El camino se estrecha entre la maleza espesa, una carretera serpenteante que sube con paciencia por la montaña. A través de la ventana del auto, el paisaje cambia con cada curva: árboles altos que se inclinan con el viento, piedras sueltas que parecen al borde de rodar cuesta abajo, y el suelo de tierra húmeda que deja entrever las huellas de otros que pasaron antes. El cielo, de un azul apagado por la inminente caída del sol, se entrelaza con las sombras alargadas del bosque.
Dentro del vehículo, la tensión se siente en el aire. El motor ruge con esfuerzo mientras el taxi avanza, y cada bache en el camino se siente como una sacudida más al silencio incómodo que los envuelve. Afuera, el vacío de la montaña a un lado del camino parece acechar, una caída imponente que se oculta tras la neblina tenue que comienza a levantarse.
Y entonces, tras una última curva que parece no tener fin, la casa aparece entre los árboles. Una construcción de madera rústica, levantada sobre una pequeña elevación que le da una vista privilegiada del valle. Su fachada, bañada por los últimos destellos del sol, refleja un calor engañoso, pues el aire frío de la montaña ya se cuela entre las rendijas del auto.
El taxi se detiene frente a la entrada. Un par de escalones de piedra llevan hasta la entrada de la casa, donde la madera cruje con el viento. No hay más sonido que el motor apagándose y el canto lejano de algún pájaro.
Gianna aprovecha y saca su móvil para enviar la ubicación exacta a su amiga como le prometió antes de irse. Alfonso la vigila y decide escribirle a su madre para que sepa donde está y que se encuentra bien, por ahora.
Por un momento, ninguno de los dos se mueve. Solo miran la casa, como si el peso de los recuerdos y el futuro incierto se posaran sobre sus hombros. Y luego, casi al mismo tiempo, las puertas del auto se abren.
—¿La casa?— preguntaba Gianna muy asombrada y con algo de vértigo por el viaje.
Se dispusieron a pagar el taxi entre los dos y a bajar pocas cosas que cada uno lleva.
Frente a la casa de madera había otros árboles y un silencio privilegiado.
Alfonso peleaba con las llaves, había guardado la específica con las de su casa y era un desorden en el bolsillo de su pantalón de mezclilla. Suerte que la llave es dorada y de una forma muy particular.
El nuevo dueño cruza el umbral, y el crujido de la madera bajo sus pies lo recibe como un eco del pasado. El aire dentro de la casa es fresco, impregnado con el olor tenue de pino y algo más, algo indefinible, como un rastro de recuerdos atrapados en las paredes.
La sala se extiende frente a él con suelos de madera gastada y muebles de tonos cálidos. Un sofá de tela rústica se acomoda contra la pared, frente a una chimenea de piedra que parece haber acumulado años de historias en sus grietas. Sobre la mesa de centro, el polvo se ha asentado levemente, como si el tiempo aquí avanzara más despacio.
Alfonso pasea la mirada por cada rincón, reconociendo los pequeños detalles que alguna vez le parecieron insignificantes: la alfombra deshilachada en un borde, el cuadro torcido junto a la ventana, la lámpara de pie que siempre titilaba con la brisa. Son cosas que le devuelven imágenes de otra vida, de otra versión de sí mismo que ahora le parece lejana.
La cocina, apenas separada de la sala por una barra de madera oscura, aún conserva la calidez de un hogar vivido. El fregadero de cerámica blanca, los gabinetes con pintura ligeramente desgastada, la pequeña mesa con dos sillas que alguna vez compartieron risas y silencios incómodos. Todo es igual y, al mismo tiempo, diferente. Porque ahora, en este momento, solo hay vacío y eco.
Un nudo le aprieta la garganta, un peso indefinible que le oprime el pecho. No esperaba que el pasado lo golpeara con tanta fuerza al volver aquí. Respira hondo, intentando disipar la sensación, pero entonces, al levantar la mirada, la ve.
Ella está allí, en el otro extremo de la sala y sus ojos se encuentran, y por un instante, todo lo demás desaparece.
—¡Qué raro! El servicio del agua está funcionando.
Pasó por su lado y fue hasta el interruptor de la luz. Logró encenderla como si nada. Esta casa ya estaba preparada para él al parecer.
—Aquí hay una carta.
Encima de la mesa había un pedazo de papel arrancado de algún lado y pegado con cinta adhesiva. Gianna la había tomado pero él se la arrebató de las manos y al verla le extrañó la letra inelegible. Así que le costó leer pero lo pudo hacer.
—Es de mi padre, dice que hay gas y que la casa tiene todo, menos limpieza por lo que veo.
—Eso es lo de menos. Pensó en ti— comenta Gia.
Alfonso puso los ojos en blanco, como si de su boca saliera una mentira piadosa para apaciguar su situación.
—¿Cómo te sientes?— preguntaba Gia preocupada.
Se acerca a ella y la miró un poco confuso. Su vista se nubla un poco, haciendo la idea de que esto era un sueño y olvidó lo que era sentirse en la realidad. Ignorando la parte triste de esta.
Se lanzó en busca de un abrazo y ella no se lo negó. Esperó mucho para que se repitiera este momento, pues sus abrazos eran reconfortantes y suaves. Aunque ella le apretaba de vez en cuando. Para él solo era un tipo de abrazo, para ella es un no querer soltarlo nunca más.
Pero se alejó de ella en busca de algo más, en busca de su mirada y su sencillez. No era tan complicado encontrar unos labios rosados y carnosos en la espera de los suyos.
Iba acercándose, dejando escapar un fuego que hace tiempo había tratado de apagar.
Gianna había pensado igual alguna vez, creía sentirse refugiada en aquellos brazos largos de alguien más.
Se aferraba a algo llamado amor. A eso que no quería soltar nunca. Ese dulce sentimiento que le hacía pensar en tantas cosas hermosas con él.
Porque siempre fue Alfonso.
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escenas románticas, conflictos emocionales, lenguaje moderado
Editado: 29.03.2026