos. Gianna corrió tras ella, mientras la lluvia se volvía más intensa.
Cuando por fin alcanzó la hoja empapada, notó una sombra que la cubría. Levantó la cabeza, con el corazón acelerado. Al principio, la lluvia le nubló la vista. Pero en cuanto suspiró y alzó bien la mirada, comprendió.
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escenas románticas, conflictos emocionales, lenguaje moderado
Editado: 08.03.2026