30 días con mi ex

Capítulo 6

La cafetería olía a pan tostado y a la lluvia reciente. Las luces cálidas tejían sombras suaves entre las mesas, y el murmullo constante de conversaciones parecía envolverse en la espuma del café.

Él ya estaba ahí. Sentado junto a la ventana, con las manos entrelazadas y un gorro de tela color vino descansando entre sus dedos, parecía parte del paisaje, como si el lugar hubiera sido construido alrededor de su espera.

Llevaba puesta una chaqueta de cuero oscura —siempre usaba chaquetas, como si fueran una segunda piel— y, debajo, la misma postura de siempre: hombros levemente caídos, como si el mundo le pesara un poco más que al resto. Su piel, ni clara ni morena del todo, guardaba un tono tibio, difícil de clasificar.

Tenía el cabello corto, bien pegado a la cabeza, y un lunar junto a su ojo izquierdo que rompía la simetría de su rostro de forma encantadora. La media sonrisa seguía ahí, tenue, constante, y en sus ojos brillaba algo más vivo que las palabras: una dulzura callada, casi transparente.

Ella lo vio apenas cruzó la puerta. No hizo falta buscarlo. En medio del ruido y el vapor del lugar, él era lo único que tenía sentido.

Se adentró al lugar y se sentó. Alfonso saltó de la impresión y se quedó asombrado de su presencia.

—Pensé que no vendrías.— comenta.

—Aquí estoy.

Se quedaron en silencio mientras se miraban con nostalgia. Como si de frente tuviera un sueño en vez de realidad.

—¿Todo está bien?— preguntó Alfonso al notarla extraña.

—No sé qué contestar hoy.

Cambió su mirada y evitó lo triste que se sentía hoy. Pensaba mucho en Petra y en lo difícil que están las cosas en casa.

—¿De qué quieres hablar?— preguntó él para romper el hielo.

Se puso a temblar como niña y pensó tanto en lo que quería decirle pero estaba estancada como siempre.

—Mejor pidamos algo y luego hablamos.

Alfonso se levantó y pidió algo que sabía que le gustaría.

—Un café helado de vainilla para dos, por favor.— pide Alfonso al mesero que se acercaba.

Ella no dejaba de asombrarse de tanto que sabían el uno del otro.

Se quedaron callados y nerviosos por largo rato. No había palabras bonitas o cosas que querían decirse solo...

—Me fui de casa ayer. Ya no soporto a mi padre— comenta Gianna.

—Lo siento mucho— dice él.

Hablar de ese hombre no es un tema favorito para él.

—Él mío decidió regalarme una casa y unas cuantas cosas perdidas, a estas alturas de mi vida.

—Lo siento también— comenta Gianna.

—Gracias, estoy bien, creo—comenta Alfonso despreocupado.

Lo único diferente es que no la miraba a los ojos. Solo miraba su mano puesta en la suya, como un momento que hay que dejarlo en el recuerdo. Gianna se da cuenta y la retira apenada.

—Espero que estés realmente bien. Al menos te dejó algo para ti, Eso quiere decir que pensó en ti antes de irse— dijo Gianna.

Alfonso asintió nada más y miraba hacia afuera.

Llegaron los cafés y cada uno tomó grandes sorbos en silencio.

—¿Recuerdas que te conté que cuando pequeño vivía en una casa lejos del pueblo? No pensé que a ese señor le preocupara eso.

—¿Cómo te sientes al respecto?

Se movía nervioso y Gianna no sabía por qué.

—No lo sé, aun no la he visitado— evadió un poco la pregunta.

—¿Por qué?— insistió ella.

—No le encuentro el valor para acercarme y tampoco tengo compañía.

—Deberías ir. No estaría mal que te reencontraras con ese niño interior que tanto anhelaste.

—¿Podrías acompañarme a ese lugar?— Alfonso hizo aquella pregunta desde sus adentros.

—¿Yo?— pregunta muy nerviosa.

—Si, eres la única persona con la que me siento bien y se que a tu lado podré estar tranquilo.

Alfonso tenía razón y siempre se lo decía cuando eran pareja.

Gianna volvió a colgarse de sus pensamientos.

—Gia, ven conmigo, por favor.

Es una locura, no estaban preparados para pasar más tiempo cerca del otro. Aunque hoy, todo seguía frío, podrían sin querer revivir el dolor de todo el pasado.

Y Gianna pensó de momento en todos, cuando la palabra superar la tenía drenada. Pero esta vez intenta pensar maduramente por un corto momento.

Solo que verlo, sentirlo cerca o mantener una breve conversación con él, es todo lo que necesita ahora mismo.

Alfonso suponía un no, su silencio lo mantenía en ansiedad. Algo que padecía desde hace tiempo y ni se había dado cuenta. Pero algo le decía que esta podría ser la última oportunidad de algo o de nada.

Esta oportunidad, escaparse juntos a aventurar sobre una casa desconocida pero estar cerca del otro era lo que querían desde hace tiempo. Pese a los ruidos cerca y al poco tiempo que Gianna sentía tener para contestar solo lo miró. Sus ojos marrones brillaban, con una esperanza tardía de tenerla. Tal como algunas conjunciones en el cielo que sucedían.

—Voy contigo— contesta Gianna.

El corazón del amor de su vida, late con fuerzas. Trata de calmarse y la mira a los ojos. Sabe que hay miedo, pero tenerla más tiempo le da ilusión.

—Pero, ¿cómo iremos? Ninguno tiene auto y no sé dónde está.

—¿Taxi?

Gianna se encoge de hombros y le da ilusión hacer viaje con él.

—Si lo prefieres, nos iremos temprano mañana, para que así te puedas preparar por si no volvemos rápido.

—¿Qué quieres decir con eso?— pregunta Gianna temerosa de la contestación.

Alfonso suspira, no quiere incomodar pero sabe cómo contestar.

—Es algo lejos. digamos que llegando a Agnes por la colina. No es mi culpa que la casa quede tan arriba, perdona— dice él intentando ser comprensivo aunque eso lo rompiera en dos.

Dentro de sí, estaba procurando que esta sea la última chance en la vida de estar con ella.

—No tengo miedo. Vamos.

Alfonso no evitó sonreír de nerviosismo y las arrugas al lado de sus labios se marcaron.

Ella mira el reloj y sabe que su amiga la estará esperando en la esquina de siempre.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.